Padre Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Jn 14, 15-21

El texto inicia y finaliza con una tesis que sirve de inclusión: el amor a Jesús es igual a la práctica de sus mandamientos: “si me aman, guardarán mis mandamientos… el que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (vv. 15. 21). Los discípulos transparentan a Jesús practicando el amor entre los hermanos. Así se ama a Jesús. ¿De qué amor se trata? “Como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros” (13, 34).

El texto tiene las siguientes partes: a) Amar, guardar los mandamientos y el Paráclito (vv. 16-17). El v.15 formula que la condición para que se realicen las “obras mayores” de los discípulos después de la partida de Cristo; se trata del amor a Cristo. Esta noción es propiamente joánica y concomitante con la noción de fe. La naturaleza de este amor a Cristo se explica inmediatamente: consiste en la obediencia a sus mandamientos. La noción de “mandamiento”, en Juan, engloba el conjunto de las instrucciones del Cristo joánico. Así, las obras mayores nacerán y estructurarán la comunidad en la medida en que los discípulos muestren una fe obediente a las palabras de Jesús Revelador, pues en sus palabras es donde el Cristo pospascual puede ser percibido y por ellas es como actúa en su comunidad.

El v. 16 señala que el envío del Paráclito se basa en la iniciativa de Jesús, pero que es enviado por el Padre. El Paráclitos es, pues, fundamentalmente un don divino. De manera significativa habla de “otro Paráclito”, por lo que hay que entender que el primero, que es Cristo, va a ser sustituido por “otro” que continuará su función. Se ha tomado así una decisión teológica importante: el Paráclito por venir no puede pensarse con independencia de la persona de Cristo. Es su desdoblamiento pascual.

Su función se formula con toda claridad al final del versículo: a la presencia divina, espacial y temporalmente limitada, que se manifiesta en la persona de Cristo encarnado, le sucede una presencia divina que ya no está ligada al espacio ni al tiempo. El salto cualitativo iniciado por la partida de Cristo recibe una concreción: la revelación cristológica ligada al destino histórico del Cristo encarnado rompe las barreras; a partir de la llegada del otro Paráclito, está en todas partes y para siempre.

La aposición que abre el v. 17 (“el Espíritu de la verdad”) realiza una vinculación capital: asocia al paráclito con el Espíritu y, por ello, con la pneumatológica extendida en el cristianismo naciente. Según esta, la noción de Espíritu designa la forma en la que Dios se encuentra con el ser humano, en la época pospascual, en la que actúa respecto a sus criaturas y manifiesta su realidad ante ellas. En este texto, se caracteriza a este Espíritu con el concepto de “verdad”. Esta noción, central en el v.6, muestra que la realidad de Dios de la que el Espíritu es portador se identifica con la revelación tal como ha sucedido y se personifica en Jesús.

El v. 16 ya había señalado que el Paráclito es enviado solo a los discípulos. El v. 17bc profundiza en este punto distinguiendo entre el mundo y los discípulos en sus relación con el Paráclito. El mundo, figura aquí de la sublevación humana contra Dios, no puede recibir al Paráclito porque, precisamente como mundo, está cerrado al ver y al conocer que le abrirían a la realidad del Espíritu. En cambio, los discípulos, en la medida en que se han adherido a la revelación cristológica, están en condiciones de reconocer al Espíritu.

La asimetría respecto al mundo es, no obstante, significativa: rompiendo el paralelismo con el v. 17a, el texto no declara que los discípulos reciban al Espíritu porque lo reconozcan, sino que lo reconocen porque el Espíritu mora junto a ellos. Así, el Espíritu resulta ser un don que se da a conocer a quien se abre a su acción. El paso al futuro, “y estará en ellos”, señala que esta presencia del Paráclito habitará de forma permanente el futuro, en este caso, el tiempo pospascual.

b) No les dejaré huérfanos, vengo a ustedes (vv. 18-21). El v. 18 posee un valor programático, puesto que formula el tema que va a ser desarrollado en el conjunto del pasaje: la nueva venida de Cristo junto a los suyos. Esta venida tiene valor de promesa.

El v. 18a, en un primer momento, formula negativamente la promesa, evoca la situación de desamparo que la partida de Jesús provoca. ¿No es el huérfano quien, por excelencia vive el problema de la separación, del abandono y de la soledad? De nuevo, lo que constituye el punto de partida de la argumentación es la comunidad de los discípulos que se enfrentan a la desaparición y a la ausencia de su Señor. Esa situación marcada con el sello de la pérdida se transforma por el anuncio de la venida de Jesús: el Ausente va a hacerse presente, formulación positiva de la promesa (v. 18b). El tiempo utilizado, “vengo” (presente indicativo), subraya la inminencia y el carácter seguro de esta venida. ¿Cómo sucede? La nueva venida de Jesús coincide con la experiencia pascual. La Pascua y parusía son aquí un único y mismo acontecimiento. Si esto es así, ¿cuál es la interpretación del acontecimiento pascual que se defiende en este pasaje? La argumentación de los vv. 19-21 se desarrolla en tres pasos sucesivos.

1) El v. 19 sustituye el lenguaje de la espacialidad utilizado por el v.18 por el de la visión. La venida del v. 18 se concreta en una visión de aquel que se ha ido. La expresión “todavía un poco tiempo” alude a la muerte y a la resurrección de Cristo. El “mundo” estima, en efecto, que la cruz ha puesto fin definitivamente al amor Jesús: ya no lo ve. Los discípulos, en cambio, hacen la experiencia de una visión nueva de Jesús: el Crucificado es el Viviente. La experiencia pascual posee un alcance soteriológico: la visión del Resucitado es portadora de vida para los propios discípulos; ellos participan desde ese momento en la plenitud de vida que es patrimonio del Resucitado.

2) ¿Cómo se puede describir esta visión pascual de los discípulos? El v.20 muestra que esta visión debe entenderse como un conocimiento. Este conocimiento no se produce, a diferencia de como lo concibe la apocalíptica, “en el último día”, sino en “aquel día”, entendiendo por tal el advenimiento de la experiencia pascual. El contenido de este conocimiento se concentra en la fórmula de inmanencia recíproca que hemos encontrado en los vv.10-11 y que postula la unidad del Padre y el Hijo. Pero nuestro versículo alarga la fórmula y la aplica a los discípulos. Igual que la venida escatológica del Resucitado se enraíza en el Padre, así también ocurre con la vida de Cristo resucitado, los discípulos acceden a la plenitud de la vida ofrecida por Dios. La comunión de Cristo con su Padre es desde ese momento una comunión compartida con los discípulos.
3) El v. 21 formula la condición exigida al discípulo para tomar parte en la experiencia pascual, que consiste en el amor a Cristo. Este amor no es en primer lugar de naturaleza mística o afectiva, sino que se realiza en la acogida y el respeto de las palabras de Jesús. Este amor a Cristo da acceso al amor de Dios y culmina en el amor de Cristo al discípulo, que se concreta en un acontecimiento de revelación.

Esta forma de describir la condición requerida para la experiencia pascual es de una gran originalidad. Significa que la experiencia pascual se deshistoriza: ya no es patrimonio de un círculo de testigos privilegiados y no se limita a una sola época, sino que, a partir de entonces, se abre a todo creyente de cualquier lugar y de cualquier época. La Pascua sucede en todas partes y siempre de nuevo allí donde hombres y mujeres sitúan su existencia bajo la autoridad de Cristo y la entienden a la luz de su revelación.

Mons. Romero dijo: “Jesucristo quiere hablar por medio de su Iglesia acerca de ese Espíritu que prolonga la presencia del Redentor entre los hombres… debemos tener en la tierra bien clavados los pies; porque esta vida que Cristo trae a los hombres no es para arrancarlos de la historia, sino para poner en el corazón del hombre, que hace la historia, la fortaleza cristiana con que todo hombre tiene que ser un constructor de su propia historia. Un cristiano que no viva la fuerza del Evangelio entre las realidades de la tierra es lo que llamamos un cristiano desencarnado, desubicado” .

“La Iglesia promueve al hombre en el amor. La Iglesia es amor, aunque no lo quieran comprender. Claro que es un amor fuerte, un amor que, como el de los padres justos, corrige a su hijo, aunque lo quiera, porque no lo quiere pecador. Por eso, la Iglesia muchas veces es tratada como que ha traicionado a las amistades; pero es porque tiene que decir la verdad aun a los amigos más queridos; porque en eso consiste su amor: en querer arrancarlos de las garras del pecado para ponerlos en camino de conversión hacia Dios. Y si no lo hace así, no sería verdadero amor” .

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