13º Domingo del Tiempo Ordinario A

P. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 10, 37-42

El texto continúa desarrollando los desafíos que contiene ser discípulo de Jesús. Nótese la inclusión entre 10, 24 y 10, 42: “discípulo”. El discipulado es, en esencia, una forma de vida alternativa, en la que se puede asumir el rechazo y la persecución sin sucumbir al temor o a la tentación de renegar de Jesús. Las experiencias de conflicto familiar, no tomar en serio la cruz de Jesús y el no ser solidario con los discípulos de Jesús, constituían los desafíos de la comunidad de Mateo. 

El texto contiene dos partes. 1) 10, 37-39: “No es digno de mi quien…”; y, 2) 10, 40-42: recompensa del discipulado. En la primera parte Jesús exhorta a sus discípulos a que le tributen una lealtad no superada por ninguna otra. Esto implica redefinir primero las relaciones familiares convencionales: “quien ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (v.37). Supone también socavar la familia patriarcal. La urgencia del reino de Dios planteó al movimiento de Jesús la necesidad de desligarse de un modelo familiar patriarcal, una especie de microcosmos del modelo imperial. La lealtad se debe ante todo a Jesús, no a la familia. Asimismo, la urgencia de poner delante siempre a Jesús y el discípulo detrás de él. El discípulo no debe tener ataduras, debe ser leal únicamente a Jesús. Esto no significa el fin de las obligaciones familiares, deducidas del Decálogo (Ex 20, 12); pero sí que la lealtad a Jesús es primordial.

El amar (philein) se usa raramente en Mateo y sólo para expresar desaprobación (6, 5; 23, 6; 26, 48). Aquí, amar es poner alguna relación y obligación por encima de Jesús. Quien tal hace no es digno de mí. El que es digno presta oídos a la buena noticia, cree y obedece (10, 11-14); el no digno se desentiende de todo eso, por lo cual tendrá que afrontar el juicio (10, 15). El vocablo “digno” está relacionado con palabras que significan “pesar”, “balanza”, y denota lo que eleva el otro platillo de la balanza. En sentido estricto denota equivalente, apropiado, pesa justa. Entonces si se ponen en los platillos de la balanza reino de Dios en una y familia en la otra, y pesa más la segunda, entonces, ese discípulo no está apropiado para el reino de Dios. Su pesa no es justa. Hace trampa. Por tanto, el texto no quiere poner el discipulado del reino de Dios por encima de la familia, sino que estos se relacionen de forma justa en la vida del discípulo, sabiendo que el reino constituye el bien mayor. Y la familia está al servicio de este.

La lealtad a Jesús significa, también, no solo división y conflicto dentro de la familia patriarcal, sino también en el seno de la sociedad: y quien no toma la cruz y me sigue no es digno de mí. La frase “toma la cruz” evoca, en el contexto social del texto, una imagen política de vergüenza, humillación, dolor, rechazo social, marginación, condena y muerte. Decir “toma la cruz” significa “toma la crucifixión”. 

La crucifixión, tal como la aplicaba Roma, era un medio de ejecución cruel. No se crucificaba a los ciudadanos romanos, sino a los marginales sociopolíticos como extranjeros “rebeldes”, autores de delitos graves y violentos y salteadores. La cruz era un medio de dividir al ciudadano del o ciudadano, al socialmente aceptable del rechazado. Era la forma máxima de exclusión. Se crucificaba en lugares públicos para disuadir de conductas insumisas. Llevar el palo horizontal de la cruz (patibulum) al lugar de la crucifixión podía ser parte de la tortura y humillación anterior a la muerte. Algunas tradiciones judías asociaban la crucifixión con la maldición de los que cuelgan de un árbol (Dt 23, 21; Gal 3, 13). El escandaloso llamamiento de Jesús el crucificado a tomar la cruz y seguirlo es, por tanto, un llamamiento al martirio, a resistir incluso la muerte, como hace él mismo. Tal es el riesgo que entraña la obra de Jesús de proclamar y manifestar el reino de Dios (10, 7-8)

En otro nivel, las palabras de Jesús son una llamada a escoger un camino de vida de marginación. Suponen una invitación a identificarse con gente situada en los escalones más bajos de la sociedad, como los esclavos y con personas que algunos consideran malditas de Dios. A identificarse con quienes oponen resistencia al control imperial, rechazan la versión que el imperio ofrece de la realidad y son vulnerables a sus represalias. A identificarse con un signo del violento y humillante esfuerzo del imperio por eliminar a las personas consideradas como una amenaza o un obstáculo para sus intereses. Tal identificación no significa apoyar el símbolo, sino contrarrestar, contener su violencia. Como se ve por el final del evangelio, es identificarse con un signo que, irónicamente, indica los límites del imperio. Este llega al extremo de crucificar a Jesús. Pero Dios lo resucita, frustrando los esfuerzos imperiales. Quien no responde positivamente a esa llamada, no es digno de mí.

En el v. 39, ser leal a Jesús tiene consecuencias escatológicas. La paradoja inicial sobre encontrar-perder no carece de dificultad, pero de aclararla se encargan el contexto y el contraste ofrecido en 10, 39b. Encontrar la propia vida es decidir contra el camino de la cruz y su oposición al status quo. Es optar por lo seguro, por el propio interés. Es dejarse llevar a la obediencia por la amenaza de la élite de crucificar a quienes ofrezcan resistencia. Es dar prioridad a la conservación de la propia vida frente a los persecutores. Pero este decantarse por la seguridad lleva a perder la vida en el juicio, porque significa no haber sido constante en declararse a favor de Jesús.

Al inversa, perder la propia vida por Jesús (por mí) es morir a manos de persecutores, a causa de una vida vivida en relación con Dios, en la labor misionera a la que Jesús envía a sus discípulos. Es identificarse con los que resisten y se oponen al imperio, con los marginales (v.38). Pero la muerte no es el final (v.28). Encontrar la vida en el subversivo camino de la cruz es encontrarla en un acto que se resiste a dar a la élite el poder de la intimidación y la conformidad que ella desea. Encontrar la vida es, por último, entrar en la plenitud de los planes de Dios en la nueva era del reino de Dios.

La segunda parte desarrolla los temas de recibir a los discípulos de Jesús y de la recompensa. Recibir a los discípulos misioneros es equiparado a adherirse a su Maestro, presente en la misión de los enviados. La comunidad de Mateo heredera del judaísmo comprende que el emisario representa a la persona misma, en este caso, los discípulos son Jesús mismo en la comunidad. La enseñanza de Jesús revela que Dios está presente con él y a través de la misión de los discípulos.

El v.40 empieza por conectar con Jesús los nuevos discípulos y los discípulos misioneros, para revelar la presencia de él en la misión. Recibir a los discípulos misioneros es aceptar el mensaje de Jesús, escuchar sus palabras, que proclaman el reinado de Dios, encontrar a Jesús y hacerse discípulo suyo. La apertura a los discípulos es equiparada a recibir (= adherirse a) su maestro, presente a través de la misión de los enviados (10, 2). Pero hay aún otra conexión: Quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. La enseñanza de Jesús revela que Dios está presente con él y a través de la misión de los discípulos. La presencia de Dios con Jesús es afirmada una vez más. Un elemento central de la misión de los discípulos, a parte de lograr nuevos adeptos, es hacer posible un encuentro con la presencia salvífica y el reino de Dios. Queda sin ser expresada la conclusión opuesta: rechazar a los discípulos es rechazar a Jesús y a Dios. 

Los vv.41-42. Una triple misión explica la recompensa de esos nuevos discípulos. El contexto, la construcción paralela y la semejanza del lenguaje (Quien recibe…recibirá) indican que los términos profeta, justo y pequeños refieren a los discípulos misioneros y subrayan diferentes aspectos de la misión abordados en los versículos anteriores. Como sus predecesores, estos profetas predican y realizan acciones simbólicas, por lo cual el término evoca las tareas. Según el texto, la comunidad de Mateo tenía profetas, estos son los perseguidos y los mártires como Jesús; y, pequeños, estos son miembros que carecían de toda formación y que eran vulnerables socialmente. Estos también son Jesús mismo. Así se tiene que esta comunidad estaba formada por discípulos, profetas y pequeños. El modelo para seguir era Jesús. De este modo, quienes son como Jesús y aceptan o reciben a los profetas y a los pequeños, tendrán una recompensa: La cruz de Jesús.

Situándonos en los márgenes sociales, los profetas entran en conflicto con el centro dominante, cuyas adhesiones y prioridades ellos impugnan con una visión de la vida en relación con Dios. Los justos son los que cumplen fielmente los mandatos de Dios, por lo cual el vocablo sugiere fidelidad y perseverancia en la difícil tarea de hacer justicia. Pequeños trae a la mente la idea de vulnerabilidad y peligro en relación con un grupo minoritario. Recuerda el contexto de persecución y de exhortación a perseverar que es evidente a lo largo del texto.

Recibir implica no sólo creer el mensaje, sino en brindar hospitalidad, simbolizada en dar de beber siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños. Según algunos comentarios, este acto indica un doble nivel de discípulos: los que están en misión y los que los apoyan. Pero el texto no avala tal división. Atestigua una respuesta positiva inicial, no en función permanente. Todos los discípulos están llamados a la labor misionera, sin que ello excluya la existencia de diversos cometidos.

El vocablo recompensa en sentido estricto es el pago que se hace a los jornaleros y trabajadores asalariados. En este texto, el vocablo, es la paga que Dios da a los que reciben a los discípulos, a los profetas y dan de beber a los pequeños. ¿Cuál es la recompensa que Dios dará? No lo dice el texto, sólo indica “toma la cruz”. 

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