Tercer Domingo del Tiempo de Cuaresma

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 13, 1-9
Los tres domingos últimos de cuaresma, en el ciclo “C”, presentan tres escenarios en torno al Dios misericordioso y a la conversión del ser humano a esta compasión. Lc 13, 1-9: el llamado a la conversión. Lc 15, 11-32: el Padre misericordioso (cuarto domingo). Y, Jn 8, 1-11: Jesús y la mujer condenada a ser apedreada por adulterio (quinto domingo).
La sección anterior al texto de este domingo (Lc 12, 54-59) finalizó exhortando a saber interpretar el momento presente y sacar las debidas consecuencias. El texto de Lc 13, 1-9 desarrolla esta afirmación: Todo lo que sucede en la realidad debe interpretarse como una llamada a la conversión y como una oportunidad para dar frutos de conversión.
El texto de Lc 13, 1-9 presenta el llamado a la conversión en dos momentos: a) El primer momento es Lc 13, 1-5. Este narra dos catástrofes de la historia de Israel que sirven como punto de partida para insistir en la llamada: “y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo” (vv. 3.5). Estas catástrofes son el asesinato de los galileos a mano de Pilato y los dieciocho que mató la torre de Siloé al desplomarse. De estas noticias no se tienen información, ni se sabe si ocurrieron o Lucas se está refiriendo a otros hechos violentos. Pero, también es cierto que Pilato era capaz de eso y de mucho más.
En el caso que sea, los informantes esperan que Jesús, galileo, arremeta contra el prefecto romano. Sin embargo, su respuesta se orienta en otra dirección. Jesús partió de la idea muy difundida en su época, de que cualquier desgracia era provocada por un pecado cometido: doctrina de retribución.
En los dos casos propuestos por los que los informantes, la respuesta de Jesús es muy distinta. Esta se puede formular así. En el caso de los galileos: pecaron esos galileos, los demás galileos pecaron y ustedes han pecado. Y, en el caso de los dieciocho aplastados por la torre de Siloé: pecaron ellos, pecaron los demás habitantes de Jerusalén, han pecado ustedes. El ataque no se dirige contra Pilato sino contra los presentes, amenazándolos con acabar igual que los galileos muertos y los dieciocho aplastados por la torre de Siloé.
La conclusión es clara: el pecado acarrea la desgracia, y si no se arrepienten acabarán del mismo modo. Si no se cambia de rumbo y dicho horizonte sea en el proyecto de Dios, todos moriremos.
Jesús, en Lc 5, 32, dijo que no había venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepintieran. Él está fiel a este principio, solo que, con un tono más duro, porque los que acuden a él no lo hacen de buena voluntad sino provocándolo. La exhortación de Jesús al arrepentimiento es similar a la denuncia que hizo a Corozaín y Betsaida (Lc 10, 13) y a la predicación de Juan Bautista, quien proclamaba un “bautismo de arrepentimiento” (Lc 3,3) e invitó a “dar frutos de arrepentimiento” (Lc 3, 8). De estos frutos habla metáfora de la higuera.
b) Y, el segundo momento es Lc 13, 6-9. Este describe la parábola de la higuera estéril. El comienzo recuerda a Is 5, 1-7 (“mi amigo tenía una viña…”). Si la viña de Isaías daba uvas
amargas, esta higuera no da nada. Y ha tenido tiempo de sobra. El propietario lleva tres años yendo a buscar fruta en la higuera y no ha encontrado. Su decisión de cortarla es comprensible, ya que la higuera absorbe mucho alimento, quita sustancias nutritivas a otras plantas.
El hortelano propone algo desconocido en el Antiguo Testamento: cavar alrededor de la higuera y abonarla. No está plenamente convencido de tener éxito, pero vale la pena intentarlo. El propietario no responde, aunque su silencio supone que acepta la propuesta.
La parábola procuraba, en su contexto, que quien la escuchara o la leyera, hiciera un examen de conciencia y tomar decisiones encaminadas a dar frutos. A esta misma conclusión debe llegar el lector actual de Lucas, pero su atención se fijaría más en la figura inesperada del hortelano. El propietario, como en Is 5, 1-78, es Dios. El hortelano que intercede por la higuera no puede ser más que Jesús. Lucas introduce una ironía en el conjunto del texto. El mismo Jesús que amenazó de muerte al que no se arrepienta, pide una prórroga para el árbol improductivo. El Jesús lucano se coloca en la línea del profeta Ezequiel: Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18, 23).
El texto, en su conjunto, desarrolla la importancia de valorar el tiempo de la paciencia de Dios para que dar frutos. Un tiempo que es muy grande, pero no ilimitado, puesto que en cualquier momento se deberá dar cuentas ante la historia (Lc 13, 1-5). La misericordia de Dios es infinita, pero el tiempo que cada uno tiene para dar frutos es limitado. El texto no le está poniendo límite a la paciencia de Dios, sino al tiempo histórico que cada uno tiene para dar frutos de conversión.
Dos precisiones se deben hacer a la primera sección del relato (13, 1-5): una que las injusticias sociales son responsabilidad de todos, cada uno en su ambiente las reproduce. Estas son visos del pecado social que está en el corazón de todos, que debe ser cambiado.
Y, la otra, que estas injusticias sociales no están asociadas a un castigo de Dios por un pecado (Jb 4, 7; 8, 20; 22, 4-5; Jn 9, 1-2), sino que son la suma de todas las injusticias que se viven individualmente, cuyo asidero está en el corazón humano. Dios quiere que los habitantes abandonemos la injusticia sea cual sea, nos convirtamos a la misericordia de Dios, Él está esperando que demos frutos de conversión. Él nos hace paciencia.
Mons. Romero dijo: “según el plan de Dios, convertirse es el requisito necesario para la verdadera liberación1…conversión es caminar con Jesús en ese misterioso viaje hacia la voluntad de Dios, hacia las promesas de Dios, sin dejarse seducir ni por los triunfalismos ni por las intrigas de la misma religión ni de la política ni de las cosas de la tierra, sino desentenderse, puro y limpio, con Cristo para merecer esas promesas del Señor”2…¿Qué significa hoy, para El Salvador, convertirse al Señor?”3.
Manuel de J. Acosta
1 Cfr. Mons. Óscar Romero. Homilías, 09 de marzo de 1980, tomo VI, San Salvador 2008, 365.

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