Padre Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Mt 22, 1-14

En las dos parábolas anteriores (los dos hijos [21, 28-32] y los viñadores perversos [21, 36-46]), Jesús se ha dirigido a los líderes religiosos (no a todo Israel). Ellos han rechazado los planes divinos y a Jesús como Hijo de Dios. El castigo los aguarda. Esta tercera parábola, también dirigida a ello y también una alegoría, repite el rechazo de la élite y esboza su castigo. La repetición subraya la gravedad de ese rechazo; interpreta la caída de Jerusalén en el año 70 como una sentencia de Dios ejecutada (inconscientemente) por Roma; confirma cuál es el lugar actual de Israel y de los discípulos en la historia del pueblo, e inculca en el público mateano (los nuevos cuidadores encargados de la misión a Israel) la necesidad de ser fieles y dar fruto al desempeñar esa encomienda, sobre todo entre los pobres.

La parábola, también una alegoría, continúa el simbolismo de 21, 33-46, da por supuesto el conocimiento de la Escritura por parte del público. El rey (Dios) tiene un hijo, Jesús, y manda a sus siervos (los profetas; 22, 3; 21, 34) varias veces (22, 4; 21, 36) a los invitados (los dirigentes religiosos) al banquete de boda (la era escatológica). Pero ellos matan a los siervos (22, 6; 21, 35. 38-39; 23, 34. 37; 26, 4, anticipando la pasión). En castigo es destruida su ciudad (Jerusalén, por obra de Roma, en 70 d. C.). Dios actúa, pues, en la alegoría como un tirano imperial. En cuanto a los discípulos, tienen que invitar a otros, señaladamente a quienes no son miembros de la élite, los cuales a su vez serán juzgados.

El texto presenta la parábola de un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Su estructura está determinada de la siguiente forma: a) introducción (v.1); b) parábola (vv.2-13); y, c) conclusión (v.14). La parábola se puede subdividir en: 1) la primera y segunda llamada (vv. 3-7); y, 2) la tercera llamada (vv. 8-13).

a) Introducción (v.1). Con la frase “respondiendo, Jesús les habló de nuevo en parábolas”, el versículo inicial conecta esta parábola con las dos de 21, 28-46 (“de nuevo”), indica reacción a la hostilidad de los dirigentes en 21, 45-46 (“respondiendo”), identifica al hablante como Jesús (1, 21) y a los oyentes como los dirigentes religiosos a los que fueron dirigidas las dos parábolas anteriores (21, 15. 23. 45) e indica la forma del discurso (“parábola”, Mt 13). El vínculo del versículo con 21, 28-46 evoca temas importantes: repetidas invitaciones de Dios; rechazos frecuentes; exclusión de quienes no desean participar; inclusión de otros. Asimismo, el versículo introductorio se relaciona con el anterior (21, 46), puesto que las autoridades al no poder detener a Jesús, por miedo a la gente, él continúa hablando en el templo. 

b) La parábola (vv.2-13). En el v. 2, el reinado de Dios es parangonado con (“puede ser asemejado”) la acción que en ella se desarrolla. La interacción entre ambas cosas permite imaginar e incluso atisbar el reinado de Dios. La forma pasiva de aoristo subyacente a “puede ser asemejado a” (13, 24; 19, 23), en vez del futuro pasivo (“será asemejado”; 7, 25-27; 25, 1), centra la atención inicialmente en la presente experiencia del reinado.

El personaje es “el rey”, una habitual imagen empleada para Dios en las Escrituras. Dios gobierna como rey del mundo (Sal 24; 93, 1-2) y los asuntos de las naciones (Sal 47, 3) y opugna a los dioses de ellas (Is 41, 21). Particularmente, Dios reina sobre Israel, su pueblo (1Sam 8, 4-9; Sal 9, 1-5; Is 44, 6), libera del destierro (Is 52, 7) y encarga un reinado justo a un rey humano (Sal 72). Se acerca el día en que todas las naciones reconocerán a Dios como rey (Is 24, 23).

El público mateano ha encontrado ya la imagen en Mt 5, 35 (Jerusalén como ciudad de Dios) y utilizada de un modo ambivalente en una parábola anterior, en 18, 34-35, donde el rey es y no es Dios. Ya hemos encontrado a Jesús como un rey (2, 2; 21, 5) cuyo reinado contrasta con el violento e injusto reinado de Herodes (2, 1. 3. 9; 10, 18) y reinado del tetrarca Herodes Antipas (14, 9). Pero aquí, el acto violento y punitivo de Dios recuerda mucho el proceder de los tiranos imperiales.

El rey dispone “un banquete de boda para su hijo”. En la parábola anterior, el hijo (Jesús) ha tenido un papel prominente (21, 37-39). El vocablo “hijo” es la designación que Dios aplica a Jesús (2, 15; 3, 17; 11, 27; 16, 16; 17, 5; 20, 18). El rey del que habla aquí representa, pues, al Dios de Israel. 

La referencia a un “banquete de boda” evoca diversas tradiciones: 1) El matrimonio es metáfora para la relación de alianza de Dios con su pueblo (Os 1 – 3; Jr 2, 2-3; 3, 1-10). En Mt 9, 15, Jesús, el novio, está presente entre los discípulos; 2) banquetes y comidas colectivas indican participación en los planes de Dios (Ex 16; Sal 78, 23-25; Ex 12; Is 55, 1-3; Prov 8, 32-36; 9, 1-2; Is 25, 6-10). Según Mateo, judíos y gentiles gozarán de esa comida (8, 11; 25, 10). En la parábola, quienes se niegan a asistir al banquete nupcial son excluidos, mientras que quienes acuden a él participan en los planes de Dios (9, 10); y, 3) el banquete de boda evoca también asociaciones creadas a lo largo del evangelio con la comida y la acción de comer. 

La comida es un misericordioso don de Dios, un símbolo de su justicia y su provisión de adecuados recursos para todos (6, 11. 25-31; 14, 15-21; 15, 32-39), un símbolo asimismo de su bondad (7, 9-11; 15, 26-27) y su presencia trasformadora (13, 33). Las comidas de Jesús con marginados como “los recaudadores de impuestos y las prostitutas” muestran la apertura a todos de la bondad y misericordia de Dios, que tienen su manifestación en Jesús Emmanuel (9, 10-13; 11, 18-19). Las gentes más inesperadas participarán de la misericordia de Dios también en este banquete (22, 8-10).

Por otro lado, las comidas significan división y conflicto. Proporcionar alimento a los discípulos en misión indica una “digna” aceptación de lo predicado por ellos, a diferencia de quienes no los reciben (10, 10-15). Los dirigentes religiosos han criticado a Jesús por las personas con las que come (9, 10-13; 11, 18-19), por el día en que se procuran alimento sus discípulos (en sábado: 12, 1-8) y porque éstos no observan las normas rituales de pureza a la hora de comer (15, 1-20). A su vez, Jesús se ha servido de alimentos para echar por tierra ante los discípulos las enseñanzas de los dirigentes religiosos (16, 1-12). El contexto de un banquete alerta de división.

El v. 3. Al igual que el propietario en 21, 33, el rey “envió sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a la boda, pero no quisieron acudir”. La parábola sugiere un típico escenario político. Los invitados son la élite entre los súbditos del rey. Son clientes, dependientes políticos suyos, y le deben vasallaje. Pero hacen caso omiso de su autoridad. Rechazar la invitación del rey es tanto como rebelarse contra él.

Los “siervos”, una imagen común de los profetas enviados por Dios (21, 31-36), encuentran rechazo en los dirigentes religiosos (21, 45-46; 22, 1). La imagen de los siervos que obedientemente cumplen su encargo subraya la autoridad del rey. Lo mismo el verbo “enviar” (21, 34. 36-37). A Dios se le designa como “Aquel que ha enviado” a Jesús (10, 40; 15, 24) y a Juan (11, 10, empleando a Mal 3, 1). También Jesús tiene autoridad para enviar (10, 5. 16; 13, 41). El verbo “llamar” no solo subraya la autoridad del rey, sino que además recuerda la llamada de Dios a Jesús para que realice sus planes salvíficos (1, 21. 23; 2, 15). Al ser enviados, los siervos extienden la llamada de Dios.

Pese al gran privilegio que supone la invitación real, los que la reciben no corresponden a ese honor ni reconocen la autoridad del rey, sino que encima lo desairan públicamente. Como el segundo hijo, dicen “sí” pero no van (21, 30). “No quisieron acudir”.

El v. 4. El rey, en un gesto generoso pero improbable, les manda un nuevo aviso. “Envió todavía otros siervos: Digan a los invitados: Miren, he preparado mi banquete; ya han matado terneros y cebones, y todo está dispuesto; vengan a la boda”. La mención de abundante y excelente comida atestigua una bondad generosa (20, 15). Pero los invitados rechazan la bondad del rey, así como su autoridad.

Los vv. 5-6. No contentos con desairar de nuevo a su señor, esta vez algunos de los invitados emplean gran violencia (21, 35-39), multiplicando su culpa. “Pero ellos, sin hacer caso, se fueron unos a sus campos, otros a sus negocios. Y los demás agarraron a sus siervos, los maltrataron y los mataron”. Van a ocupaciones diarias (campos, negocios) sin hacer nada caso de la invitación del rey. No muestran interés en beneficiarse de su bondad. Y en una sorprendente escalada del conflicto, algunos maltratan a los siervos (8, 6) y los matan (21, 46). La violencia aguarda a los profetas (5, 10-12; 23, 29-31. 37), a Jesús (16, 21; 17, 22-23; 20, 17-19; 26; 27) y a los discípulos (10, 16-25; 23, 34).

El v.7 presenta la reacción del rey. Con su violenta respuesta, equivalente a insurrección, causan su propia desgracia. “El rey, encolerizado” (18, 34, otro rey en justa ira), “envió” (22, 3. 4) “sus tropas, destruyó a aquellos asesinos e incendió su ciudad”. El conocimiento de ciertas costumbres imperiales, de acontecimientos históricos y de tradiciones religiosas indica que este pasaje interpreta (o tiene como trasfondo) la destrucción de Jerusalén por Roma en 70 d. C., como un castigo de Dios a causa del rechazo de Jesús, su Hijo o agente (1, 21; 21, 12-13. 18-19. 41; 27, 25).

Los vv. 8-9 prosiguen con la reacción del rey. Pero esa acción punitiva no significa que el rey haya acabado con la ciudad. “Luego dijo a sus siervos: La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos” del honor de que habían sido objeto, puesto que rechazaron la invitación. Los dirigentes religiosos no son dignos porque no viven en la obediencia con acciones que reflejen arrepentimiento (3, 8: “dignas de arrepentimiento”), porque no “reciben” ni “escuchan” la proclamación del reinado de Dios (10, 13-14) y porque no “toman su cruz y siguen” a Jesús (10, 37-38; 21, 32. 37-39).

“Vayan, pues, a los cruces de los aminos y, a todos los que encuentren, invítenlos al banquete de boda”. Al acudir, los miembros de la élite son reemplazados por gente de las clases sociales bajas, no de distinto origen étnico. El vocablo “invitar” se debe entender como llamada a participar en los planes salvíficos de Dios (22, 3). Este envío de más siervos a todos indica la misión de la ekklêsia como cuidadora de la viña (20, 25-28; 21, 43). Su misión es mandato de Dios. Los “cruces de los caminos” eran lugares donde frecuentemente los mendigos desarrollaban su vergonzosa actividad (Eclo 40, 28-30). La apertura al mensaje no se encuentra en los corredores palaciegos, en las grandes casas, en los templos ni lugares de reunión urbanos de la poderosa élite, sino en los márgenes, entre los pobres.

El v. 10 es la tercera salida. Esta vez no es estéril. “Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala de la boda se llenó de invitados”. La reunión de “todos los que encontraron” podría incluir gentiles, hombres y mujeres, de todos los estratos socioeconómicos, especialmente personas pobres. Se subraya la indiscriminación de carácter étnico (“buenos y malos”). En las parábolas de Mt 13, la misión y la comunidad de discípulos incorporan el trigo y la cizaña (13, 24-30), “los que hacen lo que no es lícito” y los justos (13, 40-43), los malos y los rectos (13, 48-49; “justos e injustos” en 5, 45). No es ahora tiempo de separar a los buenos de los malos. Esa tarea no corresponde a la comunidad de los discípulos, sino a Dios en el juicio.

Los vv. 11-13. “Al entrar el rey a ver a los invitados y ver a uno que no levaba traje de boda; (v.11) le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado aquí sin traje de boda?” (v.12). La falta de una vestimenta adecuada, pese a la condición de las personas invitadas, es un serio agravio. No lleva el atuendo que requiere esa ocasión. El vocablo “amigo” tiene la connotación de reproche como en 20, 13. “Dijo entonces el rey a los servidores: Atenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (v.13).

La usencia del traje de boda indica incapacidad para apreciar y honrar la autoridad y bondad del rey. Quien tiene ese fallo es el “malo”, que no se comporta ni vive de manera adecuada a su condición de invitado del rey. El lenguaje corresponde a las escenas de juicio: “atar” (13, 30), “tinieblas de fuera” (8, 12; 25, 30) y “llanto y rechinar de dientes” (8, 12; 13, 42. 50; 24, 51; 25, 30). En 13, 41-42. 49-50, los ángeles separan a los falsos discípulos. Ello es el resultado de no aceptar a Jesús, de no creer en él o de no llevar a la propia vida su predicación (8, 10-12; 13, 3-9. 18-23. 36-38). En realidad, este invitado ha cometido el mismo tipo de agravio que los dirigentes que no honraron la invitación, por lo cual sufre el mismo destino.

c) La conclusión (v.14). Jesús concluye la parábola con un comentario: “Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. La oportunidad de participar en los planes salvíficos de Dios es ofrecida a “muchos” (como en 22, 3-4.9), pero “pocos” (7, 13-14) se aprovechan del camino arduo y estrecho. Ser llamado y escogido significa honrar a Dios (22, 37-39) y hacer su voluntad (7, 24-27; 12, 46-50) hasta el final.

La parábola alude a castigo no sólo impuesto a la élite religiosa por rechazar los planes de Dios en Jesús, sino también infligido a los discípulos. La escena final (22, 11-14), sin paralelo en las dos parábolas anteriores (21, 28-46), sirve para avisar y animar al público. Como el hombre sin traje de boda, esas personas han escuchado la llamada y acudido en respuesta a ella. Pero si no honran debidamente al rey, acabarán siendo excluidas. El grupo de seguidores de Jesús queda así advertido de que responder a la llamada es solo el comienzo de una vida comprometida con los planes de Dios, y de que es necesario ser fiel y dar fruto de manera continua (21, 23). No hay lugar para la jactancia y la ufanía. El juicio aguarda también a la comunidad de discípulos.

Por último. En su contexto histórico, la parábola está dirigida a los líderes religiosos judaísmo fariseo después del año 70, quien está en polémica con el movimiento de Jesús (judeocristiano). Este judaísmo rechazó a Jesús antes y después de su muerte. Ello da pie a que el movimiento de Jesús, que hunde sus raíces en el judaísmo mismo, forme una comunidad en torno a Jesús. Sin embargo, el rechazo del judaísmo no le da al movimiento de Jesús garantías, ni privilegios. Ahora, esta comunidad, debe vivir de acuerdo con la nueva oportunidad que ha encontrado, ese es el sentido del “traje de boda” (22, 11): han entrado en la fiesta tras haber estado vagando por “los cruces de los caminos” (22, 9). En otras palabras, esta parábola constituye la advertencia a la comunidad cristiana, a que revise, si tiene “el traje de boda”, o está pensando que por llamarse la ekklêsia de Jesús ya tiene todo garantizado. 

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