
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 9, 1-41
El texto ofrece una catequesis sobre cómo actúa Jesús en cuanto Luz del mundo; el relato de un ciego sanado que va confesando a Jesús progresivamente. Este cree que Jesús es un hombre (v.9), posteriormente que es un profeta (17), hasta llegar a confesar: “Creo Señor” (v.36). Y por último el texto plantea la gran paradoja: en la medida en que el ciego va viendo claro, los que le rodean, a la inversa, van apareciendo como los enemigos de la Luz. Así ante la Luz del mundo, Jesús, los que se dejan tocar por Jesús ven y otros se vuelven ciegos. Jesús concluye diciendo: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciego” (v. 39).
El relato se compone de tres partes. La primera parte (vv. 1-7), que hace de prólogo, se divide en dos escenas: a) los vv. 1-5 refieren la introducción y diálogo de Jesús con sus discípulos. El v. 1 establece el marco. Al parar, Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento. Este versículo subraya la soberanía de Jesús: su mirada, dirigida al ciego, es la que va a poner en marcha toda la acción. También subraya la miseria radical del enfermo: no es una ceguera accidental sino de nacimiento. El ciego ha vivido siempre en oscuridad. Por eso se convierte en el símbolo de la existencia humana, entregada a las tinieblas.
El v.2. Los discípulos preguntan a Jesús por la razón de la ceguera. Su cuestión refleja las concepciones populares de la fe judía de su época. Estas es consecuencia del pecado, por tanto, es justicia retributiva de Dios, que no tolera el pecado y lo sanciona infligiendo un castigo a los autores o a sus familiares. En el v. 3 presenta la oposición de Jesús a tal interpretación. La doble negación rompe el vínculo establecido por los discípulos entre pecado y discapacidad. La ceguera no es expresión de castigo divino. Asimismo, informa de un cambio de perspectiva: las obras de Dios no se manifiestan en la destrucción de las personas, sino en su curación. En la persona del ciego Dios se revela como el Dios que salva.
El v. 4 designa con un “nosotros” enigmático a los autores de las obras de Dios en el mundo. Argumentando que las obras de Dios se pueden realizar solo en el día, con la luz. Este argumento juega con la oposición día y noche y establece el marco metafórico que permite la lectura simbólica del relato. La expresión “hacer las cosas del que me ha enviado” señala que la realización de la obra de Dios es en primer lugar la misión de su Enviado: Jesús. El “nosotros” es, sin embrago, inclusivo: la persona histórica de Jesús como revelador, e igualmente a los discípulos del tiempo pospascual. El v. 5 retoma al v. 4, pero abandona el lenguaje sapiencial. La obra de Dios consiste, mediante la revelación cristológica, en hacer pasar al mundo de las tinieblas a la luz.
b) vv. 6-7. Narra el signo de curación. Informa del acontecimiento cuya interpretación y cuyas consecuencias constituyen la materia de las partes segunda y tercera. El v. 6 presenta un Jesús sobrerano, toma la iniciativa sin consultar al ciego, que no ha formulado ninguna petición. Él hace el gesto taumatúrgico que va a desencadenar la reacción de las autoridades y a fundamentar su acusación de que se ha violado el sábado. La saliva, por emanar de la boca, se asocia con el aliento, más específicamente con el aliento de vida.
Y el v. 7 prosigue el relato refiriendo la orden que da Jesús al ciego de que se lave en la piscina de Siloé. Para el lector del evangelio, el efecto de sentido es claro: el lugar de la curación se pone en relación con la cristología del enviado. El agua es inseparable de la persona de Jesús, que es el autor de la curación. El final de la escena es clásico, el ciego obedece; la palabra de Jesús se vuelve acontecimiento, de manera que el ciego es curado. La afirmación “volvió viendo” constata el milagro. El texto pudo haber terminado en el v. 7, pero la acción de Jesús con el ciego despierta interpretaciones en crecida.
La segunda parte (vv. 8-34), que constituye el cuerpo del relato, se compone de cuatro escenas: a) los vv. 8-12 cuentan el diálogo de los vecinos y conocidos con el ciego curado. Estos se preguntan, primero indirectamente, sobre la realidad del milagro ocurrido y cuestionan la identidad del que ha sido curado (vv. 8-9). Este desconcierto y perplejidad llaman la atención del lector: por un lado, los vecinos y conocidos no están en condiciones de interpretar lo ocurrido. Se topan con una realidad que permanece inexplicable.
La llegada de la revelación siembra confusión y divide los espíritus. Sacude las certezas más simples. Y por otro, la incapacidad para hacerse cargo del acontecimiento significa que la actuación de Dios no puede ser identificada, a menos que Dios decida revelarse. El ciego curado resuelve las dudas: es exactamente él. El efecto irónico es obvio: el ciego es justamente al que se halla ante sus vecinos, pero su identidad ha sido transformada por el “yo soy” cristológico con el que se ha encontrado.
Los vv. 10-11. Al zanjar la cuestión de la realidad del milagro, el ciego curado desencadena la del modo en que se ha producido: “¿Cómo han sido abiertos tus ojos?” El ahora vidente menciona al autor de su curación llamándolo simplemente “el hombre al que llaman Jesús”. El testimonio acerca del “cómo” no calma, sin embargo, el asombro de la multitud, sino que lleva a una tercera cuestión (v.12), la que concierne al autor del milagro (¿Dónde está ése?). Se nombra así el objeto central del debate: el Jesús joánico. El ciego responde con gran honradez intelectual: “No sé”. Esta honradez es sinónimo de la ausencia de prejuicios, signo de apertura, ignorancia creativa. El ciego curado está lejos de Jesús, deberá recorrer el itinerario de fe propuesto por el texto para volver a encontrarse con él. Este recorrido, que va de la ignorancia a la confesión, se efectuará a través del rechazo de la increencia.
b) La segunda escena (vv. 13-17) describe la primera comparecencia del ciego curado ante los fariseos. El v. 13 presenta a los protagonistas de la escena anterior que conducen al sanado ante los fariseos. Estos representan la autoridad religiosa, depositaria del saber teológico y apta, por tanto, para pronunciarse en tal situación. La aparición del poder religioso va acompañada del recuerdo a las normas: la Ley, en particular, el respeto del Sábado (v.14). El conflicto es inevitable; Jesús ha curado un sábado.
El v. 15 retoma el problema de su modo. El verbo preguntar muestra que la realidad del milagro va en contra de la tradición religiosa. Tal interrogatorio es detallado. Como en la escena anterior, este repetido examen del acontecimiento transformará su vida y lo conducirá a la fe. El v.16 plantea la cuestión de la identidad del autor. Los fariseos tampoco son capaces de reconocer al autor. La transgresión del sábado les impide reconocer que el autor de la curación es un hombre de Dios. El dilema insoluble que los divide es señal de la crisis desencadenada por la llegada de la revelación. Al igual que la experiencia cotidiana, la tradición religiosa tampoco es capaz de pronunciarse sobre la curación milagrosa del ciego. La venida de Dios va acompañada de un cuestionamiento radical de todas las certezas.
Esta impotencia de la autoridad religiosa es subrayada por la conclusión irónica de la escena. Los poseedores del saber, incapaces de pronunciarse, se vuelven hacia el ciego, que ha confesado su ignorancia (v.12), para preguntarle su opinión (v.17). Para él, la realidad de su curación es más fuerte que el respeto a las prohibiciones tradicionales. El examen de los hechos no deja lugar a dudas: el que lo ha curado no puede ser más que un profeta, es decir, un enviado de Dios. El calificativo sigue siendo general, pero, en realidad, el ciego ha escogido ya, a qué bando pertenece.
c) La tercera escena (vv. 18-23) evoca el interrogatorio de los padres del ciego curado. El v.18 expone la posición previa de la autoridad. Los judíos han ocupado el lugar de los fariseos. Para Juan “los judíos” son los representantes oficiales de la autoridad judía. A partir de este momento, en el texto, ellos, la autoridad que dirige el proceso constituye un frente homogéneo y hostil. Esta hostilidad se pone de manifiesto al negar admitir la realidad de esta curación; y, para restablecer su poder quebrantado, la autoridad da muestras de poder. Instruye un proceso destinado a condenar el saber rebelde. Los padres son citados para comparecer como testigos.
Se requiere la declaración de los padres sobre tres puntos (v.19): se trata de su hijo, era ciego de nacimiento y cómo ha tenido lugar la curación. Los padres responden acerca de los dos primeros puntos: se trata de su hijo y era ciego de nacimiento (v.20); se testifica así el hecho de la curación. Pero al “sabemos” del v. 20, sucede el “no sabemos” del v. 21. No pueden testimoniar sobre el desarrollo de la curación ni sobre su autor. El único testigo es su hijo. Él ya es mayor de edad. Los padres se han negado tomar partido; dejan a los “judíos” la responsabilidad de concluir la investigación, procediendo a un nuevo interrogatorio a su hijo.
Los vv. 22-23 motivan la actitud prudente de los padres. La explicación que se da es un anacronismo de la vida del Jesús histórico: refleja las relaciones entre las comunidades joánicas y la sinagoga después del año 70. La prudencia de los padres se explica por su miedo a los judíos, quienes en este contexto son la autoridad oficial y religiosa del judaísmo en conflicto con el Jesús joánico. La explicación de este “miedo a los judíos”, imputado a los padres, consiste en la amenaza de exclusión de la sinagoga contra todo el que confiese a Jesús como el Cristo. Y la expresión “exclusión de la sinagoga” refiere al conflicto entre las comunidades joánicas con la sinagoga de la autoridad religiosa judía. Este conflicto pertenece de manera indeleble al pasado reciente de la historia de las comunidades joánicas.
d) La cuarta escena (vv. 24-34) da cuenta de la segunda comparecencia del ciego, seguido de su exclusión. El v. 24 decide una segunda comparecencia, pero el tono ha cambiado: la autoridad ya no puede interrogar a los testigos, mas exactamente al beneficiario del milagro, sino juzgarlo y obligarlo a cambiar de opinión. La expresión “da gloria a Dios” significa reconocer la verdad; y reconocer la verdad significa plegarse al veredicto oficial de la autoridad. Es confesar que este hombre, Jesús, es un pecador, ya que ha violado el sábado.
En el v. 25, el ciego curado no sucumbe a este intento de presión. Sin querer poner en tela de juicio la competencia de la autoridad religiosa, “no sé si es un pecador” desplaza la discusión y escoge como referencia su experiencia personal, su curación. Esta negativa y apelación, del ciego curado, pone en aprieto a la autoridad que juzga (v.26). El ciego se niega a entrar en el juego (v.27). Primero destaca la falta de seriedad del interrogatorio, al afirmar: “ya se los he dicho y no me han escuchado”. Es decir, la autoridad parece instruir un asunto, pero realmente no escucha. Y segundo finge tomar en serio a sus jueces, el ciego da muestras de una ironía mordaz: “¿Por qué quieren oírlo otra vez?” ¿Es que ustedes también quieren hacerse discípulos suyos?”
El sarcasmo del ciego curado hace caer las máscaras (v.28). La autoridad desvela su verdadero rostro; abandona su pretendida objetividad a la que obliga la conducción del proceso. Muestra que es juez y parte, y lo es doblemente. En primer lugar, porque manifiesta su parcialidad insultando al ciego curado. Este insulto es a causa de su fe en Jesucristo. El versículo confirma que el ciego curado es insultado, no como persona autónoma, sino porque sus adversarios lo consideran un discípulo de Jesucristo. El nombre de Jesús no se pronuncia, sino que se sustituye por un despreciativo pronombre demostrativo “ese”.
Y, en segundo lugar, la autoridad subraya su lugar de referencia por oposición al ciego; ya no dirige una investigación, sino que toma partido. Esta declara ser discípulo de Moisés, estableciendo una oposición estricta entre Jesús y Moisés. En la época de Jesús el discípulo se definía por su maestro. Emerge de nuevo el conflicto entre la comunidad joánica y la sinagoga: no se oponen los maestros, sino los discípulos; y en este enfrentamiento los discípulos de Moisés son los que detentan el poder jurisdiccional.
El v. 29 explica por qué los “judíos” (según la comunidad joánica) reconocen la autoridad de Moisés y rechazan la de Jesús. El principio de decisión se basa en la legitimación divina. Ellos con este principio cometen dos errores: rechazan a Jesús en nombre de la tradición de Moisés y la legitimación divina de Jesús permanece oculta para el que intenta juzgar al Revelador según la tradición y los criterios del mundo. Esta permanece incomprensible para el mundo, ya que solo puede ser reconocida en la conversión y en la fe.
El v. 30 denuncia la contradicción interna que caracteriza la actitud de la autoridad basándose en un hecho probado. Lo que debería despertar sospechas no es la curación operada por Jesús, sino justamente la actitud de la autoridad, que se niega a tomar en consideración los hechos. El saber al que esta apela es, por consiguiente, ciego. No tiene nada que ver con la auténtica tradición de Moisés.
El v. 31 pone en marcha el registro teológico. El ciego curado se hace portavoz de la auténtica tradición mosaica, mostrando cómo un israelita de buena fe puede apreciar el acto de Jesús a la luz de la fe común. El ciego curado recuerda las dos características de la piedad veterotestamentaria judía: el temor de Dios y la práctica de su voluntad, siendo la segunda la concreción de la primera.
El v. 32 remite al hecho que debe ponerse en relación con la regla que acaba de ser evocada. La conclusión que se impone en el v. 33, cuando la regla se aplica a los hechos: un hombre que no es “de Dios” no puede hacer nada y, por tanto, no puede curar a un ciego. Por consiguiente, Jesús es “de Dios”. Como muestra la conclusión de esta cuarta breve escena (v.34), el conflicto de los saberes esconde un conflicto más profundo, a saber, el de la actitud del ser humano frente a la revelación: ¿está abierto a ella, como el ciego curado, o vive en la ceguera? La última, réplica de la autoridad religiosa, muestra que ellos viven en la ceguera. Cuando aparenta respetar el derecho, defiende en realidad su seguridad y sus intereses.
Para garantizar su posición, la autoridad religiosa debe neutralizar la última intervención del ciego curado. Desacredita el análisis del ciego curado recordando que es un pecador. Lo hace utilizando la célebre formulación del salmo 51, 7: la discapacidad de nacimiento es la objetividad del pecado cometido por sus padres y castigado por Dios: “Tú has nacido todo entero en los pecados”. ¿Cómo un hombre que carga con los estigmas de estar separado de Dios va a tener autoridad para enseñar la Torá, más aún, para enseñar a la élite religiosa consagrada al servicio de la Torá? Esta última argucia de la instancia judicial esconde una singular contradicción. Mientras a los largo del relato, la autoridad ha puesto en duda el milagro obrado por Jesús, ahora levanta acta de este para condenarlo. Esta acumulación de contradicciones es la prueba de la ceguera de “los judíos”, que faltan a la realidad para establecer que tienen razón.
La expresión “y lo echaron de la sinagoga” tiene dos sentidos. El ciego curado es literalmente “echado fuera” del lugar donde se ha producido la confrontación, pero esta expulsión es la imagen de la exclusión de la sinagoga, a la que se expondrán más tarde los miembros de las comunidades joánicas.
La tercera parte (vv. 35-41) constituye la conclusión teológica del relato. Incluye dos escenas: la primera (vv. 35-38) describe la fe del ciego curado. El v. 35 pone en forma de relato un tema cristológico: el Jesús joánico, que había desaparecido, reaparece. No abandona a quienes se abren a él; por el contrario, va a su encuentro; su actitud es la opuesta a la de las autoridades religiosas. Da testimonio, en particular, de su solidaridad activa respecto de quienes sufren perjuicio por haberse puesto de su lado ente el mundo.
La pregunta “¿Tú crees en el Hijo del hombre?” expresa la solicitud de Jesús con el ciego. De esa pregunta dependen la vida y la muerte. Permite realizar la opción decisiva. El “tú” colocado al comienzo de la pregunta tiene un matiz polémico. Designa al ciego curado por oposición a los que no creen, a aquellos con quienes ha tropezado y ante quienes no ha cedido. A estas alturas puede plantearse la pregunta de la fe, ya que a lo largo del relato el ciego curado se ha mostrado abierto a la revelación, más exactamente, al Revelador.
La respuesta del ciego curado (v.36) manifiesta que el interlocutor todavía no ha establecido la relación entre quien lo ha curado y el Hijo del hombre; para él, la identidad de esta figura escatológica sigue siendo un enigma. El don de la revelación por la Palabra tiene lugar en el v. 37. El verbo “ver”, en tiempo perfecto, designa una experiencia que ha comenzado en el pasado y se prolonga en el presente. La revelación es una iniciativa de Dios, Jesús decide revelarse. A la autorrevelación de Jesús responde la confesión de fe del ciego curado (v.38) por la palabra (“creo Señor”) y por el gesto (“se prosternó”).
El título “Señor” tiene sentido cristológico y el gesto es el símbolo y la anticipación de la adoración eclesial. Con la respuesta que acaba de dar a la palabra de autorrevelación de Jesús, el ciego curado manifiesta su paso de una fe elemental a la fe cristológica.
La segunda escena (vv. 39-41) denuncia la ceguera de los fariseos. El v. 39 separa la controversia de la reflexión y señala el comienzo de una nueva unidad literaria. El Jesús joánico formula el sentido de su misión. Esta es presentada como “una venida a este mundo”. El mundo es la gente que se separa del proyecto revelador de Dios. La venida del Revelador es una venida con vistas al juicio. Esta crisis (juicio) está ligada a la venida de Jesús joánico, más exactamente a la posición que se toma en relación con el signo que él acaba de hacer curando al ciego de nacimiento. Frente a este Jesús, cada uno se revela verdaderamente tal como es.
El v. 40 introduce el elemento controversia. Algunos fariseos oyen la declaración de Jesús. La pregunta sarcástica que plantean confirma el sentido metafórico del término “ciego”. La partícula interrogativa que introduce la pregunta supone una respuesta negativa. ¿Cómo ellos, que están en posesión del saber, pueden estar “ciegos”?
La respuesta de Jesús en el v. 41 evoca, para empezar, un caso irreal: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado”. El hecho de estar ciego indica la condición de los seres humanos antes de la venida de la revelación cristológica: tanto aquellos que se declaraban ciegos como aquellos que veían. Dado que el pecado, en sentido joánico, consiste en el rechazo de la revelación cristológica, antes de la venida del Revelador no puede haber habido pecado.
A la inversa: “Pero ahora dicen: nosotros vemos; su pecado permanece”. Los fariseos, a pesar de que han visto los actos realizados por el Jesús joánico, no han querido ver lo que en realidad habrían debido ver, a saber: la presencia del Envido del Padre. El pecado consiste exactamente en este “no querer ver”, cuya causa hay que buscar en su pretendido saber religioso. Dicha pretensión de saber, afirmada ante quien es la luz del mundo, es el pecado como tal. En la medida en que el pecado significa el rechazo del Jesús joánico, reviste un carácter definitivo.
Mons. Romero decía: “En el ciego de nacimiento, lo que interesaba no era el ciego, sino Cristo. Así también cada uno de nosotros lleva una responsabilidad de la cual él no es dueño; uno ya es un representante de Cristo y tiene que dar fe. Un bautizado cobarde que se niega a confesar a Cristo en horas difíciles de la Iglesia, que se vende a una vida más cómoda… traiciona al mismo Cristo” .
