Padre Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 13, 44-52.

El texto presenta otras tres parábolas sobre la naturaleza del reino de los cielos y una conclusión. 1) el Reino de los cielos es semejante a un tesoro (v. 44); 2) el reino de los cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas (vv. 45-46); 3) el reino de los cielos es semejante a una red que se echa en el mar (vv. 47-50); y, 4) ¿conclusión? ¿otra parábola? (vv. 51-52). El sujeto principal de todas las parábolas y de la conclusión lo constituye el reino de los cielos.

1) El reino de los cielos es semejante a un tesoro (v. 44). La primera parábola, igual que las dos siguientes, comienza con la frase el reino de los cielos es semejante a un tesoro oculto en un campo, que alguien encuentra y vuelve a esconder; luego, en su alegría, vende todo lo que tiene y compra ese campo. No se especifica la riqueza ni la condición de ese alguien. La opinión más aceptada es que se trata de un jornalero que descubre el tesoro mientras ara en campo ajeno. Su pobreza le exige vender todo para comprarlo. Esto es posible, pero no seguro. Tampoco se especifica en qué consiste el tesoro. En Mt 2, 11, el término “tesoro” (thesaurós) denota los valiosos dones de los magos, oro, incienso y mirra; pero en 6, 19-21 significa todo aquello que una persona valora. Enterrar objetos valiosos era una costumbre común.

La parábola hace referencia a un campo, como en otros pasajes (13, 24. 27. 31. 36. 38). También en este caso se trata de algo oculto (13, 33. 35), que recuerda la presencia aparentemente irrelevante del reinado, invisible para muchos, sobre todo a la élite y Roma, pero manifiesta para unos pocos (Mt 7, 14).

El hallazgo del tesoro altera la normal vida diaria y constituye la promesa de una existencia diferente. Se trata de un tesoro tan valioso que vale la pena hacer algo nuevo, alegre, arriesgado y costoso por poseerlo. La alegría, típicamente asociada con el encuentro con la presencia de Dios, marca el encuentro y la adoración de Jesús (2, 10) y la recepción de la proclamación por Jesús del reinado de Dios (13, 20). Quien ha realizado el hallazgo vende todo lo que tiene y compra ese campo. Esta es una acción arriesgada que puede poner su vida en peligro; pero vale la pena perder incluso la vida (10, 37-39). El reino de los cielos exige que sean dejadas a un lado todas las otras prioridades (4, 18-22; 8, 19-22) en una adhesión incondicional. Los bienes no deben ser obstáculos para encontrar el reino de los cielos (6, 19-34; 13, 22).

2) El reino de los cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas (vv. 45-46). Es difícil decir gran cosa del mercader. No necesariamente ha de ser rico. En cuanto a su estatus, la mayor parte de las referencias de los LXX a los mercaderes son negativas (Eclo 26, 29; Is 23, 8 y Ez 37). Si el término mercader (êmporos) tiene connotaciones negativas, entonces las subsiguientes acciones del mercader pueden representar arrepentimiento. Serían las típicas de los marginales que encuentran el reinado de Dios (10, 9-13).

La acción del mercader de buscar es ambigua. En Mateo, los hombres buscan presentando resistencia a los planes divinos (2, 13. 20; 6, 32) o, como aquí, adhiriéndose activamente a ellos (6, 33; 7, 7-8). El reinado de Dios no alcanza automáticamente a los humanos: éstos deben buscarlo (lo que han hecho las multitudes en Mt 11 – 12, pero no, la élite). La búsqueda efectuada por el mercader lleva a encontrar una perla de gran valor. Como sucede con el hallazgo del tesoro (13, 44), este descubrimiento altera la vida normal y preludia un diferente modo de existencia. La perla (margarítes) es tan valiosa que se pueden hacer cosas nuevas, arriesgadas y costosas por poseerla (va vende todo lo que tiene y la compra). El mercader hace todo ello.

Recapitulando, la primera y segunda parábola coinciden en que el reino de los cielos es de mucha valía. Tanto el hombre que encuentra el tesoro como el mercader que halla la perla de gran valor, venden todo para hacerse con ello. En ambos casos la alegría es inmensa. 

3) El reino de los cielos es semejante a una red que se echa en el mar (vv. 47-50). Seguidamente Jesús narra la tercera parábola. El reino de los cielos es también como una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases. La pesca era una actividad bajo regulación romana y, en la comunidad de Mateo, era asumida como símbolo de misión y de resistencia de Dios al poder imperial (4, 18-22). La red, en el AT, representó la agresión imperial de los caldeos (Hab 1, 15-17), así como el poder soberano de Dios para destruir Egipto (Is 19, 8) y servirse de Babilonia para hacer lo mismo con la opresiva Tiro (Ez 26, 5. 14). Esta primera parte de la parábola indica una escena cuyo centro de interés no es la presencia del reinado (13, 43-46), sino la compleción futura de los planes (¡del imperio!) de Dios (13, 24-30), que establecerá su imperio sobre todos, incluso sobre la potencia imperial Roma, opuesta a su reinado.

Dos detalles del relato subrayan el alcance universal, sin acepción de personas y de condición: y recoge toda clases; y, cuando está llena, momento en que llega la selección, la sacan a la orilla, se sientan (19, 28; 25, 31), recogen los peces buenos en cestos y tiran los malos. Estos últimos son seguramente los peces no comestibles, o los que son impuros por falta de escamas y aletas (Lv 11, 9-12)

La presentación conjunta de buenos y malos/corrompidos está establecida ya desde 7, 16-19 y 12, 33 como contraste. Como el trigo y la cizaña (13, 29-30), las prácticas, acciones y estructuras buenas y malas, resultantes de la adhesión u oposición a Dios, coexisten hasta el día del juicio. Luego viene la separación, con la salvación o la condena. Una vez más, ni los imperios, ni los individuos tienen la última palabra. Ello es propiedad única de Dios.

La comunidad de Mateo interpretó esta parábola, para plantear una idea esencial de su identidad; que en el fin del mundo se separarán a los malos de entre los justos. En este punto de vista coincide con la parábola de la buena semilla y la cizaña (Mt 13, 24-30). La separación será al final de la cosecha, según los frutos obtenidos.

4) ¿Conclusión? ¿otra parábola? (vv. 51-52). Jesús, después de decir estas parábolas, hace la pregunta esencial del discurso parabólico (Mt 13, 1-52): “¿Han entendido todo esto?”. La expresión “todo esto” refiere al presente y al futuro del reinado de Dios revelado en las parábolas (13, 35). Los discípulos, ciertamente, a diferencia de las personas ajenas a su grupo, la élite y las multitudes, tienen algún conocimiento (13, 13. 19. 23). Y su respuesta es “sí”, cuadrando a la función de Jesús en calidad de maestro (10, 25) y revelador (11, 25-27) de los designios de Dios y confirma la identidad de los discípulos como receptores de la revelación de Jesús acerca de los planes y el reinado de Dios (13, 11). Pero el relato que sigue indicará que no entienden tanto como dicen. Su respuesta es agudamente irónica, dado que, a pesar de la respuesta positiva, él continúa explicando que se trata de entender para hacerse discípulo del reino de los cielos.

El v. 52, la respuesta de Jesús identifica a los discípulos como cada escriba que ha sido adoctrinado para el reino de los cielos. Hasta ahora, como intérpretes de la Ley y miembros de la élite religiosa aliada contra Jesús, los escribas han tenido “mala prensa” (2, 4; 5, 17; 7, 29; 8, 19; 9, 3; 12, 38). Aquí el vocablo se emplea en positivo, contrastante con las connotaciones anteriores. Está conectado con el participio “adoctrinado”, denotando a los que han encontrado el reino de Dios (4, 18-22) y entienden su presente estilo de vida, su misión y su consumación futura (Mt 5 – 7). Ese verbo implica adhesión a Jesús (27, 57, José de Arimatea) y recepción de enseñanza sobre el reinado que él manifiesta, expresado todo ello en modo de vida adecuado (28, 19).

Jesús los compara luego al dueño de una casa que saca de sus arcas los que es nuevo y lo que es viejo. La imagen del dueño de una casa o del padre de familia, utilizada para Jesús en 10, 25 y 13, 19, sugiere que Jesús es también un escriba adoctrinado para el reinado de Dios y ofrece una pista para interpretar la enigmática frase “lo que es nuevo y lo que es viejo”. Desde el comienzo del evangelio, Jesús aparece en continuidad con las anteriores relaciones de Dios con el pueblo de Israel. Este pueblo no ha sido abandonado por Dios, ni sustituido por los discípulos de Jesús, su Iglesia. La enseñanza y el ministerio de Jesús utilizan tradiciones, perspectivas y prácticas judías. Pero son reinterpretadas a la luz de la afirmación de que Dios ha ungido a Jesús para un papel preciso: comenzar el fin manifestando el reinado de Dios y los planes salvíficos de Dios (5, 17). Hay continuidad y discontinuidad.

Este capítulo ofrece varios ejemplos de continuidad y discontinuidad. 1) Numerosos escritos apocalípticos, de la época de Jesús, dan a conocer el tiempo final. Jesús tiene puntos en común con estos (ha quedado señalado), pero se diferencia en la implicación de que en su ministerio es ya manifiesto el reinado de Dios (13, 19-23. 31. 33. 37), en cuya realización plena tiene él un papel decisivo (13, 41-43), por lo cual la adhesión activa a Jesús determina el propio destino (13, 19-23. 38-43. 47-50).

2) Dos veces en el capítulo cita Jesús explícitamente material escriturístico (13, 14-15.35). En ambos casos hay una analogía entre el uso original y el uso mateano. Pero Jesús reinterpreta los dos textos para referirse a nuevas circunstancias.

3) La enseñanza de Jesús está continuamente influida por símbolos e imágenes de las Escrituras (la siembra, la levadura, el árbol, la red…). Repetidamente, sin embargo, tales imágenes cobran nuevas dimensiones en relación con el cometido y la revelación de Jesús concernientes a reinado de Dios. 

En la comunidad de Mateo, este dueño de casa es Jesús. Los discípulos tienen que imitar a Jesús, el maestro escriba, en reconocer esa continuidad de los planes divinos, en entender su enseñanza sobre el reino de los cielos y en llevar un estilo de vida adecuado a la presencia y al futuro de ese reinado. Lo que ellos alcanzan a entender tienen que transmitirlo a otros. Pero en su actual enseñanza y vida como comunidad de discípulos, también ellos deben reinterpretar la tradición escriturística y la enseñanza de Jesús para aplicarlas a situaciones nuevas y diferentes (Mt 5, 17; 16, 19; 18, 18). Haciéndolo, viven y mantienen la tensión y praxis de sacar lo que es nuevo y lo que es viejo, en contraste con los dirigentes religiosos, que solo pueden sacar mal de sus arcas/tesoro (Mt 12, 35).

Mons. Romero dijo: “El Reino de Dios es la verdadera riqueza del hombre[1].


[1] Cfr. Mons. Óscar A. Romero. Homilía, tomo III, 30 de julio 1978, San Salvador 2006, p. 130.

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