
P. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 10, 26-33
El contexto del relato lo constituye Mt 10, 17-42. Esta unidad describe la situación incómoda de la comunidad de Mateo ante el fariseísmo sinagogal y el imperio romano. Esta comunidad busca su compromiso con Jesús ante esta realidad. Buena parte de la realidad de la comunidad está descrita en la expresión “no teman” (vv. 26.28.31). La insistencia a no tener miedo pretende transmitir a la comunidad consuelo y alivio.
El texto se construye sobre los tres miedos que deben superar los discípulos, para ser como Jesús: a) miedo a decir la verdad en público (vv. 26-27); b) miedo a que destruyan su integridad física por hablar la verdad (vv. 28-30); y, c) miedo a declararse a favor de Jesús (vv. 31-33).
Los vv. 26-27 inician con un “por tanto”, ello indica que lo que vienen a continuación es una determinación de Jesús. Esta es el imperativo “ustedes no les(los) tengan miedo”. La exhortación rechaza el miedo como respuesta a la inevitable persecución. La forma del imperativo pronominal “los”, en el texto, hace referencia a las autoridades judías (10, 17 y gentiles (10, 18), incluidos miembros de la propia familia (10, 21) y dirigentes religiosos. El temor se recomienda en 10, 28b, por lo cual hay un temor apropiado y otro inapropiado. El temor rechazable es, en el contexto de 10, 1-25, el que paraliza a los discípulos, impidiéndoles proclamar (10, 7) y realizar (10, 8) el reinado salvífico de Dios manifestado en Jesús. El énfasis es “se declare a mi favor” de 10, 32-33 confirma esta idea.
Los discípulos, en lugar de dejarse dominar por el miedo paralizador, deben aplicarse a la tarea de predicar lo que Dios revela a través de Jesús. Cuatro declaraciones señalan esta urgencia. La dos primeras en voz pasiva, “sea revelado y sea conocido”, para indicar acción divina. Dios revela lo que está encubierto y da a conocer lo que está en secreto. Esa revelación está ya efectuándose en el ministerio de Jesús (4, 17). Su vida y su enseñanza (lo que yo les digo) empiezan a revelar el reinado y los planes de Dios, que estaban encubiertos y secretos (4, 17; 10, 7-8).
Los discípulos tienen que proclamarla (“díganlo ustedes a plena luz”). Este encargo es enfatizado repitiéndolo con otras palabras: Lo que oís al oído, predíquenlo (10, 7) desde las azoteas, de manera ostensible. Ellos son ahora partícipes en un proceso de revelación de los planes y reinado divinos, proceso que Dios ya ha iniciado y que completará en el juicio. El miedo a reacciones hostiles no debe obstaculizar la revelación del reinado de Dios. Estas afirmaciones, en su contexto, para la comunidad de Mateo, constituían, por una parte, declaración de resistencia pacífica ante la hostilidad judía y romana, y por otra, es reafirmación de fidelidad extrema a Jesús.
Los vv. 28-30 profundizan el segundo imperativo: “no teman a los que matan el cuerpo”. El v. 28, con un segundo “no teman”, Jesús inicia la enseñanza de algo que ya ha demostrado (9, 23-26; 10, 8; 11, 5): que la muerte está sometida la reinado de Dios. El miedo a morir, el temor por su seguridad y supervivencia personal no debe llevar a los discípulos a la apostasía, porque más allá de la muerte son responsables ante Dios.
Y no teman a quienes matan el cuerpo. El martirio es una posibilidad para los discípulos (v.21). ¿Por qué no hay que temer? Porque el poder de los que matan está limitado a un solo aspecto de la existencia humana. Creen que matando el cuerpo destruyen a una persona. Pero se equivocan: no se dan cuenta de que no pueden matar el alma. Como 2, 20 y 6, 25, alma significa la totalidad del ser y de la vida en relación con Dios. Pero aquí aparece en contraste con cuerpo, haciendo referencia al alma desencarnada que sobrevive a la muerte corporal pero que, sometida al poder de Dios, es reunida con el cuerpo después de la resurrección (Sab 16, 13-15). Solo el poder divino se extiende sobre la persona entera y trasciende la muerte para determinar el destino humano.
Puesto que Dios tiene ese poder último, los discípulos deben agradarle no cometiendo apostasía, sino encomendándose a Él, de ahí la exhortación: “Teman a Aquel que puede destruir cuerpo y alma en la gegehna”. Este vocablo aparece como lugar de castigo (5, 22). Aunque es terrible matar el cuerpo, la muerte física a manos de los perseguidores no es tan mala como la destrucción total. Esta es la que debe inspirar el temor y hacer recordar que las decisiones tienen consecuencias. Temer a Dios significa llevar una vida de fiel misión. Esta fiel misión es la norma de vida del discípulo hasta las últimas consecuencias.
La pregunta retórica del v.29 desvía bruscamente el discurso hacia los gorriones, evoca la idea común de que son un alimento barato y pide una respuesta afirmativa. ¿No se venden dos gorriones por un as? Sigue una afirmación sorprendente. Pues bien, ninguno de ellos cae al suelo sin el conocimiento y consentimiento de su Padre. Los gorriones ilustran sobre experiencia de Dios (Sal 102, 7; 124, 7; Jr 8, 7). El posesivo “de ustedes” y la común imagen del Dios amoroso de los seguidores de Jesús (5, 16. 45-48) sirven de preparación para un paralelo con los discípulos.
Al paralelo se antepone una nueva la imagen para subrayar el íntimo conocimiento que Dios tiene de ellos (v.30). Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados (por Dios, como indica la voz pasiva). La imagen emplea una tradición que contrasta el conocimiento de Dios con la ignorancia humana.
Lo determinante no es que los gorriones no caigan/mueran, ni que Dios libre a los discípulos de la persecución, que 10, 1-25 ha establecido como inevitable, sino que lo que sucede a los discípulos entra en el conocimiento de Dios y de sus planes misericordiosos. La experiencia de persecución tiene una solución futura (salvación por la fidelidad) y una estrategia actual: confiar en los designios de Dios, absolutamente sabios y compasivos, aun cuando a ellos, a los discípulos, les resulten incomprensibles.
Por último, los vv. 31-33 presentan el tercer “no teman”. Este desarrolla la imagen de los gorriones alusiva a los discípulos. Si el misericordioso conocimiento de Dios incluye la caída de los gorriones, cuánto más las fieles vidas y muertes de los discípulos.
Los vv. 32-33 desarrollan las consecuencias históricas que se desprenden de la impávida fidelidad y de la temerosa infidelidad. Jesús promete: “Por todo aquel que se declare a favor mío”. La acción declararse a favor de Jesús supone lo que no hay que temer (vv. 26.28.31): ser leal a él en la predicación, en la actuación misionera y en el martirio (10, 7-8.28). La respuestas hostiles no deben impedir la misión. Esa reacción leal con Jesús incluso en la persecución produce beneficios mutuos. La declaración a favor de Jesús cuenta con una promesa de reciprocidad: “Yo también me declararé a su favor ante mi Padre celestial”. Esto será en el día del juicio (10, 15) después de la venida del hijo de Hombre (10, 23), cuando se salvarán los discípulos que hayan perseverado hasta el final (10, 22). Su papel en el juicio será abogar ante mi Padre celestial, con quien tiene la relación más estrecha (7, 21; 11, 27). Dios, quien dará la esperada recompensa, es el Padre (10, 29) que ama indiscriminadamente (5, 45-48), al que han rogado los discípulos (6, 9) y cuyo reinado ellos manifiestan en la tierra. Si el miedo a la condenación entra en las cusas de su discipulado (10, 28), razón no menor es la esperanza de una vida coherente con la voluntad y el reinado de Dios en su plenitud.
Eas promesa risueña tiene un reverso oscuro: negar a Jesús, no declararse a su favor viviendo una leal y confiada relación con él, expresada en una existencia misional, significa ser negado ante Dios. No otra cosa es la condenación en el día del juicio (10, 15. 28)
Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, afirmó que el miedo a volver a Jesús está retrasando la renovación de la Iglesia. Entre estos miedos: “tomar la iniciativa y salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). Miedo a revisar lo que estamos haciendo en la pastoral y en los sacramentos (EG 43). Antes estos miedos, Papa Francisco animó a: “anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (EG 23).
