DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

P. Jorge Fuentes

El título enunciado, tomado del Misal Romano, indica el doble significado que tiene este próximo domingo en el conjunto de la Semana Santa. En efecto, en este primer día de la Semana Mayor del año litúrgico, la Iglesia nos invita a rememorar la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Pero también nos invita a meditar, con piedad y gratitud, la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. La liturgia del Domingo de Ramos es, a la vez, festiva y solemne; en ella se entremezclan la realeza y el sufrimiento redentor de Jesús. Pasamos de las aclamaciones festivas al piadoso recogimiento que pide la lectura de la Pasión del Señor. La unidad entre estos dos momentos debe ser claramente expresada por la liturgia del Domingo de Ramos. Para ello se pide que en la Misa con la participación del mayor número de fieles se realice la procesión solemne correspondiente. Igualmente, en las demás eucaristías, se puede manifestar dicha unidad realizando una entrada solemne al inicio de la Misa. Esta unidad expresada en la liturgia manifiesta a su vez la unidad del misterio pascual de Cristo: muerte y resurrección, humillación y exaltación, forman una sola unidad.

Hecha esta breve introducción, y tomando en cuenta que el P. Antonio Molina nos ofrece ya un valioso aporte litúrgico, teológico y exegético para este próximo domingo, me limitaré a comentar el relato de la Pasión del Señor según san Mateo. Pero antes de indicar algunos elementos originales del relato de Mateo, quisiera hacer una valoración de conjunto sobre la importancia del relato de la Pasión en los evangelios. En este sentido, llama la atención que este relato ocupe un lugar tan destacado en cada uno de los evangelios. Esto resulta más llamativo todavía si partimos del hecho de que los evangelios fueron redactados después de la resurrección de Cristo y por gentes que, viviendo en la luz de este acontecimiento triunfal, tenían consciencia de ser, ante todo, “testigos de la resurrección” (Hch 1, 22; cf. 2, 32; 3, 15; 1 Co 15, 14; Rm 10, 9). Los primeros cristianos pudieron entonces destacar los elementos más positivos de la vida de Jesús y silenciar los negativos. Con esta lógica, la Pasión del Señor pudo quedar en la sombra, pero no fue así. La luz de la Resurrección no condujo a los primeros cristianos a una religión de evasión, es decir, a alejarse de la dimensión dramática de la vida de Jesús; al contrario, la luz de la Pascua los llevó a valorizar toda la existencia de su Salvador y especialmente sus aspectos más desconcertantes: la contradicción y el sufrimiento.

Con el trasfondo de esta valoración global de la importancia del relato de la Pasión del Señor en los evangelios, vamos a indicar brevemente algunos elementos originales del relato de la Pasión según san Mateo. En primer lugar, Mateo, a diferencia de Marcos, por ejemplo, tiene el cuidado de explicar muy bien cada una de las escenas de la Pasión. Mateo ilumina los hechos con las palabras. Así, por ejemplo, Jesús se dirige a Judas, con pocas palabras ciertamente, pero se puede captar una alusión al Sal 55 (vv. 13-14 y 21-22). Jesús habla al discípulo que ha tomado la espada y le explica largamente el sentido del plan salvífico de Dios que él está a punto de consumar (Mt 26, 52-54). Jesús también habla a la multitud.

Es importante destacar, además que si queremos un guía que nos indique el sentido teológico de la escena del arresto del Señor, tenemos que recurrir a Mateo. Y lo que él nos dice cobra especial relevancia si tenemos en cuenta que esta escena marca el desencadenamiento de la Pasión de Jesús. De ahí que los principios que iluminan la actitud de Jesús durante su arresto iluminan también el conjunto del misterio de su sufrimiento redentor. En esta línea, Mateo nos muestra a Jesús eligiendo en plena consciencia de causa y con entera libertad el camino de la humillación, porque es el camino marcado en el designio de Dios. Jesús rechaza oponerse a la violencia por la violencia, porque esta táctica, lejos de salvar a los hombres, los encierra en un círculo infernal (Mt 26, 52). Jesús se niega también a una intervención milagrosa del poder divino. Él no duda en absoluto de poder obtener de su Padre una intervención de esta naturaleza (26, 53), pero él sabe también que esa no es la vía que le lleva a la meta de su misión. La hora ha llegado en que deben cumplirse las Escrituras. Esta expresión aparece dos veces. La primera vez, en la palabra dirigida al discípulo (26, 54); la segunda vez, en la palabra dirigida a las “multitudes” (26, 56). En este contexto, la frase de Mt constituye una de las afirmaciones más claras sobre el sentido del conjunto del relato de la Pasión: “Todo esto sucedió afín de que se cumplieran las Escrituras de los profetas”.

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