Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Dedicación de la Basílica Lateranense


P. José Antonio Molina

Jn 2, 13-22 es el texto del evangelio
1.Catedral de Roma
La gran mayoría de católicos piensan que la catedral de Roma es la basílica de san Pedro en el Vaticano. La catedral de Roma en cambio es la basílica de san Juan de Letrán. Su dedicación se celebra cada 9 de noviembre. Todo cristiano tiene una madre, nadie llega a la fe solo. Esta verdad la encontramos en el Catecismo de la Iglesia No. 166: “Nadie se ha dado la fe a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro”.
Si cada Iglesia particular tiene su fiesta de la dedicación de su Iglesia Catedral, la Iglesia madre de Roma debe celebrarse en todas las Iglesias del mundo.
En la basílica lateranense se lee una inscripción latina: “Sacrosancta lateranensis ecclesia omnium urbis et orbis ecclesiarum mater et caput”, es decir, Iglesia Santisíma de Letrán, madre y cabeza de todas las Iglesias de la ciudad y del mundo”.
La basílica de Letrán es la Iglesia madre porque es la sede del obispo de Roma, sucesor de Pedro, sobre quien Cristo edifico su Iglesia (Mt 16,16). En el Colegio apostólico, Pedro desempeño el papel de fundamento de unidad. La comunión y la unidad exigen un punto donde sostenerse. Cristo dio a Pedro la tarea de servir en la comunión y unidad en la Iglesia. Los sucesores de Pedro en la sede de Roma prolongan este valioso servicio de unidad en la Iglesia universal.
2.El evangelio
El pasaje evangélico dominical nos narra el gesto profético que Jesús realizo expulsando a los mercaderes del templo. Ya los profetas habían denunciado el sincretismo del pueblo judío al mantener juntos el culto a Yahvé y el culto a los dioses cananeos. Los profetas condenaron que en el mismo santuario se realizaran los dos tipos de culto. Expulsando a los vendedores del templo, Jesús expulsa al ídolo por antonomasia: el dinero, ídolo de este mundo. Como los profetas, Jesús manifiesta que el culto y la adoración a Dios no se puede compartir con nadie más. Dios es único y solo a él se le debe culto (Mt 4,10). En el versículo 16 viene citado Jr 7,11, el profeta señalaba que el pueblo se postre ante Yahvé en el templo y al mismo tiempo continue pecando, dando culto a los ídolos paganos. Jesús es el profeta que Dios ha enviado a purificar en el cual quiere ser reconocido y adorado como el único Dios.
3.El signo de Jesús
Con este signo, Jesús anuncia la inauguración de un nuevo templo, un nuevo lugar donde encontrarse con Dios, más adelante volverá sobre este mismo tema en el diálogo con la samaritana (Jn 4,21-24). Este nuevo lugar es su cuerpo. Los templos de piedra se pueden destruir, el cuerpo de Cristo después de su muerte y resurrección es indestructible.
En el profeta Ezequiel se narra que, al momento de la destrucción del templo de Jerusalén, el espíritu del Señor abandono el templo, se fue con los deportados y caminaba con ellos. Esta realidad llego a su plenitud en Jesús. Es más, se quiso unir a su Iglesia (Ef 5,31-32), la cabeza con su cuerpo (Ef 1,22). De modo que ya no será posible hablar de Cristo sin la Iglesia, ni la Iglesia sin Cristo.
Así la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es el verdadero templo, el verdadero lugar donde Dios habita en medio de los hombres y donde los hombres lo pueden encontrar.

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