P. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 21, 33-43

 

Jesús está en Jerusalén, en el templo. Aquí, él ha hecho dos signos: la expulsión de los vendedores del templo (21, 12-17) y la conminación a la higuera que no tenía fruto. A esta le dijo: “que nunca brote fruto de ti” (21, 18-22). Ante la pregunta hecha por los sumos sacerdotes: “¿Con qué autoridad haces esto?” (v.23), Jesús responde con tres parábolas que exponen y profundizan lo que él ha querido decir a las autoridades del templo mediante los signos realizados. La primera parábola se leía el domingo anterior (21, 28-32), hoy se lee la segunda (21, 33-43). 

 

Esta parábola concerniente a una viña condena los dirigentes religiosos del judaísmo de la época de Mateo, y describe las fatales consecuencias de su persistente oposición a los planes de Dios, concretada especialmente en la hostilidad a Jesús, el Hijo. Son rechazados como cuidadores de la viña. La parábola identifica otro grupo, que asumirá las funciones de agentes de Dios desempeñadas por los jefes, a fin de garantizar el fruto de la viña de Israel. Además, anuncia juicio contra esos dirigentes por su infidelidad. Dios transfiere la encomienda a otro grupo, pero no condena a todo Israel. La viña de Israel no es destruida, sino entregada a unos nuevos arrendatarios. Los pastores codiciosos son alejados del rebaño (Mt 9, 36; Ez 34), y nuevos pastores reciben el encargo de cuidar de las ovejas.

 

Esta parábola evoca a la historia de Israel. En el contexto de la comunidad de Mateo, la narración emplea una pugna sobre tierra y recursos, planteando cuestiones sobre propiedad y uso de los bienes. Evoca una práctica económica extendida en el mundo grecorromano, donde los altos precios de los arrendamientos, los impuestos civiles y religiosos, la compra de semillas para la próxima siembra y las malas cosechas hacían difícil la subsistencia de los campesinos. La actitud de los jefes religiosos, propietarios de la tierra, ante los campesinos sin tierra era atenazadora y desesperante.

 

El texto, tras un breve anuncio (v. 33), “escuchen otra parábola”, comienza la narración (vv. 34-40); y, finaliza con la enseñanza (vv. 41-43). Las dos frases introductorias (vv. 34a y 40a), la articulan en dos partes: la narración propiamente dicha (vv. 34-39); y, el diálogo final (vv. 40-43). 

 

El v. 33 es el breve anuncio. La frase inicial, “escuchen otra parábola”, indica una nueva amonestación a la élite religiosa de Jerusalén porque no actúa con arreglo a los planes de Dios (21, 23. 45). Al público del evangelio, la parábola le sirve para aclarar su papel en esos planes.

 

Se empieza narrando la creación de la viña. “Érase un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre”. El propietario es Dios (13, 27), a quien pertenece toda la tierra (Lv 25, 23). En 21, 40 se le identifica como el dueño de la viña o el Señor, es decir, Dios (1, 20. 22. 24; 2, 13. 15. 19; 3, 3; 4, 7. 10; 5, 33; 7, 21-22; 9, 38; 11, 25; 21, 9.42). Al referir la creación de la viña, Jesús habla de plantar, rodear de una cerca, cavar y construir, empleando paralelos verbales evocadores de Is 5, 1-7 y Jr 2, 21, en que Dios planta o hace surgir Israel (15, 14). Las acciones mencionadas indican una considerable inversión económica y expectativas de rentabilidad acorde con ella. Utilizando Isaías, Jesús reanuda su discurso profético a la élite.

“Luego la arrendó a unos labradores y se fue a otro país”. La ausencia del propietario es un elemento esencial. No sólo constituye una pincelada de realismo al reflejar el frecuente absentismo de la élite económica, sino que además sirve de premisa para la rendición de cuentas al dueño de la viña.

 

La parábola (vv. 34-40). Los vv. 34-36 son un conjunto literario, puesto que desarrollan de la parábola. El v. 34: “Llegado el tiempo de la cosecha, envió a los arrendatarios para recibir sus frutos”. El vocablo “cosecha” alude a un tiempo de juicio o de petición de responsabilidades (9, 37; 13, 19. 39-43). El v. 35: “Pero los trabajadores agarraron a los siervos y golpearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. El v. 36: “De nuevo envió siervos, más que la primera vez, y los trataron del mismo modo”. 

 

Los miembros de la élite judía han pasado a ser arrendatarios, pero ellos no aceptan tal papel. Violentamente se niegan a pagar y se oponen a los repetidos e intensificados esfuerzos del propietario (“más que la primera vez”) por cobrar la renta. Maltratando a sus enviados desprecian su autoridad como propietario de la viña. Era costumbre maltratar a los esclavos (8, 6; 21, 17-28). Y al negar al propietario el fruto que le corresponde, le roban de hecho. Incurren en la codicia y extorsión evidentes en la gobernación del templo (21, 12-13).

 

Desde el punto de vista de la alegoría de la historia del pueblo, los siervos son los profetas enviados a Israel. Con frecuencia se identifica a los profetas como siervos de Dios (Jr 7, 25; Am 3, 7). Aunque enviados por Dios, sufren oposición por parte de los dirigentes del pueblo (1Re 18, 4; Jr 7, 25-26; 26, 4; Neh 9, 26; Dn 9, 6) [“no hemos escuchado a tus siervos los profetas”]. En la alegoría de la parábola se distinguen determinados profetas por la mención de sus respectivos destinos. El evangelio ha identificado anteriormente la persecución como un aspecto fundamental de la experiencia profética (Mt 5, 12). Asimismo, ha reconocido la queja acerca de Jerusalén, que mata y apedrea a los profetas (23, 37). Despreciando la autoridad del propietario, quedándose con lo que le pertenece y matando a sus enviados, los arrendatarios infringen los mandamientos de la alianza de honrar a Dios, no matar y no robar (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21).

 

Los vv. 37-39. “Por último les envió a su hijo, diciendo: A mi hijo lo respetarán. Pero cuando los labradores vieron al hijo se dijeron entre sí: Éste es el heredero; vamos a matarlo y nos quedamos con su herencia. Así que lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron”. Aunque ha habido debate al respecto, el hijo asesinado es Jesús, crucificado en Jerusalén (2, 15; 3, 17; 4, 3. 6; 11, 27; 14, 33; 16, 17; 17, 5). La predicciones de la pasión (16, 21; 17, 21.22; 20, 17-19; 12, 14) han indicado que Jesús debe morir a manos de los violentos dirigentes religiosos. 

 

Su muerte ocurre en una larga línea de violencia en la historia del pueblo. Acuerdan entre sí darle muerte, del mismo modo que los dirigentes religiosos de 21, 25 “discutían entre sí” sobre cómo evitar reconocer la autoridad de Juan y de Jesús. Los arrendatarios deciden matar al hijo, al heredero, para apoderarse de su herencia (la viña) y no tener que rendir cuenta al dueño. Faltan al primer mandamiento (Dt 5, 6). La codicia, el robo y la injusticia orientan su proceder, como en el templo (21, 12-13).

 

El v. 40. Jesús invita a los dirigentes a completar el argumento. “Pues bien, cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con esos labradores?”. Jesús hace la pregunta decisiva. Su formulación está en función de que los oyentes se identifiquen con el dueño de la viña que regresa (v. 40). Al igual que en la parábola anterior (v. 31), el narrador utiliza el discurso estilístico de un “fallo jurídico programático” y deja pronunciar a sus adversarios sin percatarse de ello. A continuación, ellos firman su propia sentencia.

 

El diálogo y la enseñanza (vv. 41-43). El v. 41 obliga los oyentes a condenarse a sí mismos, como ha ocurrido con las formuladas en 21, 16. 24-25. “Le dijeron: Dará a esos malvados una muerte miserable”. Identifican a los arrendatarios como malvados o, literalmente, “malamente malos”. Condenan así su propia conducta como élite y sin darse cuenta coinciden con el juicio expresado en anteriores ocasiones por Jesús acerca de ellos: son malos (9, 4; 12, 34-35. 39; 16, 4) como el diablo (6, 13).

 

Predicen su misma destrucción a manos de Roma (70 d. C.), de quien son arrendatarios. Este evangelio, junto con otros escritos judíos posteriores a ese año, interpretan tal acontecimiento como un castigo divino (1, 21; 21, 12-13. 18-19; 22, 7; 23, 37-39). Los que resisten a la autoridad de Dios serán totalmente sometidos a ella en la muerte. “Y arrendará la viña a otros labradores, que le entregarán los frutos a su tiempo”. Irónicamente, la última frase recuerda la descripción que en el Sal 1 se hace de los justos contrastándolos con los malvados (Sal 1, 3).

 

El v. 42. Jesús no objeta a su respuesta, sino que la desarrolla citando Sal 118, 22-23. Eso sí, la introduce con la misma pregunta que antes utilizó para ponerlos en evidencia respecto a su ignorancia de los planes divinos declarados en las Escrituras y ahora manifiestos en él (12, 3. 5; 19, 4; 21, 16). “Jesús les dijo: ¿No han leído nunca en las Escrituras: la piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular; fue el Señor quien hizo esto, y es maravilloso a nuestros ojos?”. 

 

El salmo 118, citado en 21, 9, da gracias por la victoria de Israel sobre “todas las naciones”. Aquí celebra la exaltación por Dios de Jesús, al que la élite de Jerusalén ha rechazado. Los dirigentes no reconocen que fue el Señor quien hizo esto ni que es maravilloso a nuestros ojos, como tampoco la significación de la respuesta de los recaudadores y las prostitutas (21, 32). Al igual que sucedió en 20, 15, sus ojos malos les impiden reconocer los planes de Dios en Jesús. La imagen relativa a la construcción (piedra angular y constructores) viene de 16, 18: la comunidad de oración de Jesús (21, 13a. 21-22), en contraste con el templo abocado a la destrucción.

 

El v. 43. La incapacidad para reconocer la obra de Dios en Jesús tiene consecuencias. “Por eso les digo: les será quitado el reinado de Dios y le será dado a un pueblo que rinda frutos”. ¿A quién les será quitado y a quién se les dará? Puesto que en el centro de la escena están los dirigentes religiosos, y habida cuenta de que Jesús se dirige a ellos en 21, 23-27. 28. 31. 33. 40. 42-43, especialmente en el v. 45, ese reinado le es quitado a la élite. Las palabras de Jesús confirman el juicio que ellos han expresado en 21, 41 y utilizan el contraste de 21, 28-32. Jesús no excluye a todo Israel. La viña permanece intacta, en posesión de su dueño. Les es quitada a quienes la cuidaban, a los arrendatarios.

 

Este castigo se identifica con la toma de Jerusalén por Roma 70 d. C. Pero la viña no queda sin cuidadores. Es confiada a nuevos arrendatarios: un pueblo que produzca los frutos que corresponden al reinado. El vocablo “fruto” es imagen de fiel obediencia a la voluntad y reinado de Dios (21, 19). En el contexto significa hacer lo contrario que los dirigentes religiosos: aceptar la reclamación y autoridad del dueño, no robar lo que es suyo, no rechazar ni matar a sus siervos y vivir de manera acorde con sus planes.

 

¿Quiénes forman ese pueblo? ¿Gentiles? ¿O acaso se alude a la Iglesia, integrada por gentiles y judíos? Ciertamente los gentiles no reemplazan a los judíos: el énfasis de 21, 41. 43 en dar fruto hace pensar que la naturaleza de ese pueblo no es étnica. Tampoco la alegoría de la parábola reemplaza a la viña/Israel (no hay un nuevo Israel). El dueño quiere fruto de ella. Lo que cambia es esa parte del pueblo o “pequeño subgrupo” responsable de hacer que produzca fruto. 

 

Ahora, tal responsabilidad recae en discípulos constituidos por el encuentro con el reinado de Dios, presente en las palabras y acciones de Jesús (4, 17-23; 5, 3. 10; 11, 2-6. 12; 12, 28; 13, 11. 19. 24. 31. 38). Han sido enviados en misión a Israel para anunciar y hacer patente la presencia del reinado de Dios (10, 7-8). Este pueblo, la ekklêsia (16, 18; 18, 18), que incluye judíos y gentiles, existe como agente del reinado divino en su búsqueda en la viña de fruto para Dios.

 

El uso del tiempo futuro en “les será quitada” (la voz pasiva indica acción de Dios) es desconcertante. ¿Cuándo se produce el cambio de cuidadores? ¿Después de la muerte del Hijo (21, 39)? ¿Tras la caída de Jerusalén ante Roma? ¿En el juicio? Lo cierto es que los nuevos cuidadores de la viña deben vivir una vida fiel y fructífera, conscientes de lo sucedido a los anteriores y de que unos y otros deben rendir cuentas en el juicio (7, 15-27; 10, 32-42; 18, 21-35). La comunidad/oyentes están amonestados.

 

Mons. Romero dijo: “Esta es la crisis que el Evangelio ha de vivir a lo largo de toda la historia: un Dios que siembra una viña y que espera frutos y, por una parte, no recoge frutos, más que crímenes, asesinatos, “no lo he sembrado yo eso”; y, por otra parte, unos injustos que matan y atropellan a sus profetas, a sus enviados” [1].

[1] Óscar A. Romero. Homilías, tomo III, 8 de octubre de 1978, San Salvador 2005, 313.

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