Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 5, 17-37

El texto forma parte del discurso de las bienaventuranzas[1]. Esta vez la comunidad de Mateo, haciendo memoria del testimonio y de los dichos de Jesús, actualiza la Escritura a la luz del principio de la justicia del reino de los cielos. Tal actualización corresponde a la ética del reino de los cielos, como la practicaba Jesús.

El relato se puede estructurar en dos partes: 1) Jesús interpreta la Escritura (vv. 17-20); y, 2) Jesús ilustra con cuatro ejemplos la rectitud o vida de justicia que debe caracterizar a los discípulos del reino de los cielos (vv. 21-37). Esta última parte se complementa con los versículos 38-48 que constituyen los otros dos ejemplos de la ética del reino: la resistencia no violenta al mal (vv. 38-42), y el amor a los enemigos (vv. 43-48).

La primera parte. El v. 17. El imperativo negativo, “no piensen”, previene un equívoco: que la misión de Jesús (“he venido”) es abolir la Ley y los Profetas. El vocablo “abolir” significa destruir (Jerusalén año 70), que aquí asume el significado de anular, invalidar o negarse a reconocer y poner por obra la Escritura dotada de autoridad. La expresión “la Ley y los Profetas” son las Escrituras: el Pentateuco mosaico y los Profetas. La advertencia de Jesús de que no va a abolir la Escritura es coherente con el uso que el evangelio hace de la Escritura para definir su misión.

“Darles (“a la La Ley y los Profetas”) cumplimiento”. El verbo cumplir (pleroõ) también connota acatar las Escrituras, por lo cual Mateo prefiere “poner por obra y guardar”. Jesús cumple las Escrituras poniendo por obra o llevando a cabo, en su proclamación el reinado de Dios y en sus obras, la salvífica voluntad de Dios. Jesús reconoce y realiza la Escritura como dotada de autoridad y vinculante. Interpretados en relación con Jesús, los textos escriturísticos son la fuente autorizada de la justicia o rectitud (5, 20) que él enseña (5, 21-48).

El v. 18. Jesús señala una consecuencia (porque) del reconocimiento de que las Escrituras sean entendida en relación con su vida y acciones. Seguidamente, al decir, “se los aseguro”, emplea una fórmula de legitimación que indica la autoridad de alguien de más categoría. Esa autoridad la transfiere él a la Escritura: ni una letra, ni un trazo de una letra, pasará de la Ley. No es claro el sentido exacto de la frase. En cualquier caso, la expresión indica que Jesús valora hasta los más pequeños caracteres o rasgos de la Escritura.

El v. 19 es un, por tanto, que extrae ahora para los transmisores de la enseñanza de Jesús. La postura de Jesús respecto a las Escrituras ha quedado establecida. Deben leerse en relación con él, que es la clave para interpretarlas, para determinar qué está pasando ya de la Ley y qué no. El versículo advierte a los seguidores de que no deben pasar por alto sus enseñanzas infringiendo la Escritura y ofreciendo de ella una enseñanza desvirtuada. El deber de quien la enseña es asegurar su observancia según la cumple Jesús. No está permitido enseñar a otros a pasar por alto las enseñanzas de Jesús.

El discípulo que pone en práctica la Escritura, según Jesús, es el más grande en el reino de los cielos; mientras que el que no la pone en práctica y la interpreta, no según Jesús, a su favor es el más pequeño. La Escritura es para practicarla, según Jesús la cumple. Así entendía Jesús el vocablo “darle cumplimiento”.

El v. 20 expone que el objeto de que Jesús realice e interprete la voluntad divina revelada en el pasado tiene que ver con la justicia/santidad/rectitud: lograr que sus seguidores hagan esa voluntad salvífica. Como medida de este comportamiento se toma el de los escribas y fariseos. Aunque no se indica cuánto de justicia cabe atribuir a los oyentes de Jesús, el versículo da a entender que ellos la consideran importante y que al menos algo la practican. Pero algo no es suficiente: los discípulos tienen que aventajar en justicia/rectitud/santidad.

La insuficiencia se puede comprender en primer lugar recordando que en la sociedad imperial escribas y fariseos pertenecen a la élite, el grupo que gobierna en alianza con Roma y que tienen interés propio en mantener tal cual el modelo social vigente. A que se vea la insuficiencia contribuye también 5, 21-48. Allí se presentan sus prácticas como basadas en una lectura cerrada de las Escrituras que se desentiende de la implicaciones que ellas tienen para amplios aspectos de la vida humana. La enseñanza de Jesús respeta el texto escrito, pero desarrolla esas implicaciones. Es decir, la principal objeción a la justicia que escribas y fariseos practican es que dejan intacta la situación injusta que provoca el dominio romano. No practican “la justicia, la misericordia y la fe” (23, 23) como un modo de vida alternativo, transformador, que haga contrapeso al modelo social establecido y refleje la presencia y el triunfo del reinado de Dios, sobre todo, incluido el orden imperial.

¿Aventaja a la suya la justicia/rectitud de los discípulos? Si. Primero cuantitativamente, como quedará demostrado en 5, 21-48. No matar es un buen comienzo, pero se necesita más: la ausencia de ira destructora de relaciones (5, 21-26). Esto entraña además una diferencia cualitativa, derivada de la interpretación que hace Jesús de las Escrituras. Las bienaventuranzas han expuesto la voluntad transformadora divina, que impugna y cambia el modelo social establecido. Tal aventajamiento será identificado en 5, 48 como perfección. Si la comunidad no vive de ese modo, nunca entrarán en el reino de los cielos. No participarán en la compleción de los planes de Dios ya encontrados en parte en la predicación y curaciones de Jesús (4, 17-25).

La segunda parte (vv. 21-37). Esta despliega la tesis del v. 20. De esta manera se expone el comportamiento ético del discípulo. Es decir, la práctica de la justicia/rectitud/santidad. Para concretar esta tesis, el texto escoge cuatro ejemplos: sobre la ira y las relaciones (vv. 21-26); sobre el adulterio y la lujuria masculina (vv. 27-30); sobre el divorcio y el agravio comparativo a la mujer (vv. 31-32); y, sobre la coherencia entre palabra y obra (vv. 33-37). Estos ejemplos están construidos a manera de antítesis literaria: “han oído que se dijo…pues yo les digo…”, y tienen un carácter progresivo que culmina con la resistencia no violenta al mal y el amor a los enemigos (vv. 38-48).

Sobre la ira y las relaciones humanas (vv. 21-26). El primer ejemplo de justicia es “no matarás y el que mate estará sujeto a juicio”. Este proviene del Decálogo y de la tradición mosaica (Ex 20, 13). La audiencia de Mateo conoce tal mandamiento (Han oído) como palabra de Dios (indicado por la voz pasiva [se dijo]) confiada a generaciones anteriores (los antepasados).

Jesús, en calidad de agente ungido por Dios, expone su enseñanza en nombre de Dios y como voluntad suya (v.22). Pero Jesús, con la adversativa “de” (), da a entender que no da paso a una declaración que reemplace lo establecido en la palabra de Dios (Moisés). Jesús desarrolla (actualiza) el mandamiento mostrando que la cólera manifestada en violencia verbal es asimilable a matar en cuanto destruye relaciones y personas. En esta ampliación trasparece la preocupación por evitar que unas y otras puedan ser “asesinadas” de alguna manera. También en esta caso hay una amenaza contra los posibles transgresores (5, 19-20). Jesús señala la misma amonestación por la cólera que por el asesinato.

El concepto hermano/hermana es un miembro de la comunidad y un seguidor de Jesús (4, 18-22). Jesús no se limita a identificar o resaltar una dimensión interna del homicidio, la cólera, sino que además señala el similar poder destructivo que ella tiene. Dos ejemplos ilustran sobre manifestaciones de cólera inaceptables, acciones públicas que provocan violencia, y cólera que pierde a una persona, entregándola a la gegehna. El primero es cólera expresada en insultos. Este es un modo público de ultrajar y un grave delito en una sociedad que valora la honra. Además, provoca represalias. Se hace necesario, romper el ciclo de ira y violencia. El agresor verbal que no lo haga, será reo ante el concejo. El segundo es otro grave insulto: “quien lo llame necio”. Un necio es el que dice que “no hay Dios” (Sal 14; 53, 1). Aplicar a alguien ese calificativo es juzgarlo, un cometido que corresponde a Dios (7, 1-5). Es considerarlo fuera de toda esperanza. La cólera supone la pérdida de perspectiva con respecto al otro y a uno mismo. Tan destructiva consecuencia subraya la importancia de controlar la ira.

Los vv. 23-24 continúan con un segundo caso, concerniente al culto y la recomposición de relaciones. Las improbabilidades, la interrupción del acto de culto y la ida en busca de reconciliación atrapan la imaginación del lector y subrayan la gravedad de una situación de ruptura derivada de la cólera y aún sin resolver. No importa que el acto de culto está ya iniciado. No es posible el culto sin unas relaciones recompuestas. Al ofendido se le carga con la responsabilidad de buscar reconciliación.

Lo vv. 25-26 escenifican un acusador y un juez. No hay descripción ni condena de la disputa; pero la acción apropiada no es de cólera, sino de reconciliación. El verbo traducido como “busca un arreglo” tiene el sentido de mostrar buena voluntad o estar bien dispuesto hacia alguien: lo contrario de la ira. A modo de acicate para la búsqueda de la reconciliación, se subrayan las terribles consecuencias de mantenerse aireado. La expresión “último céntimo” puede hacer referencia a una deuda (18, 23-35) o a algún tipo de punición pecuniaria. La cólera que lleva a matar literal o metafóricamente personas y relaciones resulta inconcebible en el reinado de Dios. La alternativa no es obediencia a toda costa. Es reconciliación, restablecimiento de la paz (5, 9).

Sobre el adulterio y la lujuria masculina (vv. 27-30). Los vv. 27-28 en su construcción literaria es igual a los vv.21-22. Jesús interpreta la cita (Ex 20, 14; Dt 5, 18), que lo sitúa a la par de Moisés y le atribuye la función de expresar la voluntad divina. Como en los vv. 21-22, Jesús no abre paso a una refutación del mandamiento mosaico. Él no aprueba el adulterio, el cual destruye la unión en “una sola carne”, que es un acto de Dios (19, 4-6) y que no deben romper los hombres, ya sea por adulterio, ya por divorcio. La adición de Jesús redefine el adulterio considerando no sólo el acto físico, sino también la mirada y el pensamiento, donde comienza el pecado. La expresión “todo el que” se refiera a varones exclusivamente. El lenguaje androcéntrico refleja una sociedad en que predominan los intereses masculinos y donde el matrimonio solía tener carácter patriarcal.

El adulterio comienza con un tipo de mirada. Esa mirada procede del corazón, el centro del ser de una persona (5, 8). El corazón es donde ya antes del acto físico se ha cometido el adulterio. El reino de Dios crea diferentes relaciones hombre-mujer. No se atribuye culpa a la mujer en estos versículos; se pide al varón responsabilidad y autocontrol; no se excusa la infidelidad masculina, y se restringe el poder del varón, afirmando la integridad de la mujer. Se protege su dignidad personal, no solo la de su marido. Las miradas adúlteras constituyen un pecado contra ella. Por su carácter paradigmático, la escena es una invitación a la mujer a mantener esa dignidad.

Los vv. 29-30. El mal expuesto exige tomar medidas, algunas drásticas. Una opción es la plegaria (Sal 51, 10). Otra, la responsabilidad personal (si tu ojo derecho…). Aun siendo tan estimable, ese sentido y el derecho (el del bien), es preciso que su dueño se lo saque. La hipérbole no tiene un sentido literal, sino que está destinada a poner de relieve el peligro de la mirada y la necesidad de prevenirlo radicalmente. Lo mismo hacen las consecuencias escatológicas (te conviene perder un solo miembro que todo entero). El pequeño órgano pone en peligro el bienestar de toda la persona (cuerpo).

Sobre el divorcio y el agravio comparativo a la mujer (vv. 31-32). El ejemplo se centra, también, en las relaciones personales y en el poder masculino. La introducción, más breve que 5, 21 y 5, 27, conserva de estos dos textos sólo la autorización divina de la declaración. Jesús resume Dt 24, 1-4. Mientras el interés del Deuteronomio es prohibir que una mujer divorciada vuelva a ser esposa de su primer marido después de haberse casado con otro hombre, el resumen de Jesús pone el acento en el divorcio (y toma una cierta postura con respecto al matrimonio). Como en 5, 27-30, la visión del matrimonio es androcéntrica con predominio del marido/padre/amo.

La respuesta de Jesús restringe ese dominio masculino por las consecuencias que tiene para la mujer: “todo el que repudia a su mujer…la lleva a cometer adulterio”. Se da por supuesto que la mujer divorciada se casa de nuevo para sobrevivir. Comete adulterio al volverse a casar, porque el matrimonio crea una unión permanente, y el acta de divorcio no puede cancelarla (19, 4-6). Por la misma razón, el que se case con una divorciada comete adulterio, puesto que sigue existiendo el vínculo con el primer matrimonio de ella. Contra una predominante cultura de divorcio fácil, Jesús (con Mal 2, 14-16) adopta en esta cuestión una posición restrictiva y aparentemente dura.

Sin embargo, permite el divorcio en caso de “porneias”. Este vocablo es muy difícil de traducir e interpretar. Las opiniones han sido: incesto, los gentiles que entrasen a la comunidad de discípulos podrían no haber respetado tal prohibición. El vocablo no está en Lv 18 – 19. Puede aludir a relaciones sexuales prohibidas, quizá fuera del matrimonio, el hecho de que 5, 31 y Dt 24, 1-4 se centren en el divorcio convierte el adulterio en el significado cercano al vocablo. Jesús entiende que en caso de porneias es permisible el divorcio, puesto que la unión matrimonial se ha roto.

Para Jesús, el matrimonio es una unión que hace de dos “una sola carne”, y en la que son serios los compromisos de ambos cónyuges. En la presente escena se reconoce que el divorcio es permisible cuando la infidelidad ya ha quebrantado el vínculo. Pero el divorcio no puede desunir “lo que Dios ha unido”, de ahí que se excluya la unión con otra persona.

Y, sobre la coherencia entre palabra y obra (vv. 33-37). El v. 33, como el 5, 31, resume la tradición escriturística (5, 21.27). Una extendida tradición provenía contra los falsos juramentos y exhortaba a hacer honor a lo jurado: Ex 20, 7. 16; Lv 19, 2; Dt 5, 20; 23, 21, además de consideraciones más amplias sobre la cuestión en Nm 30, 3-15. Era bastante común la práctica de prestar juramento para expresar adhesión a Dios o a una persona, en la idea de que faltar a la palabra así dada podía acarrear un castigo divino (Dt 23, 21). Tal práctica estaba dirigida a garantizar la confianza en las relaciones humanas.

Los vv. 34-36 es la posición de Jesús. Su respuesta es decidida (pero yo les digo), clara (no juren) y rotunda (en modo alguno). Esta establece no sólo la prohibición de jurar en falso sino de jurar sin más (v.34). Jesús insiste en la prohibición, abarcando todo el cosmos con los cuatro juramentos apuntados. Un discípulo no puede jurar por el cielo, porque es el trono de Dios. Ningún ser humano puede tomar a Dios como garante de su palabra. Esto es comprable a lo que el diablo pretendía de Jesús al tentarlo (4, 5-7). Los juramentos son diabólicos en su pretensión.

El v. 35 aplica el mismo argumento anterior. Un discípulo no debe jurar por la tierra, porque es el estrado de Dios. La tierra es del Señor (sal 24, 1), aunque el diablo y los imperios usurpen su dominio. En ella ha de hacerse la voluntad divina (5, 13; 6, 10), y por esto mismo un discípulo no puede pretender marcar a Dios una línea de actuación.

Se repite el argumento una vez más, ahora en la prohibición de jurar por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. La frase evoca Sal 48, 3 en particular y la tradición de Sión en general, porque en ella Jerusalén es la morada de Dios (Sal 135, 21). Esto se dice después de haber sido tomada la ciudad en 70 d.C. Roma ha profanado, como hicieron los dirigentes religiosos al recibir mal a Jesús (2, 1-3; 4, 5-6). Pero no ha puesto fin a su relación con Jerusalén; la dominación romana es temporal.

El v. 36 añade una nueva razón para no jurar. Los juramentos no sólo son inadmisibles en cuanto suponen poner a Dios ante una obligación, sino que, a causa de las limitaciones humanas (no puedes hacer blanco ni negro ni un solo cabella), son además inútiles.

Y el v. 37 presenta la conducta alternativa para la comunidad de discípulos. Esta es el discurso franco, sincero, que construye relaciones basadas en la honradez y en la confianza. Un discurso nace de la integridad de la persona: Sea su lenguaje “Sí, sí” o No, no”: todo lo que pase de esto viene del Maligno. La conexión implícita con el diablo señalada en 5, 34-35 es aquí explícita: los juramentos vienen del Maligno. Implican la pretensión de invadir el terreno de Dios, de atar a Dios a un curso de acción y de sobrepasar los límites humanos.

Crean desconfianza y rompen relaciones mediante una comunicación poco fiable. La comunicación sincera con Dios y con los otros discípulos es parte de la mayor rectitud (5, 20) del reinado de Dios. Unas relaciones marcadas por la honradez y la confianza son necesarias para que la comunidad pueda subsistir en su estilo de vida alternativo. Y si se trata de participación en la sociedad de fuera y de relaciones con ella, los juramentos no aportan nada positivo, dada la trivialización de su uso.


[1] Ver homilía del 4º domingo tiempo ordinario ciclo A.

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