Comentario del Evangelio por el Padre Jorge Fuentes


Como lo hemos dicho ya en alguna otra ocasión, en este espacio nos proponemos ofrecer principalmente un breve comentario del evangelio de cada domingo; sin embargo, nos parece conveniente, en la medida de lo posible, hacer también una breve alusión al mensaje de la primera lectura, dada su relación temática con el texto evangélico correspondiente. Así, en la primera lectura de este domingo (Dt 18, 15-20), encontramos la promesa que Yahvé hace a su pueblo de darles un profeta como Moisés: “En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán’”. En el judaísmo antiguo, este pasaje del libro del Deuteronomio suscitó una gran expectativa. Más allá de los numerosos profetas que se sucedieron a lo largo de la historia de Israel, los judíos fieles esperaban la venida de una especie de “super profeta”, a imagen de Moisés. En efecto, después de haber relatado la muerte de Moisés, al final del libro del Deuteronomio se nos relatan estas palabras que se refieren al carisma profético de Moisés: “No ha vuelto a surgir en Israel un profeta semejante a Moisés. Con él Yahvé había tratado cara a cara” (Dt 34, 10; cf. Nm 12, 8). Los judíos fieles esperaban, por tanto, un profeta que, como Moisés, prestara su voz a la palabra de Dios y actuara con poder, palabra y acción que tienen por finalidad hacer vivir a Israel en alianza con su Señor. Ahora BIEN, como antes de la llegada de Jesús esta promesa del surgimiento de este profeta escatológico no se había cumplido, es muy probable que los discípulos hayan visto en el Profeta de Nazareth al profeta anunciado por Moisés. Pero no solo los discípulos, sino también las multitudes que acompañaban a Jesús vieron en él al profeta anunciado en el libro del Deuteronomio. Por ejemplo, en Jn 6, 14, podemos leer: “Al ver la señal que Jesús había hecho, los hombres decían: ‘Este es sin duda el profeta que había de venir al mundo”. Dicho sea de paso, también Juan el Bautista, en algún momento, es confundido con el profeta escatológico, aunque él niega rotundamente esta identificación (cf. Jn 1, 21).
En el pasaje evangélico que la liturgia nos propone para este domingo (Mc 1, 21-28), en el que se evocan sintéticamente las grandes orientaciones que va a tomar pronto la vida de nuestro Señor, el evangelista no identifica explícitamente a Jesús con el profeta esperado. Su relato, sin embargo, sugiere que se trata efectivamente de él: como Moisés, Jesús enseña con autoridad y su acción es liberadora. La conclusión, que narra cómo la gente destaca precisamente estos dos rasgos característicos, constituye una repetición destinada a atraer la atención.
San Marcos nos refiere, por otra parte, que después de abandonar las orillas del lago de Galilea, donde había llamado a Simón, a Andrés y a los hijos de Zebedeo, Jesús entra con ellos a la ciudad de Cafarnaúm. Luego, fiel a la práctica de su tiempo, asiste a la sinagoga el día sábado. Ahí se pone a enseñar, a pesar de que él no era un escriba, es decir, alguien que tenía la función de explicar las Escrituras en la sinagoga. De hecho, la gente lo nota inmediatamente: su manera de enseñar causa admiración, justamente porque difiere mucho de la enseñanza de los escribas. Tomando la palabra libremente y sin estar “autorizado” para una función oficial, Jesús se autoriza él mismo para enseñar. En este sentido, Jesús es como un profeta que, fuera del marco institucional, se pone a hablar porque Dios lo impulsa. La autoridad de su enseñanza le viene del mismo Dios.
A la admiración positiva de la gente que escucha a Jesús, se opone una reacción inesperada: la de un espíritu impuro. Este espíritu percibe a Jesús como un “peligro”, debido a la autoridad con la que él enseña. Por eso le reclama: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazareth? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quien eres: ‘el santo de Dios’”. El espíritu percibe en Jesús la voluntad de destruirlo a él y a sus congéneres. Él sabe, además, quien es Jesús: el Santo de Dios, por tanto, todo lo opuesto al espíritu impuro. Es muy llamativo que en el relato de Marcos el primero en reconocer en Jesús al que viene de Dios es un demonio. Pero Jesús lo hace callar, antes de amenazarlo y de liberar al hombre al que tenía sometido. Delante de lo que Jesús hace y cuya eficacia es subrayada por la cólera del demonio, la admiración de los que escuchaban a Jesús se convierte en estupor. Su emoción los lleva a dejarse interrogar por lo que les ha tocado profundamente: ante todo, por la enseñanza de Jesús, sorprendente por su novedad y autoridad que manifiesta y, luego, por su poder sobre los espíritus impuros, a los que somete a su voluntad.
Para concluir, es importante recordar que varios estudiosos han hecho notar que, en el evangelio de Marcos, parece que Jesús prefiere mantener oculta su identidad. Por eso se ha hablado del “secreto mesiánico” de Marcos. Pero, por lo que nos muestra el pasaje de este domingo, Jesús más bien prefiere que sea la propia gente la que descubra su identidad mesiánica, interrogándose sobre sobre el sentido de sus hechos y de sus palabras.

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