Pbro. Jorge Fuentes

A diferencia de lo que ocurría el domingo pasado, la relación entre la primera lectura (Jon 3, 1-5. 10) y el pasaje evangélico de este domingo (Mc 1, 14-20) no aparece muy clara a primera vista. Probablemente, los liturgistas han tomado y han considerado que existe una relación temática entre el llamado a la conversón que hace Jesús al inicio de su predicación y el mensaje de Jonás, así como también entre la respuesta inmediata de los habitantes de Nínive y de los primeros discípulos de Jesús. Hecha esta breve observación, pasemos a comentar a continuación algunos de los puntos principales del mensaje del evangelio de este domingo.
La escena descrita en este pasaje evangélico relata las primeras acciones de Jesús en san Marcos. La escena aparece inmediatamente después del bautismo de Jesús. El Maestro de Galilea toma el relevo del Bautista, el cual en este momento ya estaba encarcelado. Jesús, en lugar de quedarse en Judea como Juan y de atraer al desierto a la gente de Jerusalén, parte para Galilea como portador del gozoso anuncio de Dios. Es importante subrayar que en este texto evangélico encontramos el corazón de la primera predicación de Jesús: él se hace portavoz de Dios para anunciar que su Reino ya está ahí. Él mismo va a ponerse a la cabeza de su pueblo para guiarles hacia la vida. El momento, por tanto, es propicio para convertirse, para cambiar de mentalidad y creer en esta noticia inesperada.
La segunda parte del evangelio narra la llamada de los cuatro primeros discípulos de Jesús (el único otro llamado que Marcos narra es el de Leví, antes del llamado general a los Doce en 3, 13-19). Los primeros llamados son dos parejas de hermanos, pescadores del lago de Tiberíades. El llamado del Señor los sorprende en plena labor: Los primeros estaban pescando y los otros reparando las redes de su empresa familiar, La única palabra de la escena es la de Jesús, que propone a Simón y a Andrés hacer de ellos “pescadores de hombres”. Esta metáfora resulta bastante curiosa y enigmática. Para aclarar su significado conviene recurrir al texto paralelo de Lc 5, 10. En efecto, Lucas utiliza aquí otro término para evocar la futura misión de los discípulos. Se trata de un verbo que en griego significa literalmente “devolver a la vida”. De esta manera, Lucas clarifica el sentido de la imagen de la pesca que él retoma de Marcos. En este contexto, esta expresión metafórica se refiere claramente a la salvación, de la cual encontramos una bella ilustración en Ex 14; en este pasaje se nos relata cómo Israel sale con vida de las aguas del mar, mientras sus opresores se hunden en esas mismas aguas. Si tenemos en cuenta este sentido de la imagen de la pesca, lo que san Marcos y san Lucas quieren expresar es, después de proclamar el feliz anuncio de un Dios que viene para ser rey de su pueblo, Jesús llama a sus primeros discípulos para hacer de ellos liberadores de sus hermanos, es decir, servidores de la redención integral de la humanidad que comporta el anuncio del Reino.
En las dos escenas del llamado de las dos parejas de hermanos en san Marcos, descubrimos el mismo esquema: la iniciativa pertenece siempre a Jesús, que ve dos hermanos y les dirige un llamado a seguirle por el camino. La respuesta de los primeros discípulos es inmediata y sin vacilación. Para seguir al Señor, Simón y Andrés, Pedro y Juan, hacen un acto de desprendimiento y de abandono. De hecho, el verbo griego aphièmi, que se utiliza en dos ocasiones en este pasaje evangélico, significa “abandonar” o desprenderse de algo. En el caso de los discípulos, Simón y Andrés, “abandonan” sus instrumentos de trabajo y, Juan y Santiago, por su parte, “dejan” a su padre y a sus compañeros de oficio.
El mensaje del evangelio de este domingo para cada uno de nosotros lo encontramos, ante todo, en la primera parte del evangelio, en la medida en que también hoy somos llamados por Jesús a convertirnos para acoger la Buena Nueva del Reino de Dios. Como sabemos, la conversión es una exigencia permanente para todo cristiano. También en la segunda parte del evangelio se nos recuerda que somos llamados por Jesús no solo a acoger el Reino, sino también a colaborar con él en el anuncio de la buena nueva de la salvación. Esa fue la misión que él confió a sus primeros discípulos y la que nos confía a nosotros ahora. Esta llamada de Jesús exige una respuesta libre, generosa y radical como la de los primeros discípulos. Es verdad que no a todos los cristianos se nos pide “dejarlo todo” para seguir al Señor, pero a todos se nos pide desprendernos de aquello que nos impide seguir al Señor con entera libertad y hasta las últimas consecuencias.

