«La Sagrada Familia llegando al templo»

Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 2, 22-40.
El texto puede dividirse así. Los vv. 22-24 describen la purificación y la presentación al Señor. El texto habla de la purificación de ellos, algo bastante extraño, porque la única que debía purificarse era la madre (Lv 12, 3-8). Lucas, consciente, omite la referencia al cordero del que habla la ley y presenta directamente las tórtolas o pichones.
Lucas consecuentemente habla de la purificación de los dos, puesto que de la legislación del Levítico se puede deducir la impureza de ambos. El recién nacido tenía impureza, por estar en contacto con la madre impura. Lucas conoce las creencias y prácticas sobre la pureza de los judíos contemporáneos.
La ley no ordenaba llevar al niño a Jerusalén; solo mandaba presentarlo al sacerdote. Para Lucas, ya que estaban al 9 km de la capital, considera más solemne llevarlos allí. En cualquier caso, no se detiene en contar la ceremonia. Lo que le interesa es presentar a Simeón, quien hablará sobre Jesús.
Los vv. 25-35 presentan el encuentro de Simeón con el niño y sus padres. Lucas presenta el protagonista con cuatro rasgos: a) “Justo” no es frecuente fuera de la literatura sapiencial; se dice de Noé (Gn 6, 9), Lucas lo ha dicho de Zacarías e Isabel, también lo dirá del centurión pagano Cornelio (Hch 10, 22); en la mayoría de los casos es un título reservado solo a Dios. Decir que Simón era justo supone un gran elogio lucano.
b) “Piadoso” es un adjetivo típico de Lucas, él es el único autor del NT que lo emplea (Hch 2, 5; 8, 2; 22, 12), para referirse a personas, en su mayoría, provenientes del helenismo y que tenían una ética coherente.
c) “Esperaba el consuelo de Israel” recuerda lo que se dirá de José de Arimatea: “esperaba el reinado de Dios” (Lc 23, 50), pero con referencia explícita al “consuelen, consuelen a mi pueblo” de Is 40, 1.
d) Y, “se guiaba por el espíritu santo”; se puede traducir “estaba inspirado por Dios”, con el mismo sentido que tiene espíritu santo en Lc 1, 15. 41. 67, y de acuerdo con el griego del NT: “Espíritu santo” sin artículo denomina “una inspiración divina”.
La comunicación de que no moriría sin haber visto al Mesías es única. Como si Simeón, siendo judío, rezaba los salmos en que el Señor prometía a Israel felicidad a quienes vieran al Mesías.
Lo más importante es lo que Simeón dice cuando tiene al niño en sus brazos. Sus palabras unen lo personal, lo universal y lo nacional. Lo personal, porque Jesús ha dado plena realización a su vida y no necesita seguir viviendo. Lo universal, porque ese niño es una salvación preparada ante todos los pueblos, una luz para los paganos, recogiendo la misión encomendada por Dios al Siervo de Yahvé: “te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confían de la tierra” (Is 49, 6). Lo nacional, porque esa salvación significará la gloria de Israel.
Simeón llama al niño “salvación” (sotérión). Una salvación distinta de la que soñaba Zacarías, porque no se limita a liberar de los enemigos; se extiende al mundo entero con una función positiva. Este término, que Lucas solo usa tres veces, es el que cierra el libro de los Hechos (Hch 28, 28). La obra lucana comienza con la promesa de Simeón, que en el niño hay salvación, y termina con su cumplimiento.
Las palabras de Simeón provocaron la admiración de su padre y de su madre y el desconcierto del lector. ¿De qué se extrañan? Después de lo que le dijo Gabriel a María y de lo contado por los pastores, cualquier cosa puede esperarse del niño. En este contraste se demuestra que Lucas respetó las tradiciones, en concreto, esta que ignora la anunciación y la concepción virginal. José y María son un matrimonio que han tenido un hijo; no pueden imaginar que sea tan importante.
Simeón continúa hablando y añade algo que se han callado los protagonistas anteriores. Y lo dice a María, utilizando la imagen de Dios como “piedra para tropezar y roca para despeñarse para las dos Casas de Israel” (Is 8, 14). La función de su hijo no será solo negativa: unos tropezarán y se despeñarán, otros remontarán el vuelo. Simeón insiste y dice a su madre: su hijo no será aceptado por todos, será una bandera discutida, encontrará aplausos y críticas, bendiciones y maldiciones. Y esto afectará a ella personalmente: una espada te atravesará el alma. El primero en hacerle esto será el mismo Jesús cuando se quede en Jerusalén a los doce años sin avisarlo. Luego vendrán otras espadas cuando escuche que su hijo está loco, que es un comilón y un borracho, amigo de prostitutas y recaudadores de impuestos blasfemo, hasta que terminen de crucificándolo.
A tales palabras, José y María reaccionaron con asombro. Lucas no dice cuál fue la reacción de María, ni siquiera que guardó aquellas palabras, revolviéndolas en su corazón.
Los vv. 36-38 describen inesperadamente la aparición de una anciana. Lucas ofrece sobre Ana más datos incluso que sobre Simeón: indica el nombre de su padre, la tribu, la duración de su matrimonio, sus ochenta y cuatro años, y, concreta su piedad: templo, oración y ayuno. Lo curioso es que esta anciana tiene una gran preocupación política, al igual que Zacarías, ella habla del niño a cuantos aguardaban “el rescate de Jerusalén”. Jesús tendrá que corregir estos nacionalismos, y quizá, Lucas respetó el de Ana, debido a su edad avanzada.
El v. 39 refiere al cumplimiento de la Ley mosaica, una forma de subrayar la piedad de José y de María, que demuestran su apego estricto a Dt 5, 1. Al cabo de cuarenta días, la familia vuelve a Nazaret. Este dato contrasta con el de Mateo, quien afirma que la familia es de Belén y permaneció allí más tiempo.
Por último, el v. 40 presenta el crecimiento de Jesús. Estas palabras tienen similitud con Lc 1, 80, y con 1Sam 2, 26; 3, 19. Lucas emplea este trasfondo para resumir el crecimiento de Jesús. Este paralelismo con Samuel será muy importante para comprender el episodio siguiente (Lc 2, 41-42). La luz y la salvación que porta el niño conducen a María su madre.
