Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 22, 14 – 23, 56

Lucas estructura el material de Marcos más el suyo propio, en dos capítulos. Su finalidad es elaborar el relato de la muerte violenta de Jesús.

El evangelista lo hace en tres partes diferenciadas, en las que desarrolla su comprensión personal de lo que este acontecimiento representa. Estas son: a) La última cena y el pequeño discurso de despedida, que encierra las enseñanzas fundamentales de Jesús y su deseo de cómo quiere que entiendan su muerte y cómo deben vivir los discípulos entre ellos (22, 1-38); b) la oración del huerto, a la que siguen el apresamiento y los interrogatorios ante el Sanedrín, Pilatos y Herodes (22, 39 – 23, 25); y, c) la crucifixión, muerte y sepultura (23, 26-56). Lucas presenta a Jesús como el prototipo del mártir inocente.

Lucas califica el accionar conspirativo de las autoridades como la “hora y el poder de las tinieblas” (22, 53), al tiempo que comienza con la traición de Judas y el prendimiento de Jesús por los sumos sacerdotes y los escribas en Getsemaní (22, 3.53). Existe una relación estrecha entre la desaparición de Satanás en 4, 13 y su reaparición en 22, 3 como agente en la pasión.

Entre esas dos menciones sobre la intención de acabar con Jesús por parte de las autoridades judías, Lucas sitúa el relato de la última cena, en cuya elaboración emplea tradiciones marcanas y otras afines a Pablo (1Cor 11, 23-25). Enfatiza el significado sacrificial de la muerte de Jesús (22, 17.20), en el paralelismo entre el pan partido y el cuerpo de Jesús destrozado y el aspecto de servicio y humillación (22, 27.37), y el nacimiento de un pueblo liberado. En el discurso de despedida, Lucas enfatiza que los discípulos deben dar la vida por los demás como él lo hizo, que la organización del grupo debe estar cimentada en el servicio, no en el poder (22, 24-27).

Lucas elabora un relato más corto de la oración en Getsemaní. La oración tan importante en este evangelio queda subrayada al introducir el consejo: “oren para que no caigan en tentación” (22, 40. 46). La oración pinta a Jesús en un combate intenso, agónico con Dios, hasta hacerle sudar sangre, recordando a Elías (1Re 19, 1-18). La respuesta que encuentra Jesús es descrita en forma de ángel que le conforta. Se comprueba que Jesús no quería morir, pero es mucho más importante la entrega al proyecto de su Padre que su propia vida.

En el prendimiento, Lucas trata de idealizar la imagen de los discípulos, suaviza sus fallos, la negación de Pedro es reparada de forma inmediata. Es muy importante el gesto de Jesús, que le vuelve a mirar y le lleva al arrepentimiento y a la salvación (23, 61). Ese gesto, que Lucas introduce, junto con la promesa que le ha hecho Jesús de rezar por él (23, 31-34), asegura a la comunidad lucana la asistencia de Jesús en los momentos de dificultad y su disponibilidad al perdón. Esta idea volverá a subrayarse en la cruz.

En la comparecencia ante las autoridades romanas y judías, Lucas subraya la complicidad de unos y de otros, aunque parece que tiende a exculpar a las romanas, ello tiene una finalidad retórica, la comunidad lucana busca sobrevivir en el imperio romano, pero reconoce el carácter despótico de las autoridades imperiales, quienes habiendo podido defender al inocente, acaban entregándolo a los verdugos (23, 24-25). Asimismo, Lucas enfatiza que estas autoridades acusan a Jesús y lo declaran culpable de soliviantar al pueblo aconsejando no pagar el tributo al César y de proclamarse el Cristo Rey (23, 2).

La crucifixión, muerte y sepultura. La muerte de Jesús es menos traumática que la versión de Marcos y de Mateo. Esta es aquí oración de confianza (23, 46). La última palabra que Jesús dice está dirigida a Dios como Padre, al igual que lo fue en 2, 49. Se trata de una interpretación teológica de la muerte de Jesús, cercana a la comprensión joánica. Esta muerte representa la soberanía de Jesús, que queda subrayada en la aceptación y dirección de los acontecimientos, en el perdón a los que le crucifican (23, 43) y en las palabras al buen ladrón, a quien promete el paraíso (23, 43). En la sepultura de Jesús Lucas subraya el papel positivo de José de Arimatea (23, 50-52), hombre bueno, que se había opuesto a la decisión del Sanedrín y tuvo el valor de enfrentarse a Pilato para pedir el cuerpo de Jesús.

Lucas deja constancia que Jesús es asesinado por las autoridades judías y romanas, quienes habían visto en él a un impostor y soliviantador social. Deciden su muerte, sabiendo que es inocente y creen que así están defendiendo los intereses del dios de Ley, del templo y del emperador. Pero también Lucas da su interpretación teológica de este hecho histórico. La muerte de Jesús es la encarnación del justo sufriente, del siervo de YHVH, del Hijo de Dios obediente a su Padre. A pesar de que siente que su Padre le abandona en los momentos difíciles, él no desiste en confiar en su Padre. Es esta filiación obediente la que desenmascara la arrogancia y violencia asesina de las autoridades judío-romanas.

Las palabras que Lucas ha conservado en el relato de la pasión pueden ayudar a adoptar una postura profética ante esta realidad de hoy. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (23, 34). ¿Cómo perdonar en tiempos de tanta violencia?

Jesús, ante la barbarie y el pecado, pide perdón. Jesús convierte su crucifixión injusta en perdón. Esta es una de las enseñanzas de la pasión: la violencia fruto de la injusticia no se controla con más violencia, sino con el perdón a los verdugos, y con la erradicación de las causas que origina esta violencia: el pecado que está en el corazón del ser humano. La petición de perdón por parte de Jesús hacia quienes le estaban crucificando, es un gesto de compasión con los verdugos, cuyo problema esencial es que no saben lo que hacen: son ignorantes. Con esta súplica de perdón, Jesús transmite su convicción personal: la misericordia de Dios no tiene fin.

Lucas transmite las últimas palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (23, 46). A pesar de su angustia en Getsemaní (22, 44), él mantiene hasta en los momentos difíciles la confianza en su Padre. Nada lo ha podido separar de este amor, que al final de su vida todo lo dejado en sus manos. Mientras tanto, el Padre calla, pero romperá el silencio resucitándolo.

Ciertamente este hombre era justo” (23, 47). La contemplación del Crucificado y de las causas del porqué le habían asesinado, el centurión hace una confesión de fe contundente: Jesús, el Crucificado, es el justo. No debió haber sido muerto así, no era necesario para hablar del amor de Dios, puesto que ya lo había hecho con su vida.

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