
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Lc 18, 9-14
El texto de Lc 18, 9-14 está vinculado al pasaje del domingo anterior. La parábola del juez y de la viuda (18, 1-8) enfatizaba que Dios “hará justicia” (18, 7. 8). El relato actual es la comparación de dos hombres que subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano (v.10). El tema de la necesidad de orar lo aprovecha para introducir dos formas muy distintas de oración.
La división del texto puede ser de la siguiente manera: 1) Introducción que describe la situación de la comunidad (v. 9). La dificultad histórica que la comunidad vive es, que, en su interior, “algunos se tenían por justos y despreciaban a los demás”. La parábola se dirige, no a los adversarios de Jesús, sino a los que se consideran justos y desprecian a los demás. A cualquiera de nosotros, oyentes actuales.
2) La parábola de dos hombres que subieron al templo a orar: uno fariseo, otro publicano (vv. 10-13), dos personajes antagónicos que en aquel tiempo representaban posturas extremas en torno al conocimiento y cumplimiento de la Ley. La relaciones de Jesús con estos personajes son muy distintas. En este caso, la crítica del fariseo alcanza proporciones de ridiculez.
El orgullo del fariseo, puesto que oraba erguido. ¿Es condenable todo lo que dice o solo una parte? Lo que hace el fariseo es una confesión de inocencia. En el AT hay textos similares como Sal 7, 4-6; 26 4-5 y Job 29, 12-17, que describen una confesión positiva, una profesión de bondad, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Sin embargo, en el caso de la confesión del fariseo, sus palabras finales indican que lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Solo él es bueno, y piensa que Dios está por completo de su parte (vv. 11-12).
La humildad del publicano. En el extremo opuesto, la actitud del publicano. Él no hace una profesión de bondad, no enumera sus buenas acciones, que habría hecho en su vida, tampoco las malas obras que pudo haber cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos, se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
En el AT hay dos casos de confesión de la culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio de Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo” no necesita que un profeta le abra los ojos, él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.
La parábola contrapone dos formas de oración y de actitud ante Dios. El fariseo y el publicano se diferencian por el lugar en el que se sitúan y la postura corporal que adoptan: uno “de pie, erguido, oraba en su interior” (v. 11) y el otro “manteniéndose a distancia, no se atrevió a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho” (v. 13). También estos personajes se distancian en la oración que hacen. El primero presenta ante Dios sus propios méritos y le da gracias por ellos. El segundo se reconoce indigno y se confía a la misericordia de Dios. Este tema es esencial en el evangelio de Lucas, pero la actitud ante tan inmensa misericordia constituye la preocupación del texto.
3) Jesús explica la parábola y hace ver un tercer personaje: Dios, ¿un juez parcial e injusto? (v.14). Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: “Este bajó a su casa justificado, y el otro no”. Conviene evitar un posible error de interpretación y traducir: “este bajo a su casa más justificado que el otro”; el fariseo no bajo justificado. ¿Debemos decir, en contra del antiguo Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, que debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios? Habrá que reconocer que esta imagen de Dios (parcial e injusto) polemiza con la imagen misericordiosa de Dios, que hace llover sobre malos y buenos.
Él (Dios) no hace preferencia de personas. Pero existe una dificultad que es de los dos personajes que se dirigen a Él. Esta es la actitud personal, el fariseo se consideraba ya justificado y el publicano “no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo…” (v.13). Ser justificado por Dios es gracia inmerecida. La misericordia de Dios es inesperada e infinita. La actitud humana ante tal misericordia y la imagen que se tiene de Dios es la que habrá que revisar; “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (v.14).
Papa Francisco afirmó: “Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación”[1].
“La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona”[2].
[1] Cfr. Papa Francisco. “Misericordiae Vultus, 20”.
[2] Ibid. 12.
