P. Jorge Fuentes
Hoy es Domingo de Resurrección, el domingo por antonomasia del año litúrgico de la Iglesia. Este es el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal, como decimos en la plegaria eucarística. Desde la noche de ayer, hemos cantado jubilosos en el pregón pascual que “Cristo ha vencido la muerte y del infierno retorna victorioso”.
Pero, como sabemos, el misterio pascual de Cristo es una sola realidad. Hemos llegado a la Pascua tras haber seguido a Jesús en sus últimos días de vida en este mundo. El domingo pasado hemos agitado con alegría nuestros ramos para aclamar su entrada triunfal a Jerusalén. Lo hemos seguido en sus últimos tres días: nos acogió en el cenáculo con un deseo intenso de amistad, hasta el punto de llegar a agacharse para lavar los pies a sus discípulos y donarse como pan “partido” y sangre “derramada”. Después quiso que estuviéramos con él en el Huerto de los Olivos mientras la tristeza y la angustia oprimían su corazón hasta el punto de sudar sangre. Un día después lo encontramos en la cruz, desnudo y solo, los guardias le habían despojado de su túnica; en verdad, él mismo se había despojado de la vida. Verdaderamente se ha dado a sí mismo por completo para nuestra salvación. El sábado ha sido triste, un día vacío también para nosotros. Jesús estaba detrás de una pesada roca y, sin embargo, aunque sin vida, siguió dándola “descendiendo hasta los infiernos”, es decir, hasta el punto más bajo posible. Quiso llevar hasta el límite extremo su solidaridad con los hombres.
El Evangelio de la Pascua parte justamente de este límite, de la noche oscura. En efecto, nos dice el evangelista san Juan que “todavía estaba oscuro” cuando María Magdalena fue al sepulcro. Estaba oscuro fuera, pero sobre todo dentro del corazón de aquella mujer; la oscuridad por la pérdida del único que la había entendido: no solo le había dicho qué tenía en el corazón, sino que sobre todo la había liberado de lo que más la oprimía (por san Marcos sabemos que Jesús la había liberada de siete demonios). Con el corazón triste va al sepulcro. Apenas llega, ve que la piedra de la entrada, una losa pesada como toda muerte y toda separación, ha sido apartada. Ni siquiera entra; corre de inmediato hacia Pedro y Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor”, grita jadeante. Piensa quizá que ni muerto lo quieren, y añade con tristeza: “No sabemos dónde lo han puesto”. La tristeza de María por la pérdida del Señor, aunque sea solo de su cuerpo muerto, es una bofetada a nuestra frialdad y a nuestro olvido de Jesús, incluso vivo. Hoy esta mujer es un ejemplo para todos los creyentes. Solo con sus sentimientos en el corazón podremos encontrar al Señor resucitado.
Es María Magdalena y su desesperación las que hacen moverse a Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba. “Corren” de inmediato hacia el sepulcro vacío. Llegó a la tumba en primer lugar el discípulo del amor: el amor hace correr más rápido. Pero también el paso más lento de Pedro lo llevó hasta las puertas de la tumba; y ambos entraron. Pedro entró primero y observó un orden perfecto: las vendas estaban en su sitio como si se hubiera sacado de ellas el cuerpo de Jesús, y el sudario estaba “plegado en un lugar aparte”. No se percibía señal alguna de manipulación ni robo: era como si Jesús se hubiera liberado solo. No tuvo que deshacer las vendas, como hizo con Lázaro. También el otro discípulo entró y “vio” la misma escena: “vio y creyó”, porque hasta entonces, prosigue el evangelista, no habían comprendido que según las Escrituras Jesús debía resucitar de entre los muertos. Pedro y Juan vieron los signos de la resurrección y se dejaron tocar el corazón.
La resurrección del Señor es hecho incontestable para los creyentes. Son tres las pruebas que demuestran la historicidad de este acontecimiento: el sepulcro vacío, las apariciones del Señor resucitado y el cambio radical que se produce en los discípulos cuando constatan de manera inequívoca la resurrección del Señor. Pero la celebración gozosa de este acontecimiento debe llevarnos a renovar nuestro compromiso de ser testigos creíbles de Jesucristo resucitado en un mundo que camina en tinieblas y en sombras de muerte. Precisamente, podría parecer paradójico anunciar el triunfo de la vida sobre la muerte en este momento crítico de la historia de la humanidad, en el que parece que los señores de la guerra y los mercaderes de la muerte imponen su ley. Pero, con mayor razón, debemos proclamar claro y firme, que el último enemigo del hombre, la muerte, ya ha sido vencido definitivamente por Cristo y que nosotros participamos ya de esa victoria. Esta es nuestra firme esperanza y la Buena Noticia que tenemos que anunciar al mundo.
¡Felices Pascuas de Resurrección!

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