Segundo domingo de Cuaresma

«La Transfiguracion» Lc 9, 28b-36

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de

El texto está inserto en la sección de Lc 8, 22 – 9, 50. En esta unidad los principales protagonistas son los discípulos, en especial los “doce”, a quienes Jesús envía (9, 1-6), los instruye sobre su viaje a Jerusalén (9, 31) y las implicaciones del seguimiento a él (9, 21-27. 43b-48. 49-50). El relato conecta con la confesión de fe de Pedro (Lc 9, 20), con el anuncio de la pasión (Lc 9, 22), y con la llamada a tomar la cruz (Lc 9, 23).

Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Ya ha avisado que quienes quieran seguirlo deberán negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: “Les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reinado de Dios”.

El relato contiene cinco partes: a) introducción al marco narrativo (v.28); b) el primer signo (vv.29-31); c) la reacción de Pedro (vv.32-33); d) el segundo signo y la voz (vv.34-35); y, e) conclusión al marco narrativo (v.36).

Literariamente hablando, el texto es una manifestación de Dios, similar a las del Antiguo Testamento. Algunos aspectos de esta teofanía son: Dios se manifiesta en un sitio especial, en el que no tiene acceso cualquiera (Ex 19-24); la presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa (Ex 19, 9); y, también es frecuente que se mencione el fuego, el humo y el temblor en la montaña, símbolos de gloria y poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos en el texto no pretenden ofrecer un informe objetivo, histórico, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testamento.

La introducción pone en escena el tiempo, el lugar, y, los personajes (v.28). Los verbos importantes, en esta parte, son: tomar consigo; subir al monte; y, orar. El sujeto de estos verbos es Jesús. Él es el sujeto principal que toma la iniciativa con sus discípulos.

Él eligió solo a tres discípulos. Este dato no puede ser interpretado como un privilegio de Pedro, Santiago y Juan; la idea principal es que va a ocurrir algo tan grande que no puede ser presenciado por todos. Lucas introduce un cambio con relación a Marcos y Mateo: “subió a un monte a orar”. Al texto le interesa dejar constancia que Jesús ora en todas las ocasiones trascendentales de su vida.

El v. 29 afirma que mientras Jesús estaba orando, cambió su rostro y la blancura de sus vestidos se hizo fulgurante. Lucas destaca que el cambio se produce mientras Jesús oraba, y distinto a Marcos (Mc 9, 3) se centra en cambio de su rostro. Lucas invita a contemplar el rostro de Jesús, no sus vestidos. Ello es un anticipo de lo sucederá en Emaús (Lc 24).

El cambio del rostro de Jesús posibilita la conversación de Jesús con Moisés y Elías (v.30). Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo. Según tradición israelita del AT, sin Moisés no habrían existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva la religión israelita de la gran crisis en el siglo IX a. C., cuando estaba a punto de sucumbir ante el influjo de la religión cananea. La aparición de ambos en la teofanía garantiza que Jesús no es un hereje ni un loco. Se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

La conversación trata sobre la partida de Jesús a Jerusalén, el lugar de su entrega en la cruz: su crucifixión-resurrección (v. 31). Si Moisés y Elías conversan con Jesús sobre este tema indica por un lado la solidaridad de la Ley (Moisés) y de los profetas (Elías) con el anuncio de su muerte. Igualmente, la muerte de Jesús será a causa de su fidelidad a las Escrituras.

La reacción de Pedro, representante de los acompañantes de Jesús, describe por una parte el estado somnoliento de él y sus compañeros y por otra la fascinación momentánea ante la teofanía (vv. 32-33). La fascinación se expresa en las palabras de Pedro: “haremos tres chozas…”. La simetría entre los tres personajes (Jesús, Moisés y Elías) y ellos (Pedro, Santiago y Juan) constituye la llamada del discípulo a participar en la gloria de Dios, que en el texto es ir a Jerusalén tras la cruz. Ello es poner en práctica las Escritures.

El v. 34 describe el signo representado en la nube que los cubrió con su sombra (v.34). Este signo tiene hondo sentido en el AT; ello indica que la vida de Jesús y la del discípulo deben estar guiadas por la presencia de Dios en la Escritura. Esta nube contiene a Dios y Él afirma la identidad de Jesús: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenle” (v.35). Las palabras que salen de la nube recuerdan las del bautismo (Lc 3, 22). La novedad de dicha afirmación es que estas no se dirigen a Jesús sino a los discípulos y añade, siguiendo a Marcos, el imperativo “escúchenle”. Esta orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, su propio destino (Lc 9, 23-27).

La teofanía que los discípulos han vivido con Jesús contiene una enseñanza creciente: al ver transformado su rostro y sus vestidos tienen la experiencia de que su destino final no es un fracaso, sino la gloria; la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia de Israel y de la revelación de Dios; y, la voz del cielo les enseña que seguir a Jesús no es una locura, sino la experiencia más gratificante de Dios: escúchenle.

La conclusión retoma la introducción y evidencia que lo sucedido no es un sueño, sino una realidad (v.36). Lucas apartándose levemente de su fuente (Mc 9, 9-13) omite la orden y la pregunta, y, en su lugar habla de su cumplimiento: “Ellos guardaron silencio y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto”. Los discípulos caen en la cuenta de que Jesús está cara a cara con ellos. Asimismo, el cumplimento de guardar silencio, en su contexto, evidencia la situación social en la que está la comunidad lucana. Esta debe callar, debido a lo peligroso que era hablar de Jesús crucificado. Sin embargo, escúchenle.

Monseñor Romero dijo: “La situación de nuestro país, pues, es muy difícil; pero la figura de Cristo transfigurado, en plena Cuaresma, nos está señalando el camino que debemos de seguir. El camino de la transformación de nuestro pueblo… es el camino que nos señala la palabra de Dios este día: camino de cruz, de sacrificio, de sangre y de dolor; pero con la vista, llena de esperanza, puesta en la gloria de Cristo[1].

Manuel de J. Acosta


[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 02 de marzo de 1980, tomo VI, San Salvador 2008, 362.

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