
Cooperativismo y Valores Evangélicos
por: Pbro. José M. Tojeira
Cooperar, en su sentido etimológico, es trabajar juntos. Y los cooperativistas son personas que
deciden trabajar juntos compartiendo igualitariamente los sudores y los frutos de los mismos.
Frente a la avaricia, el acaparamiento y la acumulación de poder individual desde la abundancia
de bienes, el cooperativismo piensa más bien en compartir, en redistribuir equitativamente y en
producir teniendo en cuenta el bien común. La vida del ser humano, el desarrollo de sus
capacidades desde la mutua ayuda son parte fundamental de esta forma de trabajo productivo y
compartido.
La desigualdad, la explotación, el abuso de autoridad no tienen cabida en este estilo solidario de
vida y trabajo. La ley del más fuerte se transforma en la fuerza de la colaboración y el apoyo
mutuo. En un mundo en el que la exclusión es demasiado frecuente, el cooperativismo promueve
la inclusión y genera desarrollo para muchas personas que de otra manera no saldrían nunca de
la pobreza.
El P. Ellacuría habló con frecuencia de la necesidad de una nueva civilización. Frente a la
civilización del capital, hablaba de la civilización de la pobreza, porque sabía que los pobres
sabían mejor que nadie lo que era la solidaridad. Creía en una civilización construida sobre el
trabajo como medio para la satisfacción de las necesidades y como medio también de desarrollo
humano de las propias capacidades. El cooperativismo es parte de esa cultura solidaria que en
medio de un mundo demasiado comprometido con el individualismo y el egoísmo, presenta
nuevas posibilidades civilizatorias. En esta sociedad líquida, en la que se disuelven y desaparecen
las antiguas formas de solidaridad y cohesión social, el cooperativismo continúa presentando
caminos de esperanza. Es cohesión social en su dimensión más pura. Desde el pensamiento
cristiano podemos advertir que el cooperativismo se mueve en el ámbito de la solidaridad. Es
signo profético, en un contexto histórico de largo plazo, del advenimiento de un tipo de sociedad
en la que la igualdad en dignidad y en responsabilidades, derechos y deberes, serán reales para
todos. Si tuviéramos que aplicar a una asociación productiva el pasaje evangélico en el que Jesús
le dice a sus discípulos que el que quiera ser el mayor entre ellos sea el servidor de todos, no
sería difícil aplicarlo a una sociedad que se rija por los principios organizativos del cooperativismo.
El apoyo mutuo, la igualdad de deberes y derechos, la solidaridad extendida a la familia y a la
comunidad, la equidad en el reparto de los excedentes, la toma de decisiones en democracia
directa, son valores universales, muchos de ellos impulsados en la historia por la tradición
cristiana. No es raro en ese sentido que en América Latina los agentes eclesiales que han
impulsado el desarrollo hayan recurrido con frecuencia a la creación y apoyo a cooperativas,
especialmente en medios populares. “La cooperativa -decía hace poco el Papa Francisco- logra
combinar la lógica de la empresa y la de la solidaridad”. Frente a un capitalismo salvaje que con
frecuencia domina vastos sectores de América Latina, el cooperativismo es un instrumento
fundamental en la tarea de domesticar los conceptos e ideas que tienden a promover un egoísmo
económico que con frecuencia genera una tendencia a la apropiación salvaje y egoísta de bienes
que pertenecen a todos. La relación de la destrucción del medio ambiente con el capitalismo
salvaje desaparece en la cooperativa, empeñada en conservar sanamente sus propios medios de
producción.
El pensamiento social cristiano desarrolló desde muy pronto la idea del destino universal
de los bienes. Si el ser humano como especie, estaba destinado a poner nombre a todas las
realidades del mundo, es evidente que debía disfrutar de todas ellas, por supuesto sin dañarlas.
Si los bienes de la tierra tienen un destino universal, compartir tiempo, recursos, esfuerzos,
conocimientos, ganancias, alegrías por el trabajo realizado y esperanza de una vida digna
compartiendo la amistad social, es un modo ideal de coherencia con esa realidad creada que
decimos que es común. Poner nombre a las cosas es humanizarlas y hacerlas parte de la cultura
y la convivencia humana. El cooperativismo multiplica la humanización de lo creado al disfrutarlo
comunitaria y solidariamente.
La conversión y el cambio social que apunta hacia el reino de Dios están en el fundamento
de la ética cristiana. Sin embargo el cambio social difícilmente se produce si no va acompañado
de una nueva cultura. Frente a la cultura egoísta del capital, tan extendida en el mundo en que
vivimos, el magisterio de la Iglesia habla de la civilización del amor, de la amistad social, de la
convivencia fraterna y solidaria.
El cooperativismo es semilla y comienzo de esa nueva cultura repensando incluso los conceptos
de bienestar y desarrollo. Un bienestar que no dilapida bienes, que no destruye la naturaleza, que
no daña el entorno, que sabe combinar desarrollo, austeridad y solidaridad. Cuando el clero
salvadoreño crea su propia cooperativa, muestra su coherencia cristiana, su sentido de cuerpo
solidario y su capacidad de crear cultura e instituciones que le permitirán aumentar su seguridad
básica y lanzarse con mayor entusiasmo a crear esa cultura cristiana y evangélica de la entrega generosa al prójimo, fuente verdadera de desarrollo y bienestar para nuestro país.
