Cuarto Domingo del Tiempo de Cuaresma «Domingo Laetare»- El hijo Prodigo

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 15, 1-3. 11-32
El capítulo quince del evangelio lucano gira en torno a tres elementos: a) la acusación que los fariseos y escribas hacen a Jesús: “éste acoge a los pecadores y come con ellos” (vv.23); b) las imágenes de Dios expuestas en tres parábolas que tienen una misma clave: la búsqueda de lo perdido y la alegría compartida cuando se encuentra1; y, c) un dicho de Jesús sobre la alegría con la que culmina las dos primeras parábolas2 (vv.7.10), pero que en la tercera equivale a la alegría del padre manifestada en los vv. 20-24 y 32.

La introducción (vv. 1-3) contrapone dos grupos distintos: el primero está integrado por recaudadores de impuestos y pecadores; el segundo, por fariseos y escribas. Los teólogos de la época eran los escribas y los seglares piadosos eran los fariseos. Ambos eran partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Dentro de los malos, los peores eran los publicanos, explotadores al servicio del imperio, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, entre otros.

Estos atacan a Jesús acusándole que “ese acoge a los pecadores y come con ellos” (v.2). Él responde a esta crítica contando tres parábolas sobre la alegría de haber encontrado algo que se consideraba perdido. Los amigos y vecinos, las amigas y vecinas, son invitados a alegrarse; el hermano mayor también. A través de los personajes se invita a los escribas y fariseos a alegrarse con los publicanos y pecadores interesados en escuchar a Jesús
La parábola, propia de Lucas, tiene como punto de partida: “Un hombre tenía dos hijos” (v.11). Consiguientemente, titularla “el hijo pródigo”, “el hijo perdido”, en honor al texto es un error; olvida al otro hijo. Mucho menos es válida “los dos hermanos” porque no hace referencia expresa al padre, que es el personaje principal. ¿Y la madre? Para los lectores actuales, según su experiencia humana, sería importante hablar de ella; pero la parábola da por supuesto que el padre es Dios, y Yahvé no tienen esposa.

El hijo menor (vv. 12-19). El hijo menor pide la parte de su herencia. El padre sin objetar reparte el patrimonio y le da lo que le corresponde. La mentalidad actual diría que se trata de la mitad de los bienes. Pero al hijo menor solo le corresponde la tercera parte, como pedía la ley (Dt 21, 12). El texto dice que convirtió en dinero lo que le tocaba. Es decir, liquidó. Y con este capital se marchó a un país lejano (v.13). El texto no dice hacia dónde se fue, pero Lc 19, 12 usa la misma expresión para decir que se fue a Roma.
Lo fundamental es que el hijo menor despilfarró el dinero desenfrenadamente. Tras este despilfarro vino hambruna y fue enviado a apacentar cerdos. El contraste es hiriente: un joven judío y, de buena familia, obligado a ser porquerizo. A un judío le estaba prohibido
1 Las tres parábolas son: uno que tiene cien ovejas y se le pierde una (vv. 4-7); una mujer que tiene diez
dracmas y se le pierde una (vv. 8-10); y el de un hombre que tenía dos hijos (vv. 11-32). 2 “De igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (vv. 7. 10).
1cuidar cerdos, como comer el alimento de los cerdos (algarrobas). Y el hambre le hizo recapacitar, le sugiere volver a la casa del padre. Su decisión y sus palabras de reconocimiento sobre su pecado se prestan a interpretaciones distintas. Una es el aspecto interesado y no se ve en ellas una conversión sincera. Otra da más importancia a las palabras, y las considera un verdadero reconocimiento de culpa y una profunda humildad. Él no sabe cómo reaccionará su padre.
El padre y el hijo menor (vv. 20-24). El viaje del hijo menor se cuenta rápido, lo hace en dos verbos: se levantó, vino. En cambio, el texto necesita cinco verbos para describir lo que hace el padre: desde lejos lo ve, se compadece, corre, lo abraza, lo besa. El padre actúa muy distinto a lo establecido en los códigos de conducta. Su amor es admirable y espontáneo. La idea de haber sido ofendido y de exigir un mínimo de satisfacción no es tenida en cuenta. Por eso, cuando el hijo quiere decirle las palabras preparadas, ni siquiera le responde. Se dirige a los criados y con lujo de detalles les indica lo que deben hacer con su hijo. Pide lo mejor para su hijo. El muchacho le ha dicho: “no merezco llamar hijo tuyo”; él dice a sus criados: “este hijo mío…”. Todo el despilfarro obrado por su hijo no ha borrado su amor de padre. Y comenzó el banquete. Sin esperar al hijo mayor.
El hijo mayor y el padre (vv. 25-32). El texto narra con detalles la llegada del hijo mayor. Este estaba en el campo, se acerca a la casa, oye música y danza; nadie lo espera ni le informa de lo que ocurre, debe preguntar a un criado. Cuando se entera del motivo se irritó y no quiso entrar. El padre sale a consolarlo y a suplicarle, pero no lo consiguió. Las palabras del hijo mayor son duras contra su padre. No presume solo de su buena conducta, denuncia la mala conducta de su padre, su injusticia e ingratitud.
El padre comenzó con un “hijo”, una palabra que implica cariño y reclamo. Luego se movió en categorías distintas. El hijo habló de trabajo y obediencia. Pera él, lo importante es el contacto diario, la cercanía: “tú siempre estás conmigo; tu hermano estaba lejos, perdido, como muerto. Para resolver el problema es preciso rehacer la fraternidad. Que el mayor vea al menor no despectivamente, como “ese hijo tuyo” sino cariñosamente, como “mi hermano”. Y esto solo se puede expresar mediante la alegría y la fiesta.

El tema de la alegría relaciona esta parábola con las dos anteriores (la oveja y dracma perdidas), donde los protagonistas invitan a sus amigos y vecinos a alegrarse. Y representa la antítesis de la murmuración y la crítica que mostraron los escribas y fariseos al ver comiendo a Jesús con publicanos y pecadores (vv. 1-3). Estos, como el hermano mayor, al que se parecen por su servicio a Dios y su obediencia, no deben ver a aquellos como seres despreciables sino como sus hermanos.
El padre de la parábola tiene dos hijos distintos. Él no dice quién es mejor y quién peor. Ellos solo son sus hijos. Y ellos deben verse como hermanos. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado por que se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.
La parábola llama a los oyentes a asemejar su comportamiento al del padre de la compasión ilimitada y a distanciarse del comportamiento de los dos hermanos. El modelo es el padre.

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