
Pbro. Manuel Acosta
- Anotaciones al texto de Hch 2, 1-11
a) Introducción
Pentecostés era, en el oriente antiguo, una fiesta de acción de gracias por la recolección de la cosechas, eran siete semanas (50 días), después que se recogía la primera gavilla o manojo de trigo y hasta que se terminaba la cosecha se ofrecía las primicias. Israel historizó esta fiesta dándole el sentido de aniversario de la Alianza que hizo Dios con su pueblo en el monte Sinaí; ella se celebraba cincuenta días después de la pascua judía. En estos aniversarios, los israelitas renovaban esta Alianza.
La Iglesia, en sus orígenes, dio profundidad al acontecimiento, ya no solo es la fiesta de la cosecha y de la Alianza sino la fiesta de la plenitud. Esta constituye los cincuenta días después de la resurrección. Se trata de la plenitud pascual, en palabras de Jn 15, 11“para que mi gozo sea colmado”. Hch 2, 1 comienza con la frase “al llegar el día”, es decir, “cuando se cumplieron los días”. Se trata del cumplimiento de Lc 24, 49.
b) Hch 2, 1-11
El texto constituye una historia teológica que tiene como trasfondo la fiesta judía de la cosecha o fiesta de las semanas (Ex 23, 16; 34, 22; Lv 23, 15) y el cumplimiento de la profecía de Jl 3, 1-5. Con este trasfondo, Lucas historizó un acontecimiento que seguro fue sencillo, pero sentido en las comunidades del Nuevo Testamento. Este fue cuando aquellos doce comisionados expusieron por primera vez a las tribus de Israel reunidas en Jerusalén durante la fiesta de las semanas, que ellos representaban el nuevo pueblo de Dios, nacido del rechazo que las autoridades judías, y del posterior asesinato, que estas dieron a Jesús.
Lucas concedió, a este hecho, un carácter fundante, como lo hizo con la recomposición de la comunidad de los doce (Hch 1, 12-26), y lo denominó la infusión del Espíritu Santo a los doce. Con ello subrayó que, desde este momento, estos serán los hombres y mujeres del Espíritu de Dios, capaces de comunicar a todas las naciones el Evangelio de Jesús de Nazaret, el Crucificado-Resucitado, bajo la guía y actuación de un mismo Espíritu, el de Jesús El Señor (1Cor 12, 3b).
El texto no es una crónica de historia, sino la interpretación de cómo había que entender Pentecostés en la vida de aquellos hombres y mujeres. Por ello más que fijarse en la narración, que tiene elementos extraordinarios, hay que puntualizar los signos que la dirigen y los resultados que provocan los signos. Estos son: viento, fuego y lenguas.
“De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento que llenó toda la casa en la que se encontraban” (v.2). El viento constituye un signo para el oído y está asociado a la acción del Espíritu de Dios (Gn 1, 1; 2, 7; Ez 36, 26; Jl 3, 1-2). Esta tradición también es contada por el evangelio de hoy: “Dicho esto sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
Lo que llama la atención es el “ruido”, aspecto que recuerda a la alianza del Sinaí (Ex 19, 16-18). El texto dice que este ruido es “como” una impetuosa ráfaga de viento. Dicho “como” explicita que se trata de una analogía no de una realidad palpable, en este caso lo compara con la impetuosa ráfaga de viento. El hecho que venga del cielo indica que es iniciativa de Dios, como fue la Alianza en el Sinaí. En este caso, Pentecostés es iniciativa de Dios para la Iglesia. Igualmente, este “ruido” que viene de arriba es Dios que se vacía en el ser humano, moviéndolo internamente para que se abra al Padre, a la manera de Jesús.
“Se les aparecieron una lenguas como de fuego y se posaron sobre cada uno de ellos” (v. 3). El fuego constituye un signo para la vista y en la Biblia, al igual que el viento, está asociado a la acción de Dios (Ex 19, 18). Este indica la presencia del Espíritu de Dios. Nuevamente, el texto puntualiza que no se trata de llamas de fuego sino de lenguas “como” de fuego. Lo importante no es lo visible sino lo invisible que está detrás del signo, en este caso, lo que produce el espíritu de Dios en la vida del cristiano: coraje.
Se debe observar que al final las lenguas como de fuego producen un resultado: “se llenaron todos de Espíritu Santo” (v.4a). Esto, según Lucas, es la realidad de esta comunidad de Pentecostés. Después de los signos iniciales, de referente externo, Lucas invita a entrar en lo esencial de Pentecostés, la experiencia espiritual y así captar el significado: ¿Qué es lo que está pasando en el corazón de los discípulos? ¿Cuál es la acción interior del Espíritu Santo en nosotros?
Después de los signos emerge la realidad, que se describe con sólo una línea: “Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Este fuego que es el mismo Espíritu es la palabra de Dios que debe quemar y purificar, para ser proclamada.
“Y se pusieron a hablar diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (v. 4b). En la obra lucana, este versículo es el cumplimiento de Lc 3, 16, y en el texto la expresión “lenguas” está asociada al v. 3, “lenguas como de fuego”. El texto griego utiliza en uno y otro la misma palabra (glosssai, lenguas), sin embargo, el v. 4 emplea el verbo hablar y expresarse. Estos dos verbos tienen la acepción de hablar claro, sin encubiertos y para todos, tal como lo hace Pedro en Hch 2, 14. También es de notar que cuando Lucas escribe este texto, la mayoría de los habitantes del imperio romano, en esta época, tenían conocimientos básicos de los tres idiomas del imperio: latín, griego y hebreo.
Lo que se narra aquí es cercano a lo que se dice en 1Cor 14, 21, citando a Is 28, 11-12, relacionado con la predicación cristiana. En este caso, lo que el Espíritu Santo pone en la boca de los discípulos, es la proclamación del evangelio, algo que se miraba el domingo anterior: “Vayan, pues y hagan discípulos a todas las gentes…y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28, 19-20). Este hablar en lenguas corresponde a “proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hch 2, 11), obradas por Dios en Jesús de Nazaret.
La capacidad de entenderse (Hch 2, 6.11) es sugerente. Se trata también del lenguaje de Jesús, el de su amor que se la juega a todas por los otros, que ora incesantemente, que perdona y se pone al servicio de todos. No hay que perder de vista que el don del Espíritu es el amor de Dios. Lo que aquí comienza como “lengua” o “comunicación”, generará el mayor espacio de comunicación profunda que hay: la comunidad cristiana. Su motor es el amor. Por ello la única lengua cristiana es la práctica del amor de Jesús. Esta lengua es la que deben entender todos los pueblos.
- Anotaciones al texto de Jn 20, 19-23
El relato tiene dos partes: a) el relato de la aparición de Cristo ante sus discípulos (vv. 19-20); b) su enseñanza (vv. 21-23). Esta puede subdividirse en tres elementos: el envío (v.21), el don del Espíritu Santo (v.22), y el poder de perdonar (v.23).
a) El relato de la aparición de Cristo ante sus discípulos (vv. 19-20). El v. 19 describe la venida del Resucitado. La indicación cronológica (“el primer día de la semana”) remite a 20, 1; esta referencia, consciente, señala que, para el narrador, el acontecimiento de la resurrección y la experiencia de la resurrección ocurren el mismo día. En cuanto a la indicación topográfica, describe la situación de los discípulos de dos formas. Hacia fuera: en ausencia de Jesús, están llenos de miedo y aislados del mundo. Hacia dentro: la reunión de los discípulos en un mismo lugar el primer día de la semana posee una significación eclesiológica. Delante de la comunidad eclesial, reunida y a la espera de la presencia de su Señor, es donde el Resucitado se va a manifestar.
El encierro y el temor están motivados por “el miedo a los judíos”. Esta explicación es propia de Juan. Tiene su fuente en la situación de la comunidad joánica, excluida de la sinagoga farisea, pero que todavía vive en su esfera de influencia y tiene por eso que sufrir vejaciones, incluso algunas formas de persecución.
La llegada del Resucitado es fruto de su propia iniciativa, y no de la oración de los discípulos. Él se manifiesta a los suyos, aunque las puertas están cerradas. Se dirige a ellos formulando el deseo de paz. Disipa así el miedo que habita en el corazón de los discípulos, cumpliendo la promesa hecha en 14, 27. Su partida y su elevación son inseparables del don de la paz escatológica. En otras palabras, la paz es el fruto de la cruz y de la resurrección. No se trata de un deseo, sino de un don real. La consumación de la revelación por la cruz-elevación crea la posibilidad de la paz. Y por paz hay que entender el bien como tal, el bien del ser humano, pero también el bien de la creación. La existencia pospascual del discípulo ya no está situada bajo el signo del miedo y de la tristeza, sino bajo el de la paz.
El v. 20 describe la identificación del Señor y sus consecuencias. El Resucitado se da a conocer a los suyos mostrándoles las manos y el costado. Al exponer los estigmas de su suplicio les hace comprender que él, el Resucitado, no puede ser disociado del Crucificado. Para Juan, en efecto, la cruz y elevación forman una unidad. La mención del costado es un añadido joánico que remite a 19, 33-34. Su sentido es claro: no se sugiere solamente la muerte de Jesús, sino su alcance soteriológico. Se fundamenta así el don de la paz, que está enraizado en la cruz. Sin vacilaciones, los discípulos reconocen a su Señor. La visión pascual suscita la alegría. La promesa formulada en 14, 21 halla así su cumplimiento. La existencia pascual del discípulo es caracterizada como una existencia que pasa de la tristeza a la alegría (16, 20-22).
b) Su enseñanza (vv. 21-23). Tras la visión del Resucitado tiene lugar su enseñanza. El v. 21 expone el contenido de su declaración. Esta se propone mostrar que con la resurrección se abre un tiempo nuevo, y se trata de exponer sus características. Este tiempo nuevo, pospascual, implica una nueva comprensión de la existencia de los discípulos. La repetición del deseo de paz expresa la esencia del nuevo tiempo que se abre. Esta paz escatológica, emblema del tiempo pospascual, se concreta en tres consignas: el envío, el don del Espíritu y el poder de perdonar.
La primera consigna del Cristo joánico consiste en el envío de sus discípulos (v. 21c). Este envío supone la partida de Jesús y constituye el acto fundador de la Iglesia joánica, su certificado de nacimiento. Los destinatarios son los discípulos como tales, sin distinción, paradigma de la comunidad eclesial en su conjunto. ¿Cómo hay que entender este envío?
En primer lugar, debe leerse desde la cristología joánica del envío. Como el Padre ha enviado al Hijo para revelarse al mundo, así también el Hijo envía a los discípulos para asegurar la propagación y perennidad de la revelación cristológica en el mundo, siendo distinto de él, así también los discípulos, siendo diferentes de Cristo, lo representan a partir de ahora a los ojos del mundo. En segundo lugar, el perfecto, “como el Padre me ha enviado”, se perpetúa en el presente por medio de los discípulos. La misión de los discípulos no es nueva con relación a Cristo; ellos son los portadores de la revelación histórica efectuada por la Palabra encarnada. Y, en tercer lugar, esta capacitación para la misión se subordina a un criterio de fondo: igual que el Cristo joánico ha captado su envío como un servicio prestado a los hombres, el ejemplo del lavatorio de los pies, lo mismo ocurre con los discípulos.
El v. 22 informa del segundo elemento de la intervención de Cristo: el don del Espíritu Santo. Este acto, que sitúa el don del Espíritu en el marco de las apariciones pascuales, no tienen paralelo en el Nuevo Testamento. Remite a 1, 32-33: si el comienzo del evangelio está marcado por el don del Espíritu a Cristo, su final está dominado por la transmisión del Espíritu a los discípulos.
Este “Pentecostés” joánico merece algunos comentarios. En primer lugar, en Juan, la Pascua y Pentecostés constituyen un único acontecimiento. El sentido de esta identificación posee un alcance cristológico: es Cristo en persona quien inaugura el tiempo del Espíritu. En segundo lugar, el don pascual del Espíritu no hace sino realizar las promesas hechas por Cristo sobre la venida del Paráclito en los discursos de despedida (14, 16-17. 26; 15, 26-27; 16, 7-11.13-15). La promesa vinculada a la partida del Revelador se hace realidad. En tercer lugar, el don joánico del Espíritu compete a todos los discípulos sin excepción; no está ligado o limitado a una función o a un estado particular en la Iglesia. En cuarto lugar, la formulación utilizada en el v.22a recuerda a Gn 2, 7. Esta relación intertextual tiene una gran riqueza de sentido: a la creación evocada en Gn 2 le corresponde la nueva creación que Cristo realiza por la efusión del Espíritu; lo mismo que Dios da vida a sus criaturas en Gn 2, así ocurre con Cristo, que, por el don del Espíritu, dispensa la vida en Jn 20. El acento está claro: de lo que se trata en el don del Espíritu Santo es del don de la vida en plenitud. Finalmente, el objetivo de este don consiste en el cumplimiento de la misión confiada a los discípulos: dar la vida y darla en plenitud.
El v.23 formula la tercera consigna del Resucitado: los discípulos son investidos con el poder de perdonar. Esta afirmación sorprendente debe ser interpretada en su contexto joánico, lo cual implica cuatro consecuencias. En primer lugar, desde la lógica del argumento, es la concreción de la orden del envío y del don del Espíritu Santo. En segundo lugar, la noción de pecado no debe entenderse en el sentido tradicional de transgresión moral, sino como rechazo de la revelación cristológica. En tercer lugar, este poder joánico de las llaves debe relacionarse con textos como 3, 19-21; 8, 21-24; 9, 40-41; 15, 22-24, donde se trata de la revelación como salvación y juicio. Por último, no es propiedad exclusiva de un ministro o de una institución, sino de todos los creyentes.
¿Cómo se debe, entonces, comprender este poder de perdonar confiado a los discípulos? Es importante señalar que únicamente se plantea el principio, pero las condiciones concretas del poder perdonar no se definen. Más que pensar en una práctica institucional, es, por tanto, más adecuado vincular este poder de perdonar con la proclamación de la revelación cristológica a todos los seres humanos. Al confrontar a cada hombre con la revelación cristológica, los discípulos permitirán a todo ser humano recibir el perdón y la vida en plenitud, o bien, si se rechaza, encerrarse en su pecado. Obrando así, los discípulos proseguirán la obra de Cristo bajo la guía del Paráclito
