
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 5, 1-11
Lucas, al redactar este texto, se inspira en Mc 1, 16-20 y en la tradición recogida por Jn 21, 1-33. Con estas fuentes, él construye un relato para sus comunidades que buscaban reafirmar quién es Jesús y cuál es la misión del discípulo en un contexto helenista. El relato tiene tres partes: la enseñanza de Jesús (vv. 1-3); la orden de Jesús: mar adentro y echar las redes para pescar (vv. 4-7); y, el llamado de Jesús a Simón Pedro (vv. 8-11).
La enseñanza de Jesús. Lucas toma como punto de partida lo relatado, en otro contexto, por Marcos (4, 1). Dos detalles de esta primera parte: a) Jesús cambia de estrategia. Hasta este momento había predicado en las sinagogas, ahora lo hace al aire libre, de modo informal y cercano a la gente; no es extraño que terminen yendo a escucharlo gente que nunca había estado en una sinagoga, como los recaudadores de impuestos y las prostitutas; b) el gran interés de la gente, que se agolpaba en torno a Jesús para escucharlo, no solo para aprovecharse de algún milagro. Esta visión positiva contrasta, en el evangelio, con la de los escribas, fariseos y las autoridades religiosas y políticas.
Al interés de la gente por la enseñanza de Jesús, él responde en dos momentos: en tierra y en la barca. Pero, en lugar de subirse a una barca, sube a la de Simón y le pide que se aleje de la orilla. Con ello destaca la importancia que tiene Simón en la presentación posterior de los otros. Lucas dice que la predicación de Jesús es “palabra de Dios”. Esta expresión es típica de la obra lucana, que aparece cuatro veces en el evangelio y catorce en Hechos[1]. Cuando los apóstoles anuncien “la palabra de Dios” continuarán lo que hizo Jesús. Al mismo tiempo, la frase remonta a Dios el origen del mensaje, igual que hicieron los profetas.
La orden de Jesús. Estos versículos tienen aspectos comunes con lo narrado en Jn 21: a) toda la noche trabajando sin pescar nada; b) orden de Jesús de echar las redes; c) pesca abundante que dificulta el arrastre o requiere ayuda; d) reacción de Simón Pedro, cayendo de rodillas ante Jesús o tirándose al agua para estar junto a él; y, e) el discípulo predilecto dice “Es el Señor”, Pedro deja de llamarlo “jefe” y lo llama “Señor”.
Jesús pidió a Simón, de favor, que se alejase un poco de la barca de la orilla. Ahora le ordena bogar lago adentro y echar las redes. La orden es inhumana y absurda porque Simón ha pasado toda la noche bregando sin pescar nada. Simón obedece bajo el principio de “confiando en tu palabra, “porque tú lo dices”.
Simón da a Jesús un título (épistâta) que solo se encuentra en Lucas[2] y que se considera equivalente al de “rabí” o “maestro”; si se quiere mantener la diferencia habría que traducir “jefe”, que encaja en el contexto popular de Simón y de las comunidades helenísticas de Lucas.
Una pesca abundante no es un milagro. Pero esta pesca, en su contexto, Simón Pedro la considera así. Lo importante aquí es la reacción de caer de rodillas ante Jesús y pedirle que se aleje, porque él es un pecador, mientras Jesús es Señor. Su gesto es incluso mayor que el del publicano en Lc 18, 14. Recuerda también a la reacción de Isaías (Is 6, 5). La misma experiencia de Isaías, únicamente que en ámbitos distintos: el templo de Jerusalén y el lago de Genesaret.
La reacción de Simón se basa en un estupor (thámbos) producido por algo sorprendente, el mismo sentimiento que embargó a la gente con la expulsión del demonio en la sinagoga en Cafarnaúm (4, 36) y que embargará a la gente cuando vean al tullido curado en Hch 3, 10. Este estupor no solo afecta a Simón, sino a sus acompañantes, entre ellos Santiago y Juan. Extraño que Lucas no nombre en este momento a Andrés, el hermano de Simón; aparecerá en la lista de los Doce (Lc 6, 14), pero nunca en su evangelio.
El llamado de Jesús a Simón Pedro. Jesús se dirige en exclusiva a Simón: “No temas. A partir de ahora serás pescador de hombres”. No dice nada a Santiago y Juan, pero los tres lo siguen después de subir las barcas a tierra y dejarlo todo, comenzando por esa pesca abundante que tanto esfuerzo ha costado.
Resumiendo, cuatro aspectos se pueden reafirmar. Primero, Lucas concede al relato un tinte pascual (Jn 20, 1-14) y comunitario. La experiencia del encuentro con el Resucitado (vocación) y el seguimiento de Jesús están relacionados dialécticamente, de modo que una no se entiende sin el otro y este lleva a aquella. Este mismo encuentro lleva a la constitución del grupo de discípulos con una misma misión: la de Jesús.
Segundo, Lucas subraya la relación de Simón Pedro con Jesús. El cambio de nombre para dirigirse a Jesús (5, 5 “Maestro”, y, 5, 8 “Señor”) y el cambio de nombre de “Simón” (5, 3. 4. 5. 10 [dos veces]) a “Simón Pedro” (5, 8) cuando adora a Jesús. Seguidamente, se produce una transformación de la propia valoración de Pedro, que en principio es negativa (“apártate de mí, que soy pecador”: 5, 8) y Jesús le corrige (“eres pescador de hombres vivos”: 5, 10). Esta es la clave del proceso de conversión que Lucas va a sostener a lo largo de su relato[3].
Tercero, el protagonismo de Simón Pedro es un modelo para los seguidores. Efectivamente, Pedro es un paradigma. Es el tipo y guía de todos los seguidores que pueden ver en él su propia vocación (observar el contraste cambio del singular, 5, 4. 5. 8. 10, al plural, 5, 4. 7. 10. 11, para subrayar que Pedro son todos los creyentes): “rema mar adentro” (5, 4).
Y, cuarto. Lucas indica que Jesús enseña la “Palabra de Dios” (5, 1). Este es el objetivo último del seguimiento del Maestro: ser pescador de hombres significa reproducir la misión de Jesús establecida desde el inicio del texto: “la gente se agolpaba a su alrededor para oír la Palabra de Dios” (5, 1). La vida de Jesús y la continuidad de sus discípulos mantienen vivas la Palabra y la promesa de Dios.
Mons. Romero dijo: “Dios nos llama a construir con Él nuestra historia”[4].

[1] Cfr. Lc 8, 21; 11, 28; Hch 4, 31; 6, 2; 8, 14; 11, 1; 13, 46; 18, 11
[2] Cfr. Lc 5, 5; 8, 24.25; 9, 33.49; 17, 13).
[3] Ver. Lc5, 32; 10, 13; 11, 32; 13, 3. 5; 15, 7. 10.
[4] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 10 de febrero de 1980, tomo VI, San Salvador 2009. 247.
