
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 4, 1-11
El texto es el relato mateano de las tentaciones de Jesús. Una narración que tiene trasfondo en el AT, puesto que recuerda las seducciones del pueblo de Israel en su marcha por el desierto durante cuarenta años. Jesús repetirá esta historia y la vivirá de otra manera.
La narración tiene sus peculiaridades: tres tentaciones (vv. 3-4. 5-6. 7-10) en las que el diablo toma la iniciativa y Jesús la rebate. Los lugares son distintos: el desierto, el templo y un monte alto. El empleo de la Escritura da ritmo al diálogo. Jesús la cita cuatro veces (vv. 4. 6. 7. 10) y el tentador una vez (v. 6). Las dos primeras tentaciones parten de la misma frase: “Si eres Hijo de Dios” (vv. 3. 6). El relato finaliza con una doble declaración por parte de Jesús: “apártate (vete), Satanás” (v.10); y la verificación: el diablo lo deja y le sirven personajes celestiales (v.11).
La tradición de las tentaciones de Jesús es compartida por Lucas (4, 1-13), quien altera su orden, colocando la tercera de Mateo como la segunda. Disponiendo el siguiente orden: desierto (pan), altura (acoso imperial) y Jerusalén (tentación de la falsedad religiosa). Tanto Mateo como Lucas recogieron este relato de una fuente común, y cada lo uno empleó intencionalmente para alertar a sus comunidades.
La exégesis actual está de acuerdo, en su mayoría, que estas tentaciones fueron reales en los tiempos de Jesús: la del pan está fundada en el hambre que provocaban las políticas del imperio romano, que utilizando la estrategia del pan y circo compraba las voluntades de los hambrientos. La tentación de la religión ambigua del templo que concedía a Dios un carácter falso; y, la tercera, es el acoso que el imperio romano hizo a Jesús y a sus primeros seguidores, que quería usurpar el lugar de Dios.
El texto posee las siguientes partes: 1) Introducción (vv.1-2). La introducción describe el lugar (desierto), los personajes (Jesús, el Espíritu y el diablo), el tiempo (cuarenta días y cuarenta noches) y la circunstancia (“hizo ayuno y sintió hambre”).
El v. 1 comienza diciendo el nombre del personaje principal: “Jesús”. Este recuerda la misión encargada en 1, 21-23. Lo que ahora está en juego es esa misión. Dios, sin que Jesús deje de ser el centro, impulsa la acción hacia delante. El Espíritu es el agente de Dios, que ha descendido sobre Jesús (3, 16). El Espíritu conduce ahora a Jesús. Este verbo es empleado cuando Dios conduce/lleva las plagas contra el faraón (Ex 8, 5-7) y desde Egipto conduce a Israel al desierto y a la tierra prometida (Ex 33, 12.15). La palabra desierto evoca el relato del éxodo. Después de haber pasado a través de las aguas en su liberación de la esclavitud, el pueblo fue puesto a prueba en el desierto. Jesús pasa ahora por la experiencia que vivió en el desierto el hijo de Dios Israel (Os 11, 1; Mt 2, 15), pero con la diferencia de que permanece fiel.
El Espíritu conduce a Jesús para ser tentado a prueba por el diablo. Casi siempre se asocia el desierto con los malos espíritus y los demonios. El verbo tentado recuerda la pruebas de Dios a Israel para ver su fidelidad (Ex 16, 4) y los ilegítimos intentos de Israel de poner a prueba al Señor (Ex 17, 2.7; Nm 14, 22). Aquí el agente de la prueba es el diablo, que pasa a ser conocido con varios nombres en las tradiciones judeo-helenísticas como un malvado adversario de los planes de Dios, que intenta frustrar esos planes y llevar a los seres humanos al pecado por medio de la tentación. Irónicamente, en este caso sirve a los designios divinos, puesto que sus tentaciones tienen la virtud de mostrar la adhesión a la voluntad de Dios.
El v. 2 indica que Jesús, al igual que Moisés (Ex 34, 28) ayunó cuarenta días y cuarenta noches, un valorado acto de devoción. El período de cuarenta días y cuarenta noches evoca muchos sucesos significativos: la duración del diluvio (Gn 7, 4. 12. 17); los cuarenta años de Israel en el desierto (Ex 16, 35) después de la esclavitud, un tiempo de presencia (Dt 2, 7), fidelidad (Dt 29, 4-5) y prueba (Dt 8, 2-3) divinas; los cuarenta días que Ezequiel yace sobre su lado derecho en representación del castigo por los pecados de Judá (Ez 4, 6); y, el plazo de cuarenta días tras el cual, según Jonás, ocurrirá la destrucción de Nínive (Jon 3, 4). El versículo finaliza con la frase “y después sintió hambre”. Esta evoca que Jesús pasa por una experiencia alusiva al hambre vivida por Israel en el desierto (Dt 8, 3). Pero mientras que Israel en su hambre murmura contra Dios (Ex 16, 3-8). Jesús no lo hace.
2) Primera tentación (vv. 3-4). En el v. 3, la devoción de Jesús en ayunar proporciona una oportunidad al diablo. Las palabras del tentador aluden a la designación de Jesús como hijo (3, 17; 2, 15). El diablo tienta a Jesús a que sacie su hambre exhibiendo ese poder de hijo de Dios. Lo importante aquí no es la duda de que Jesús sea el Hijo o agente de Dios, ni la incitación a un despliegue de poder taumatúrgico (para el que no hay presente multitud alguna). Lo grave de esta tentación es que trata de que Jesús actúe a requerimiento del diablo. De hacerlo así, Jesús daría a entender que no obra en conformidad con la voluntad divina como el elegido e Hijo de Dios (1, 1.17.21-23; 2, 15; 3, 17). El diablo trata de controlar a Jesús por medio de la obediencia (4, 3-4.9) y adoración (4, 9). Si Jesús se abasteciese de pan a instigación del diablo, actuaría en su propio beneficio, como los que tienen pan en abundancia. Dejaría de confiar en Dios y de prestarle obediencia, en contra de lo que él mismo ensañará (6, 25-35). No confiar en Dios significará acatar las órdenes del diablo.
El v. 4. Jesús resiste evocando el éxodo (Dt 8, 3b [LXX]; Ex 16). El versículo no desprecia el hambre humana; su contexto, Dt 8, 1-3a, indica un entrelazado, no dualidad, de necesidades físicas y espirituales. Recuerda que Dios alimentó a los israelitas hambrientos en una situación que había puesto a prueba su confianza en Él. La palabra vivificante divina permitió que sobrevivieran. Jesús cita el versículo para indicar que confía en Dios, de quien depende y a quien muestra obediencia. Dios, no el diablo ni el deseo de Jesús, definirá su misión y uso del poder.
3) Segunda tentación (vv. 5-6). En el v. 5, el diablo prueba una segunda tentación en otra parte. Lo tomó (¿cómo así?) para conducirlo desde un lugar marginal, el desierto, a uno central: la ciudad santa (Neh 11, 1). Aparte de su condición de centro político, social y religioso, Jerusalén es identificada con varias tradiciones como centro del mundo (Is 2, 2-4; Miq 4, 1-4, donde acuden las naciones). Ser santo no significa ser perfecto o estar libre de pecado, sino haber sido elegido/consagrado para servir a Dios. La descripción ciudad santa es irónica, puesto que recuerda la consagración de Jerusalén para servir a Dios, en contraste con su resistencia a la acción divina en 2, 3-6.
El escenario de la segunda tentación subraya tal consagración y fallo. El diablo lo puso (a Jesús) en el alero del templo. A parte de aprobar el poder político o dejarse absorber por él (2, 4-6), el templo era un lugar de encuentro con la presencia divina (Sal 95; 125), de perdón (Sal 50) y de protección (Sal 61, 4-5). El diablo sitúa a Jesús sobre ese centro cósmico, político y religioso, y lo tienta de nuevo.
La tentación empieza repitiendo las palabras del cielo sobre la condición de Jesús: “si, puesto que, eres hijo de Dios (2, 5; 3, 17; 4, 3), tírate abajo”. Tal reto no busca que Jesús muera, sino que, pese a su confianza en Dios (4, 4), actúe a instancias del diablo. Éste imita a Jesús citando la escritura, para hacerle ver que la petición es conforme a la voluntad de Dios (Sal 91, 11a.12). El diablo omite el v. 11b (“de que te guarden en todos tus caminos”) porque Jesús no debe estar guardado si ha de hacer lo que él le manda. El salmo celebra la protección que brinda Dios a quienes le son fieles. Supuestamente, los ángeles detendrán la caída de Jesús. Pero el diablo corrompe el salmo sugiriendo que lo escrito en él garantiza la protección de Dios, sin que importe la fidelidad humana. Sin embargo, los acontecimientos vividos por el pueblo de Israel, destierro a Babilonia e invasión romana, desvanecen tal supuesto.
4) Tercera tentación (vv. 7-10). El v. 7, como en 4, 4, Jesús cita la Escritura, una frase de Moisés al pueblo de Israel en el desierto. La prueba de Dt 6, 16b refiere a aquella a que el pueblo somete a Dios en Masá (Ex 17, 1-7). Habiéndose quedado sin agua, los israelitas ponen en duda la fidelidad, los designios vivificantes y la presencia de Dios. Entonces el Señor los provee de agua para tranquilizarlos. Jesús declara, con esta cita, que no pedirá ninguna demostración a Dios, en quien confía, y que actuará movido por Él y no por el diablo. Éste ha torcido las palabras de la Escritura a fin de confundir la confianza en Dios con la suposición de que Dios ponerse al servicio de los deseos humanos. Jesús no querrá más tarde servirse de ángeles para librarse de la crucifixión (26, 53) y hará oídos sordos al reto de bajar de la cruz (27, 40).
Los vv.8-9 introducen la tercera tentación. El v. 8 es una frase ya empleada que introduce la tercera tentación: el diablo lo tomó a un monte muy alto. El monte evoca a sucesos importantes de la historia de Israel. El diablo mostró a Jesús todos los imperios del mundo y su gloria, para luego ofrecérselos: todo esto te daré. El diablo dice ejercer un control universal, que en su momento incluye Roma.
El mundo es el ámbito donde se desarrolla la vida humana. Aunque creado por Dios y objeto de sus designios, es reclamado por el diablo y necesita salvación. Algo similar sucede con la gloria, que denota la presencia de Dios, pero aquí es usurpada por el diablo.
Lo que aquí subyace es una cuestión de soberanía: ¿A quién pertenece el mundo? ¿A Dios o al diablo? Si Jesús acepta la oferta que el diablo le hace, reconoce su autoridad y poder. Pero es el reino de Dios el que Jesús está encargado de manifestar. Dios, no el diablo, ha autorizado a Jesús para la función de reinar.
De la oferta diabólica cuelga la etiqueta con el precio: si te postras y me adoras. La acción de adorar explicita el asunto de la adhesión. Pero la adoración corresponde a Dios (Ex 20, 5; Dt 5, 9), con el mismo verbo que el empleado en la condición del diablo. Reflejando, pero no repitiendo una frase del Éxodo (Ex 32), Jesús se niega a tal idolatría. También Herodes ha usado el mismo verbo (2, 8). Herodes y el diablo son aliados de la falsa adoración y en el uso de ella como medio para lograr sus propios fines.
En el v. 10, Jesús despide al diablo. Él demuestra su fidelidad a Dios y su autoridad sobre el diablo. Esta victoria será momentánea, no absoluta: Jesús se verá más tarde enfrentado al reino diabólico exorcizando demonios, los agentes del diablo (4, 23; 12, 28). Nuevamente, Jesús se remite a las Escrituras. Cita a Moisés (Dt 6, 13) con dos cambios: reemplaza “temerás” por adorarás para ser coherente con la tentación del diablo (4, 9b) y añade “sólo” para subrayar la adhesión exclusiva. Jesús recuerda a los lectores la importancia primordial de que se mantengan fieles.
5) Conclusión (v.11). La autoridad de Jesús es eficaz. Entonces el diablo lo dejó. La escena ha mostrado que el diablo: pretende controlar los imperios del mundo; opone una peligrosa resistencia a los planes de Dios actuando ocultamente a través de los poderes políticos y religiosos; y, tiene un poder limitado.
Y he aquí que unos ángeles le servían. La expresión da la idea de servir comida. Es posible. Pero indica las actuaciones de un mediador, de un agente que representa a otro o actúa en su nombre. La escena muestra a los ángeles como el medio del que Dios se vale para prestar a Jesús sus cuidados.
Jesús permanece fiel a su identidad de hijo o agente de Dios frente a las tentaciones e intentos satánicos de conseguir su adhesión. Con ello evidencia la soberanía divina sobre el diablo y anticipa el establecimiento de esa soberanía sobre los poderes que oponen resistencia a Dios.
Un aspecto inquietante de esta escena es la vinculación del diablo con los dirigentes políticos y religiosos. El lenguaje que usa el diablo es propio de los dirigentes políticos de la época de Mateo. La historia del antijudaísmo atestigua la tragedia de la demonización de los dirigentes religiosos judíos.
Monseñor decía: “Al principio de la Cuaresma los ojos de un cristiano deben de clavarse en ese Cristo ayunando cuarenta días con sus cuarenta noches. Llevado por el Espíritu, nos ha dicho el Evangelio, el Espíritu de una obediencia”[1].
“…los mesianismos fáciles… traicionan a Dios…Más vale el camino humilde, sencillo, del deber, del amor, de la justicia. El camino de la oración, el camino de la esperanza, el camino del Evangelio, no la espectacularidad. Y aquí, Cristo denuncia y vence otra tentación del poder. El poder que quiere aprovecharse para las grandes espectacularidades, ganar votos, ganar aplausos, aunque sea engañando”[2].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 12 de febrero de 1978, tomo II, San Salvador 2005, 268.
[2] Ibid. 269-270.
