
Ramón Obdulio Lara Palma
Universidad Don Bosco
Soyapango
La reflexión teológica adecuada para anunciar el Reino de Dios y denunciar la presencia del anti-Reino se presentó en Latinoamérica bajo el nombre de Teología de la Liberación. La Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) intervino mediante dos documentos —Libertatis Nuntius y Libertatis Conscientia— para advertir que no se trata únicamente de una liberación histórica, sino de una “liberación integral”.
Aquel debate de mediados de los años ochenta ayudó a clarificar la comprensión de la “salvación” como “liberación”, y a reconocer que toda verdadera teología debía entenderse como una “teología de la liberación”, en cuanto habla de la salvación del ser humano entero —histórico y trascendente— dentro de un dinamismo de reflexión y acción orientado hacia esa liberación integral, condensado en la idea de “reflexión y praxis de liberación”.
En el actual desarrollo de la reflexión teológica y dentro del nuevo contexto socioeclesial en el que nos encontramos, hablar de salvación como liberación implica dar un paso más en los conceptos y abrir paso al de “humanización”: salvar es humanizar; la salvación consiste en la humanización. Partimos aquí de la sugerencia planteada por la Comisión Teológica Internacional cuando, en un documento reciente, se pregunta: Quo vadis humanitas? —“¿Dónde vas, humanidad?”— (9 de febrero de 2026).
Debemos comenzar a transformar el paradigma que durante siglos ha dominado la espiritualidad, la liturgia, la dogmática y la pastoral: Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser como Dios (el sacrum commercium, el “sagrado intercambio”). Este gran acierto teológico de los Padres de la Iglesia sigue siendo válido, porque expresa claramente la voluntad salvífica de Dios de encarnarse y conducirnos a la perfecta comunión con Él: la theosis o “divinización” del ser humano mediante la encarnación de Dios.
El problema surgió cuando, al intentar alcanzar esa meta —la plena comunión con Dios o “divinización”—, se entendió que era necesario elevarse (ascendere, ascesis) hacia Dios apartándose de lo humano, de lo histórico y de lo carnal. Así se desarrollaron diversas “técnicas” ascéticas en las que la supresión, a veces violenta, de lo humano —corporal, histórico y carnal— se convirtió en norma. Para llegar a Dios parecía necesario negar lo humano.
Quizá el movimiento más oportuno que hoy debemos seguir sea precisamente el mismo que realizó Dios: la kenosis, el vaciamiento, la humillación. Ese movimiento es encarnatorio (“el Verbo se hizo carne” Jn 1,14) e implica la “humanización” de Dios. En el Verbo encarnado encontramos al “Dios humanado”. Dios no excluyó la carne de su plan de salvación; al contrario, la convirtió en camino de salvación. Como afirmaba Tertuliano: caro cardo salutis —“la carne es el quicio de la salvación”—.
Ciertamente, nuestra vocación fundamental y nuestro verdadero destino es “ser como Dios” (theosis), pero siguiendo el mismo camino recorrido por Dios: encarnarse, humanizarse (kenosis). Cuando los padres conciliares del Concilio Vaticano II afirman que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el Verbo encarnado” y que Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes, 22), nos están diciendo que debemos llegar a ser “tan humanos, tan humanos” como la humanidad de Dios revelada en Cristo.
En otras palabras: si queremos “ser como Dios”, debemos llegar a ser “tan humanos como Cristo”, porque Él nos revela nuestra plena humanidad. Y el Verbo kenotizado —vaciado de sí mismo— fue glorificado y exaltado precisamente en el acto más sublime de lo humano: dar la vida. Vivir para los demás (propter homines) y morir para que otros tengan vida constituye el camino supremo de humanización, que es también camino de divinización.
¿Cómo puede coincidir la “perfecta humanidad” con la “perfecta divinidad”? Ambas perfecciones se unen mediante la “perfecta caridad”. Cuando el ser humano alcanza la perfecta caritas —“no hay amor más grande que dar la vida”— alcanza también la perfecta humanitas. Y esa humanidad, perfeccionada por la caridad perfecta, es introducida al mismo tiempo en la perfecta divinitas, porque precisamente la divinidad es por antonomasia amor perfecto.
Deducimos, por tanto, que la gran obra salvadora coincide con la obra humanizadora. Salvar es humanizar, según la humanidad de Cristo. De ahí surge la posibilidad de desarrollar una “Teología de la Humanización” en plena continuidad con la “Teología de la Liberación”. Habría entonces que pensar en una liturgia humanizadora, una espiritualidad humanizadora, una pastoral humanizadora, etc. Porque sólo cuando lleguemos a ser “tan humanos, tan humanos” en la humanidad de Cristo, sólo entonces podremos participar verdaderamente de lo divino.
