
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 17, 1-9
El relato es “la transfiguración de Jesús”. Este posee una estructura quiástica. Se corresponden antitéticamente la subida al monte y la bajada (vv. 1. 9), el Jesús transfigurado en compañía de Moisés y Elías y el Jesús solo, sin ellos (vv. 3. 8). El centro lo forma la voz desde la nube: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo” (v. 5). Esta estructura indica que lo central del texto lo constituye dicha afirmación. Así muestra la reacción de los discípulos descrita en detalle (v. 6). Mateo, a diferencia de Marcos y Lucas[1], hizo de la audición, ¡no de la visión del transfigurado!, el centro de su relato.
Desde la narrativa de Mateo, se sostiene que esta escena rica y polivalente da legitimación divina, ampliándolo, al anuncio de Jesús en Mt 16, 21-28 sobre su catastrófica muerte, su resurrección y su regreso en gloria. Lo que está en el centro de la escena es: la identidad de Jesús (“mi Hijo, el amado, mi predilecto”), la muerte anunciada del Hijo obediente a su Padre, y, el mandato del Padre a la comunidad (“escúchenlo”).
Siguiendo esta estructura quiástica, el relato se puede dividir en las siguientes partes: 1) Una introducción (v.1). Esta expone el tiempo, “seis días después”. La expresión cronológica recuerda Ex 24, 16, que habla de seis días de presencia divina en el Sinaí. El ordinal “sexta” aparece en 27, 45 para marcar el tiempo de oscuridad anterior a la muerte de Jesús, quizá vinculando las dos escenas, puesto que su resurrección y regreso presuponen la crucifixión (16, 21).
Los compañeros de Jesús, “Pedro, Santiago y su hermano Juan”. Tres de los primeros cuatro discípulos llamados (4, 18-22; 10, 2). (¿Por qué es excluido Andrés?). El lugar: “Y los llevó aparte, a un monte alto”. Los montes en Mateo son lugares de tentación (4, 8), enseñanza (5, 1), oración (14, 23); reunión, curación y alimentación (15, 29-38).
2) La transfiguración de Jesús: experiencia paterno filial (vv.2-7). El v. 2 emplea el término griego, en pasivo, metemorfôthe (“se transfiguró”), posee la connotación de transformar, cambiar de figura o aspecto de modo visible y progresivo. El vocablo se define como antinómico de acomodarse (“sisxematízo”). Este último no forma parte del evangelio. La expresión “delante de ellos” (êmpróthen autón) indica que la transfiguración progresiva de Jesús fue real y tenía implicaciones objetivas en los discípulos.
En el texto, el rostro brillante y los vestidos blancos[2], son la confirmación del vocablo metemorfôthe. El aspecto transfigurado, con el rostro brillante como el sol y los vestidos de un blanco esplendente, es un elemento común en escenas de triunfo escatológico. En Mt 13, 43, los justos, acreditada su virtud en el juicio, “brillarán como el sol”. El triunfo de Jesús en la resurrección (17, 9) y en su regreso (16, 27-28) anticipa el de los justos. Los seres celestiales y los justos resucitados llevan ropas esplendentes (Dn 7, 9). Este es el destino último de Jesús y su comunidad (16, 8). Pero también es el de la cruz (16, 21). Los vestidos blancos pueden indicar también martirio (Ap 3, 5.18).
Pero aparte de esta connotación, conviene insistir que la luz caracteriza el presente ministerio de Jesús de manifestar el reinado liberador de Dios en las tinieblas y muerte de un mundo bajo dominación de los imperios (4, 15-16). Tres son las implicaciones de ello: el reinado futuro de Dios ya es manifestado; la gloriosa compleción de los planes divinos está en continuidad con la presente misión de Jesús, y la comunidad de discípulos, en su calidad de “luz del mundo”, tiene la encomienda de continuar esa misión (5, 14; 10, 7-8). La cristología y la eclesiología están entrelazadas.
El v. 3 describe que se dejó ver a Moisés y Elías, que hablaban con Jesús. El vocablo “ofthé” (se dejó ver), su voz pasiva, indica que es una acción gratuita de Dios, propio de su revelación. No se puede hablar de aparición. Lo que está de fondo es una experiencia real de revelación, iniciativa de Dios, en la comunidad.
Hablaban (Moisés y Elías) con él. Sin decir su contenido, emplea el verbo conversar (“sullaléin”). Este vocablo es el mismo que se emplea en Ex 34, 35, para afirmar que Moisés habla con Dios. ¿Por qué Moisés y Elías? La respuesta la dará en parte Mt 17, 10-13. Ambos son personajes en la configuración del pueblo de Dios. Quizá representan la Ley y los Profetas, a los que Jesús interpreta y pone por obra (5, 17; 7, 12).
Es de recordar que Moisés y Elías están asociados con el Sinaí (Ex 24; 1Re 19) en el contexto de oposición a gobernantes peligrosos. Ex 34 Moisés, después de haber guiado a los israelitas en su éxodo desde la esclavitud en Egipto, vuelve a subir al Sinaí porque el pueblo ha rechazado a Dios creando el becerro de oro (Ex 32) y él mismo ha roto las tablas de piedra (32, 19). Elías, por su parte, habiéndose opuesto al rey Ajab en el Carmelo y sabedor de que Ajab y Jezabel quieren matarlo (1Re 19, 1-2), se retira al Horeb/Sinaí, donde recibe un nuevo encargo de Dios. También Jesús, que conoce el rechazo y es mal entendido, tiene su vida amenazada por la élite socio-religiosa gobernante (12, 14; 16, 1-12. 13-20. 21-28).
Estas conexiones mosaicas subrayan cuatro facetas de Jesús. Él es liberador, y libra al pueblo de todo gobierno opresor. Revela la voluntad de Dios. Su ministerio es objeto de discusión, oposición y rechazo, pero cuenta con el apoyo divino. Con su muerte, resurrección y regreso desempeña un papel más importante que el de Moisés.
Por último, existen tradiciones judías de que ninguno de los dos murió (Dt 34, 7; “2Re 2, 9-12). Y si murieron materialmente, ninguno de ellos murió trágicamente, antes del tiempo, como lo fue Jesús. La diferencia de Jesús con ellos es que a él le espera la cruz. Se puede decir que Moisés y Elías consuelan a Jesús en el camino de la cruz. Este será, en el texto, uno de los significados del verbo conversar (consolar). En todo caso, Jesús es situado en la antigua tradición de los contactos de Dios con su pueblo.
El v. 4 presenta la reacción de Pedro, descrita con el mismo vocablo (conversar). Esta tiene elementos para tener en cuenta: Pedro asume un papel de portavoz de los demás discípulos, se somete a Jesús, en contraste con 16, 22-26, y, pide permiso, “si quieres”, de hacer tres tiendas[3].
La tiendas/cabañas propuestas por Pedro (skênê) recuerdan la tienda del encuentro (Ex 33, 7-10), en la que Moisés se encuentra con Dios y alrededor de la cual está la nube de la presencia divina (Ex 33, 9-10). El término denota asimismo el tabernáculo que albergaba el arca de la alianza (Ex 40, 2. 17-22). También, el término hace referencia a la fiesta de la acción de gracias (de los Tabernáculos o de las Cabañas, sukkot, Dt 16, 13), que celebra la creativa fidelidad divina y que Zac 14, 16-19 anticipa el reinado de Dios.
En su conjunto, Pedro parece entender su papel, sin embargo, prolonga un momento que es importante; pero, sería una pretensión vana, porque a Jesús lo está esperando la cruz. También, la expresión de Pedro indica, en el proyecto de Mateo, juntar al Israel plural étnicamente, representado en Moisés y Elías, alrededor de Jesús. Por ello, el texto enfatiza que únicamente Jesús tiene el rostro brillante.
En el v.5, Dios interviene, hace callar a Pedro, quien estaba en su euforia (“todavía estaban hablando cuando de repente los cubrió una nube luminosa”). Esta nube refiere a Ex 40, 35 cubriendo la tienda del encuentro. En Sab 19, 7 (skiazô) protege el paso el mar Rojo. En el texto, aparece como señal de la (oculta) presencia de Dios (Eclo 50, 6). El cubrir de la nube como evocación de Moisés. Ahora quien habla es Dios (una voz).
Y de la nube salió una voz (3, 17) que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo” (v.5)[4]. La declaración divina sobre la identidad de Jesús confirma su camino de sufrimiento. La referencia a Jesús como “mi Hijo amado” refleja Is 42, 1, donde se alude al siervo de Dios (3, 17). Ese siervo no emplea fuerza y violencia imperial (en oposición al poder babilónico), sino que sufre para cumplir la voluntad de Dios de “justicia en la tierra” (Is 42, 1-4). El eco de Isaías confirma que el sufrimiento de Jesús es parte integral de los planes de Dios en la superación de todas las prácticas imperiales pecaminosas.
Asimismo, sobre Jesús como Hijo de Dios, indica también, una íntima relación de amor que constituye la base de la revelación y fidelidad de Jesús (2, 15; 3, 17; 4, 3.6; 7, 23; 11, 25-27, 16, 16). En la crucifixión, un momento culminante será la confesión de que Jesús es Hijo de Dios.
El imperativo “escúchenlo” tiene una cierta correspondencia en las palabras de Moisés sobre “un profeta como yo” al que el pueblo escuchará (Dt 18, 15). Jesús entra en la categoría de profeta, aunque no es totalmente adecuada a él (16, 16). Del mismo modo, el imperativo es legitimación de la enseñanza de Jesús. Dios manda que los discípulos escuchen lo que Jesús ha enseñado y lo que enseñará. Así pues, escuchar es entender y vivir tomando la propia cruz (16, 24-26). Escuchar es una exigencia primordial del discipulado.
Lo determinante del versículo, sin desdeñar los significados anteriores, es el Padre, quien declara la identidad de Jesús y el mandato que da a los oyentes. Estos, en el texto, son Moisés y Elías, quienes pueden representar las corrientes judías; y, Pedro, Santiago y Juan, quienes representaban la comunidad de Mateo. Sin embargo, ni la escucha de Moisés y Elías, ni la de Pedro, Santiago y Juan podían trasfigurar la comunidad Mateo, sino sólo la escucha de Jesús.
Los vv. 6-7. Al oír esto, la declaración anterior, los discípulos cayeron de bruces, llenos de miedo. Los discípulos, oyendo (el mismo verbo griego que para “escuchar”), entienden que Dios está allí y se dirige a ellos. Su respuesta es típica de quien encuentra la presencia divina. Véase la reacción de los magos en 2, 11, contrastándola con la exigencia del diablo en 4, 9. Sobre el miedo ante la presencia divina, es descrito en Mt 1, 10; 9, 8; 14, 27. Ese mismo temor intenso invade a quienes presencian la muerte de Jesús (27, 54), lo cual representa otro vínculo más entre las dos escenas. Tanto en la crucifixión como en la transfiguración resplandece la identidad de Jesús (17, 1.5; 16, 21).
Por último, la reacción de los discípulos es tranquilizada por Jesús, quien se acerca, los toca y les habla (v.7). Estos verbos, en Mateo, son de curación. Es plausible que la comunidad de Mateo se sentía enferma de miedo ante la insistencia de Jesús en la cruz.
3) Conclusión (vv. 8-9). Enfatiza: la prefiguración de la soledad de Jesús, el ánimo que él da sus discípulos (“levántense, no tengan miedo”), y la bajada del monte. Estos tres aspectos acentúan el sentido cristológico y eclesiológico que tenía el texto para la comunidad de Mateo. Jesús es el profeta abandonado por los suyos, su elevación en la cruz debe ser motivo de abajamiento para la comunidad, y, por último, Jesús desde la cruz anima a la comunidad a no tener miedo y a cargar con su cruz. Es Jesús con ellos quienes suben y bajan de la montaña.
Mons. Romero decía: “Una Iglesia acomodaticia, una Iglesia que busca el prestigio sin el dolor de la cruz, no es la Iglesia auténtica de Jesucristo”[5].
“Solo Él es el que puede inspirar, a los egoístas, el arrepentimiento; a los resentidos, el trabajo honrado y honesto; a todos, el verdadero sentido de la liberación cristiana, el redimirnos del pecado y de la muerte para ser participantes de su gloria”[6].
[1] Cfr. Mc 9, 2-8; Lc 9, 28-36.
[2] Para su trasfondo en el AT, ver Dn 7, 9.
[3] Las tiendas evocan al relato del éxodo y de la presencia divina.
[4] Ver trasfondo veterotestamentario del v. 5: Ex 16, 10; 19, 9; Ez 1, 4; Dn 7, 13; Sab 19, 7; Eclo 50, 6Is 42, 1; Sal 2, 7.
[5] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 19 de febrero de 1978, tomo II, San Salvador 2005, 284.
[6] Ibid, 284.
