Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Jn 6, 37-40

El texto forma parte del tercer diálogo de Jesús con la muchedumbre, durante el discurso de Jesús en Cafarnaúm (Jn 6, 22-59). Y corresponde al primer y segundo comentario sobre la declaración de Jesús en Jn 6, 35: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

El v. 37 pone frente a frente la respuesta humana. Solo el que ve en el signo de los panes la referencia directa a Jesús, “cree”. Sin embrago este creer, entendido como un “venir a Jesús”, no depende de la iniciativa humana. Es fruto de una doble promesa. En primer lugar, debe captarse como un don de Dios que se caracteriza por su naturaleza extensiva. Fe y elección van ligadas. Además, hay que añadir que la elección no es discriminatoria, sino global. La elección es lo que permite ir a Jesús, o sea, creer en él. En segundo lugar, esta intención, que da preferencia al “todo”, Jesús no la invalida, sino que la confirma. El que va a Jesús no está amenazado de exclusión. Jesús no interviene para excluir, sino para poner en práctica la gracia divina.

El v. 38 aporta el motivo de esta actitud de Jesús. Prosigue la tarea explicativa. Se precisa el sentido de la “bajada del cielo”, es decir, de la encarnación. La identificación del “pan de Dios que baja del cielo” con la persona de Jesús se reafirma de manera explícita, pero desde una perspectiva teocéntrica. Jesús “no ha bajado del cielo” para cumplir su propio proyecto, sino el proyecto “de aquel que lo ha enviado”. El hecho de que el lenguaje de la bajada (katábasis) de Jesús esté ligado a la terminología del envío implica que la “bajada” de Jesús no tiene otra finalidad que representar la realidad de Dios entre los seres humanos. Como “pan de vida”, Jesús inscribe la voluntad de Dios y su actuar en el seno del mundo.

Los vv. 39-40 constituyen un segundo comentario, que da contenido a la noción de “voluntad de Dios” que ocupa el centro del v. 38. La intención continúa siendo estrictamente teocéntrica. La voluntad de Dios con respecto a Jesús (v. 39) es que, en el cumplimiento de su misión de enviado, no pierda nada de “todo” lo que se le ha confiado. El acento es el mismo que en el v. 37: lo que debe determinar su acción es la preponderancia de la salvación. La “vida” de la que es portador no debe ceder paso a la muerte. La formulación “sino que yo lo resucitaré en el último día” no es un añadido secundario, sino que pone de relieve que esta protección contra la perdición escatológica se concreta en el hecho de que la relación de Jesús con los suyos perdura hasta el último momento y a través de él.

El v. 40 contempla la voluntad de Dios con relación al creyente. Explicita a nivel soteriológico la afirmación cristológica del v. 39. Simétrico al v. 36, da la vuelta a la frase: la voluntad de Dios es que “todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna”. Se reafirma la asimetría de la salvación, así como el carácter universal de su ofrecimiento. El binomio “ver-creer” es provisto de un objeto. En la persona de Jesús, se trata de ver al Hijo, y el creer es un creer “en él”. La cristología del Hijo se une a la del enviado. El objetivo de la fe cristológica es el acceso a la vida en plenitud. La repetición de la cláusula escatológica tiene el mismo papel argumentativo que el v. 39. Esta vida recibida aquí y ahora en la fe es indisociable de un futuro escatológico que se concreta en la resurrección del último día.

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