Ascensión del Señor

Padre Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 28, 16-20
El texto expone el encuentro de Jesús con sus discípulos en Galilea después de su resurrección, y, la misión que ellos desempeñarán en el mundo. Esta escena es un relato de encomienda, en que Jesús resucitado encarga a los discípulos que formen una comunidad universal.
La escena tiene importantes elementos cristológicos. Es Jesús resucitado quien hace la encomienda a los discípulos. Jesús asume el papel desempeñado por Dios en los encargos proféticos, comparte la autoridad universal divina y puede, como Dios, estar siempre con los discípulos, aunque no se halle físicamente presente. Hay también elementos eclesiológicos. A la comunidad de discípulos, con sus dudas e imperfecciones, se le asigna la tarea de continuar la misión de Jesús y se le asegura que contará con su presencia de él. La escena tiene además dimensiones éticas, por cuanto insta a la transmisión de toda la enseñanza de Jesús, que configura e informa la comunidad de discípulos en su existencia minoritaria y alternativa.
A esa comunidad pequeña, minoritaria, marginal se le encomienda nada menos que la misión universal (en aquel tiempo el imperio romano) de dar a conocer cuanto Jesús ha enseñado, pidiendo acatamiento de sus prescripciones. Pero esa misión es desarrollada en un mundo reacio y peligroso, algo que ha dejado claro el relato de la pasión y la escena anterior a ésta en 28, 11-15. La adhesión humana es disputada por grupos religiosos que, como muestra este evangelio, son intolerantes con sus competidores. Hay concepciones dispares de lo que Dios quiere de los hombres.
Esa misión mundial está abocada a ser contracultural con el imperio. La misión mundial de Roma, en dicho momento, era clara, a menudo expresa y muy eficaz. Se trataba de ejercer un dominio universal. Tal misión, según la religión imperial, le fue confiada a Roma por los dioses y llevada a cabo por el emperador y sus gobernadores.
La comunidad de discípulos de Jesús se asemeja al imperio en que tiene una misión mundial. Pero no es una misión militar; anuncia el reinado de Dios. Este anuncio supone conflicto con Roma por lo que tiene de peligro para ella. No reconoce a los dioses imperiales, ni a los dioses que deseen controlar el mundo y el destino humano. Considera que los planes de Dios y el modo de alcanzar la felicidad eterna le han sido revelados no al emperador sino a Jesús, crucificado y ya resucitado. Llama a los seres humanos a reconocer la soberanía de Dios como “Señor del cielo y de la tierra” (Mt 11, 25). Y afirma la supremacía de los designios divinos. El futuro no es el de la Roma eterna, sino el del reinado de Dios, justo y vivificante, establecido sobre todas las cosas. Para la misión de proclamar tal anuncio es enviada de nuevo la comunidad de discípulos por el que tiene “toda autoridad en el cielo y en la tierra”. Miremos el texto.
Este relato contiene: a) introducción (v.16); b) encuentro de los discípulos con Jesús y la reacción de estos (v.17); c) encomienda (vv. 18-19); y, d) tranquilización y conclusión de la obra de Jesús, del evangelio, e inicio de la labor de los discípulos (v.20).
En la introducción se narra la vuelta de los discípulos a Galilea, al monte que Jesús les había indicado (v.16). En el sentido original esta vuelta a Galilea es hacer de nuevo el mismo camino de Jesús, el de la cruz, es volver a los gentiles, la Galilea de los paganos. Pero Galilea, en Mateo, no es un lugar de tranquilo refugio, sino de enfrentamiento al poder imperial, a las tinieblas y a la muerte (Mt 4, 12-16).
El punto concreto de la cita es un monte. Mateo presentó a Jesús anunciando su proyecto en un monte (Mt 5, 1-10). Y ahora lo concluye y a su vez lo reinicia en un monte (28, 16). Cosas importantes en la vida de Jesús han pasado en un monte . Ecos de tradiciones relativas a los montes Sinaí y Sion envuelven esas referencias. En un monte murió Moisés atisbando al tierra prometida (Dt 34, 1-5), y Josué es encargado de sucederle en la dirección del pueblo. Aquí la escena no es de muerte, sino de encomienda, en anticipación del establecimiento del reinado de Dios sobre el mundo entero. Y en vez de tener lugar en el centro de poder que es Jerusalén, se desarrolla en la, relativamente, marginal región de Galilea (Is 2, 2-3; 25, 6-10). La comunidad de discípulos entiende esta encomienda como un siempre volver a Jesús. Él convocará en las afueras de los centros del poder social. A ello se debe el significado del monte.
El encuentro narra que los discípulos, “al verlo”, reaccionaron unos con adoración y otros con dudas (v.17). La atención se centra en el encuentro de los discípulos con Jesús y en la reacción de ellos. Cuando lo vieron, lo adoraron, como habían hecho las mujeres (28, 9) y los discípulos en 14, 33. El verbo adorar es, en este caso, reconocimiento de la realeza de Jesús. Pero, a diferencia de las mujeres, algunos dudaron, verbo con el que Jesús se dirige a Pedro en 14, 31. Allí sugiere la presencia de alguna fe, aunque sea insuficiente, confusa, indecisa y fluctuante (6, 30, 8, 26; 16, 8; 17, 20). Aquí, ¿no creen algunos que este hombre sea Jesús? ¿O dudan de su resurrección? ¿O están asustados? ¿O no llegan a hacerse una idea de la que significa todo esto? De todos modos, dichas actitudes describen a los discípulos. Así son (somos) ellos. No son perfectos, sino confusos, indecisos y fluctuantes. Sin embargo, con estas carencias humanas, Jesús cuenta con ellos.
La encomienda la hace Jesús resucitado, quien asume las veces de Dios, al afirmar “me ha sido dado toda autoridad en el cielo y en la tierra” (vv.18-19). El v.18 evoca Dn 7, 13-14, donde Dios confiere “dominio y gloria y reino” a uno “como hijo de hombre”. El dominio es eterno, como reinado prometido a los reyes del linaje de David (2Sam 7, 13-14). Jesús, hijo de David (Mt 1, 1), el rey (2, 2; 25, 34), escarnecido por representantes político-militares del imperio romano y por la élite religiosa (27, 11.27-31), participa en el reinado de Dios sobre todas las cosas.
Jesús rechazó la oferta de Satanás de “todos los reinos del mundo” en 4, 8. De haberla aceptado, se habría sometido a la voluntad de Satanás y no habría sido el agente o el Hijo de Dios que manifiesta su reinado (4, 17). Aquí recibe “toda autoridad” de Dios como su Hijo amado (3, 17; 17, 5). Jesús ha descrito a Dios como “Señor del cielo y de la tierra”, de toda la creación (11, 25). Jesús participa en el reinado de Dios sobre todas las cosas. Esto implica autoridad no solo sobre Satanás sino también sobre la élite de las autoridades religiosas y políticas, que lo “entregaron” para que fuera crucificado. La élite religiosa se niega a reconocerla (21, 23-27), mientras que Jesús la delega a sus discípulos para que participen en su misión (10, 1).
Dicha autoridad es obediencia y entrega al Padre. Jesús, al igual que Dios, comparte esta autoridad con la comunidad de discípulos, a pesar de que estos tengan imperfecciones. Asimismo, les asigna la tarea de continuar la misión de él y también les asegura que contarán con su presencia, aunque no esté físicamente.
En el v. 19, Jesús confiere esa autoridad, Jesús convierte a los discípulos en sus agentes. Vayan, pues, y haciéndose discípulos de todas las naciones. El verbo hacer discípulos (mathêteuo) deriva del nombre discípulo (mathetês), que tan importante ha sido en el evangelio. Discípulo es quien, llamado a seguir a Jesús, ya habiendo encontrado el reinado de Dios en su predicación y acciones, responde positivamente con un reconocimiento continuo, consciente y sentido de su autoridad como Señor. Corresponde a la comunidad de discípulos asegurar que la adhesión a Jesús se traduce en una vida caracterizada por el reconocimiento de la soberanía de Dios y en anticipación del establecimiento pleno del reinado de Dios sobre todas las cosas. Lugares y destinatarios de esta encomienda son todas las naciones.
La expresión, haciéndose discípulos es ampliada con dos gerundios, bautizando y enseñando, y una promesa. Junto con su reconocimiento de que Jesús participa de la realeza de Dios, los nuevos discípulos deben ser incorporados a la nueva comunidad mediante el bautismo. Puesto que Jesús manifestó abrazar los planes de Dios sometiéndose al bautismo de Juan (3, 13-17), los discípulos deben imitarlo (10, 24-25) y mostrar adhesión a él dejándose bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La locución “en el nombre de” representa compromiso, pertenencia y protección. En Dios, el Padre, Jesús, el Hijo, el evangelio ha enseñado el vínculo adicional de que el Hijo revela al Padre (11, 25-27) y cumple su salvífica voluntad (3, 15). Los discípulos de Jesús hacen la voluntad del Padre (12, 46-50). Su bautismo marca la entrada en una vida de obediencia a Dios siguiendo a Jesús. Presumiblemente, el Espíritu Santo ayuda a vivir esa vida, así como el “espíritu del Padre de ustedes” (10, 20) los ayuda a hablar.
A esta comunidad de discípulos se le encomienda dar a conocer lo que Jesús ha enseñado, pidiendo un acatamiento de sus mandatos. Dichos mandatos son el camino de la cruz. Y la misión se desarrollará en un mundo hostil. Ante esta dificultad, Jesús concluye con su promesa: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (20, 20). Esta presencia es la garantía del proyecto Dios. Como en el Éxodo, Dios promete su acompañamiento histórico al pueblo. Jesús asume este papel para con la comunidad de sus discípulos.
En este texto, son las palabras de Jesús las que tienen importancia (cristología). Estas palabras, a las que Mateo, da categoría son las siguientes: primero, en cuanto al pasado: “me ha sido dada toda autoridad” (v.18). Jesús sostiene que es Dios, su Padre, quien le concedido la autoridad. Esta autoridad es la del reino de Dios que anunció en Mt 5, 1-10, en la bienaventuranzas, las mismas que Jesús hizo suyas con su vida, pasión y resurrección.
Segundo, en cuanto al presente de la comunidad: “caminen, haciéndose discípulos, bautizándoles y enseñándoles” (vv. 18-20a). El caminen es a todas las naciones, sin distinción, y sin requisitos previos; antes que bautizar está el anuncio y estar haciéndose discípulos de Jesús. La materia de enseñanza, de este discipulado, es la vida de Jesús, su ministerio que le condujo a su posterior muerte violenta; todo ello, según Mateo, está contenido en los cinco grandes discursos de su obra, pero, sobre todo, en el sermón del monte (5, 1-10).
Y, por último, tercero, en cuanto futuro presente: “He aquí que yo estoy con ustedes…” (v.20). Jesús establece una alianza (su presencia) con su pequeña comunidad, también sin requisitos y sin condiciones. La frase “yo estoy con ustedes”, se refiere a Jesús mismo, es decir, el Emmanuel que la virgen concibió (1, 23), es el mismo que está en su comunidad (28, 20). Para Mateo, la Iglesia es Jesús en medio de la ekklesía. Esta es en Mateo la asamblea de hermanos y hermanas.
La comunidad no se encuentra sola al luchar en su tarea misionera con las inevitables dificultades creadas por un ambiente de engaño y hostilidad y por los fallos de los mismos discípulos. Aunque Jesús no está físicamente presente, su presencia continua en sus palabras y acciones narradas por el evangelio y, como él aseguró en 10, 20, a través de la ayuda del Espíritu. El mandato de misión va acompañado del don de una misericordiosa presencia y asistencia
Mons. Romero dijo: “Cristo vive, hermanos, y vive en su Iglesia, glorificado a la diestra del Padre, presente, hecho esperanza y fuerza entre sus peregrinos de la tierra” …“No se apoya, la Iglesia, en los poderes de la tierra… se apoya en Cristo que es su esperanza. Cristo vive…en cada familia donde haya un corazón que ha puesto en Él su esperanza, donde hay un afligido que espera que pasará la hora del dolor… hasta en la cárcel está presente, en el corazón del que espera y ora” .
