
Padre Manuel Acosta
Anotaciones al texto Jn 3, 16-18
El texto está en el contexto del diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 1-21). Este diálogo descubre que Jesús es el enviado de Dios (3, 2), el Hijo del hombre, el Dios humano, que subirá a su Padre a través de la exaltación en su muerte (3, 13-14). Este es el Hijo único, a quien el Padre ha entregado al mundo, por amor, para que todos tengan vida eterna (3, 16-18).
El texto inicia y finaliza con la expresión “Hijo unigénito”. En este se notan tres partes: 1) Dios ha regalado a su Hijo unigénito al mundo por amor, para quien crea tenga vida eterna (v.16). Este versículo constituye el fundamento de los versículos anteriores (vv. 14-15). Su lenguaje está marcado el lenguaje tradicional del “Hijo de Dios”. Tiene como trasfondo bíblico, la generosidad de Abrahán quien entregó a Isaac, su hijo único, y se lo ofreció al Señor (Gn 22, 2.12). Este gesto sirve a la teología joánica para decir que Dios es amor gratuito. Él entrega lo más valioso de sí: su Hijo. Esta entrega es su acto de amor y tiene como finalidad que el ser humano crea, ame y tenga vida.
El amor de Dios consiste en un acto histórico único que se concreta en el don del Hijo único: Jesús. Este don es expresión de la libertad divina. Dios quiere ser captado como aquel que se ofrece con generosidad dando lo más querido, lo más precioso, lo que único que tiene. Al dar a su Hijo, Dios se da a sí mismo. Este don de Dios en la persona de su Hijo designa al conjunto de la vida de Jesús, específicamente, su muerte en Cruz. El don del Hijo consiste en su envío y su punto culminante es la cruz.
Este amor es ilimitado se dirige al mundo entero, es universal en el sentido pleno del término. El amor de Dios es creativo: no se trata de empatía respecto al mundo, sino transformación del mundo en cuanto que pone en cuestión el poder de la muerte y ofrece la vida auténtica. Este actuar divino es tanto más necesario cuanto que todo ser humano sin excepción se halla en la perdición. La única respuesta posible para recibir la vida es la fe, que se concreta en la aceptación del Hijo de Dios, expresión de su amor. La fe consiste, no en aceptación de enseñanza dogmática de terminada o de una visión del mundo, sino en la confesión de la presencia amorosa y creativa de Dios en la persona de Jesús de Nazaret.
2) Dios ha regalado a su Hijo unigénito al mundo, para que este se salve por él (v. 17). Si el v. 16 se había limitado a subrayar el aspecto salvífico, el v. 17 indica su razón de ser. El tema del juicio, ligado tradicionalmente a la representación del Hijo del hombre, es reinterpretado de modo radical. En oposición a la representación tradicional del juicio final, lo que subraya es la preponderancia de la salvación.
Tres observaciones en esta parte: la primera, el don del Hijo es presentado en la categoría del envío. Esto significa que el Hijo dado al mundo es representante de Dios en el mundo; más exactamente, el rostro de Dios para el mundo. En segundo lugar, este envío tiene un alcance escatológico. Las nociones y las representaciones utilizadas en los vv. 16-17 tienen una tonalidad escatológica (“perecer”, “tener la vida eterna”, “salvar”). Señalan que, para Juan, el actuar escatológico de Dios no tiene lugar en un juicio final al fin de los tiempos, sino en la encarnación del Hijo.
Por último, si el v. 16 ya había puesto en evidencia el carácter positivo de la venida del Hijo, el v.17 profundiza en esta dimensión soteriológica. La venida del Hijo no está orientada a la condenación y al castigo sino soteriológicamente. El don de la vida para el mundo entero es más fuerte, más determinante que la amenaza del juicio-condenación.
3) Quien cree en el Hijo unigénito, no es juzgado, no así el que no cree (v. 18). Este versículo profundiza en la preponderancia de la salvación a escala antropológica. Opone dos actitudes en relación con la escatología, la del creyente y la del no creyente, pero poniéndolas en una relación de asimetría. El verbo “juzgar” describe aquí la condenación con ocasión del juicio escatológico. Sin embargo, no se debe pensar en la puesta en escena apocalíptica clásica, ya que esta sanción ocurre en el presente y su autor es el ser humano mismo. Esto es lo que muestra la causal “porque” del v. 18c: al negarse a creer en el Hijo único, el ser humano atrae sobre él el juicio, es decir, permanece encerrado en su perdición. El no creyente, por tanto, no camina hacia el juicio, sino que lo tiene tras él. El creyente, en cambio, queda preservado del juicio, que ya no pertenece a su futuro.
En resumen, el Hijo del hombre es presentado como la expresión histórica única del amor de Dios, que da lo más querido que tiene, su Hijo único, para arrancar al conjunto de los seres humanos de la perdición, o sea, de las tinieblas y de la muerte. Este don se caracteriza por su asimetría: la voluntad de salvación de Dios, manifestada en Jesús, excede claramente su voluntad de juicio. Esta articulación de la problemática del juicio con la venida de Jesús conduce a una reevaluación de la escatología: en el encuentro con el Hijo es donde cada ser humano decide su destino último. Puede acoger la revelación en la fe, y en este caso escapa del juicio-condenación; o bien rechazar la revelación, y en este caso se vuelve artífice de su perdición, ya que se queda encerrado en un mundo en el que Dios no tiene lugar.
Mons. Romero dijo: “Creer es entregarse, creer no es solo asunto de cabeza. Las verdades eternas sí hay que creerlas, pero no basta. Dice Santiago: también el diablo cree que Dios existe y, sin embargo, no se salva nunca. Creer no es solo cosa teórica. Creer es un acto de voluntad. Creer es María cuando le dice al ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Eso es fe: entregarse” .
