
Padre Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 11, 25-30
El texto se divide en tres partes: La primera una oración de alabanza (vv. 25-26). En ella Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque ha preferido esconder “estas cosas” a los “sabios y entendidos” y las ha revelado a los “sencillos” (Is 29,14).
El v.25. La frase inicial, “en aquel tiempo”, conecta la acción de gracias subsiguiente con el anterior rechazo con los planes de Dios. En la expresión “te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra”, Jesús combina varios títulos familiares que subrayan el papel soberano de Dios. El cielo es la morada de Dios (Mt 5, 16.34; 6, 9), dada a conocer mediante revelación (3, 16), el lugar donde se hace la voluntad divina (6, 10), el origen del reinado de Dios manifestado en Jesús (3, 2; 4, 17). La tierra es el escenario donde tiene que hacerse su voluntad salvífica de Dios (6, 10).
Jesús explica su razón de dar gracias: porque has ocultado estas cosas a los sabios es inteligentes. En el contexto, “estas cosas”, hace referencia al significado de la obra de Jesús (11, 2.19) como expresión de su encomienda divina de manifestar el reinado y la salvífica presencia de Dios (1, 1. 17. 21-23). Dios ha ocultado la identidad y el papel de Jesús, por lo cual los sabios e inteligentes no acogen sus planes. ¿Por qué ha hecho Dios esto?
La expresión sabios e inteligentes evoca una tradición crítica de los que, como a menudo los dirigentes y la élite, se niegan a reconocer los caminos y metas de Dios (Is 29, 9-24). No temen a Dios ni se muestran humildes ante Él (Prov 3, 5-7). Refractarios a la revelación divina, centran sus esfuerzos en reforzar el control que ejercen y fomentar sus propios intereses. Aunque “has ocultado” subraya el papel de Dios, o deja de haber responsabilidad humana. ¿Quiénes son los refractarios a la revelación divina en Mateo? La élite política (2; 10, 18) y religiosa (3, 7-10; 9, 34; 10, 17; 11, 19), que no reconoce a Jesús como agente de Dios. Pero tampoco lo hacen algunas multitudes (9, 24), ciudades (11, 20-24) y familias (10, 21. 35-36).
Lo opuesto de esa ocultación, y la segunda razón para dar gracias, es que “esas cosas se las ha revelado a los pequeños”. Aquí los pequeños son la pequeña comunidad de discípulos que han respondido a la llamada de Jesús (4, 18-22; 9, 9; 10, 1-4.13), han acogido la presencia salvífica y el reinado de Dios. Pequeños es una metáfora de los humildes y los dispuestos a ser enseñados (Sal 116, 6) y de los justos (Sal 19, 7). La metáfora refleja la receptividad a la revelación de Dios y la situación social de marginalidad y vulnerabilidad en que viven los desesperados. En cambio, los sabios e inteligentes, los miembros de una élite ofuscada por el poder, las comodidades y la arrogancia de sus pretensiones, son incapaces de percibir un atisbo de los planes de Dios.
Quienes aceptan el misterio del Reino son aquellos que lo reciben con humildad. La sencillez acompañó a Jesús; y, los sencillos fueron los que más le siguieron. Además de sus discípulos, estos, en su tiempo, también eran los sin tierra y sin techo, los endeudados, enfermos, paralíticos, entre otros.
El v.26 confirma la tesis del v.25: “Sí, Padre pues tal ha sido tu complacencia”. El vocablo complacencia es afín al verbo de 3,17: “en quien me complazco”. A la revelación divina del reinado de Dios, aun siendo un don tan grande, no se le da valor. Esta afirmación confirma que la comunidad minoritaria de discípulos de Jesús (7, 13-14; 9, 37), que va con el paso cambiado con respecto al resto de la sociedad, existe como voluntad de Dios.
La segunda parte, Jesús explica su papel de revelador de Dios. “Mi Padre me lo ha confiado todo”. En el contexto, ese “todo” apunta a la autorización de Jesús como agente de Dios para revelar sus planes salvíficos y su reinado (1, 1. 17. 21-23; 4, 17) y al papel que le ha sido otorgado de juez escatológico (10, 23. 32-33). No hay mención de cómo o cuándo su Padre ha confiado el conocimiento a Jesús, pero lo cierto es se trata de una afirmación polémica. Lo polémico viene por el contexto, dada la cantidad de afirmaciones que había sobre quiénes conocían los designios de Dios. Pero, el versículo ratifica que la revelación definitiva de los planes de Dios se ha efectuado en Jesús (1, 18-25).
Ese conocimiento no proviene de los usuales conductos apocalípticos, sino que ha sido obtenido gracias a una relación única y directa: “Nadie conoce al hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el hijo”. La relación de Jesús con Dios refleja la de Dios con la sabiduría: hay un conocimiento mutuo (Job 28, 12. 23-28; Prov 8, 30; Sab 8, 3-4; 9, 17-18; Eclo 24, 19-23). Jesús es la sabiduría (11, 19). Conocer es una experiencia o encuentro de carácter íntimo (Gn 4, 1). La relación mutua de Padre e Hijo (rara en esta forma incondicional) proporciona la base para la revelación de Jesús. Conocedor de los planes salvíficos y el reinado vivificante de Dios, Jesús los revela en sus acciones y palabras. El Padre conoce a Jesús como su fiel Hijo o agente al que ha encomendado tal tarea.
Legitimado por esa relación, Jesús realiza el cometido de revelación de Dios a todo aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. El verbo griego que subyace aquí a “revelar” es el mismo que se ha utilizado en 11, 25 (apocalîpto). Jesús es el agente de Dios. “Recibir” a Jesús es recibir a Dios (10, 40). Si todo aquel es definido en parte por pequeños de 11, 25, su plena aclaración se encuentra seguidamente, en la invitación efectuada en 11, 28-30.
Y, la tercera parte resuena como una hermosa y evocadora invitación (vv. 28-30). Jesús invita (“vengan a mí”) a encontrar la presencia salvífica de Dios (v.28). El imperativa “vengan” recuerda la llamada a los primeros discípulos (4, 19), presenta analogía con el verbo “seguir” (4, 20) y es sinónimo del verbo “llamar” (4, 21), que denota encomienda. La invitación pide adhesión a Jesús como revelador del reinado divino, refleja la llamada de la sabiduría (11, 27; Prov 8, 1-7; Eclo 24, 19; 51, 23-27) y se dirige a todos (11, 27) los que están cansados/abatidos y agobiados. Dados los ecos de 4, 18-22, Jesús no llama a los que ya son discípulos, sino a otros (todos) a que lo sean también, especialmente a las multitudes laceradas y abatidas (9, 36).
El término griego (kopiôntes) subyacente a cansado/abatido es raro. En Eclo 40,1 hace referencia al “pesado yugo” de la vida diaria y, en general, la versión de los LXX lo relaciona con alguien físicamente molido, magullado o fatigado como consecuencia de trabajo, calor o combate. Suele identificar a los abrumados por el trabajo opresivo o aflicción, el destino humano del que sólo Dios puede salvar. Los cansados/abatidos no son, pues, los oprimidos por la Torá, sino los agobiados por la vida bajo la dominación imperial romana y sus injustas estructuras políticas socioeconómicas. Los afligen las enfermedades y los demonios; el trabajo duro; el pago de impuestos, las tasas y deudas a la élite política, económica y religiosa, y el control de superiores sociales (5, 3-12). Jesús salva del castigo que representa el gobierno romano, estableciendo el reinado de Dios, ahora en parte, y plenamente a su regreso (4, 17).
La promesa de Jesús es “yo les daré descanso”. Tanto Moisés (Ex 33, 14) como la sabiduría (Eclo 6, 28; 51, 27) prometen descanso. Este no consiste en una paz de espíritu existencial, sino en la presencia de Dios entre personas que viven de acuerdo con la voluntad divina revelada y libres de la tiranía de los poderes imperiales (Dt 5, 14). Como descanso es imposible bajo la dominación imperial (Dt 28, 65; Lm 5, 5), la promesa de darlo equivale a asegurar la remoción de ese poder. El fin del gobierno romano está sellado.
La obra de Dios de traer descanso está ya en marcha a través de Jesús (11, 27), el agente de Dios, y quedará completada a su regreso (14, 32). Las curaciones y exorcismos de Jesús anticipan la salud de que se gozará en el reinado de Dios. Sus enseñanzas preparan a los discípulos para vivir una vida que encarne ese reinado, hasta que llegue la nueva creación.
En el v. 29, Jesús repite la invitación con un nuevo imperativo: “Tomen sobre ustedes mi yugo”. El yugo era una medida o balanza (Lv 19, 35) y un instrumento para uncir animales (Nm 19, 2). La mayor parte de la veces la palabra “yugo” se emplea en la Biblia para aludir a la dominación ejercida por gobernantes o por naciones como Egipto, Babilonia, Asiria y Roma. Una vez más, el evangelio recurre a una imagen imperial para denotar el cumplimiento de los planes de Dios.
La invitación de Jesús tiene dos aspectos. Tomar su yugo significa experimentar en sus palabras y acciones la presencia y el reinado vivificante de Dios, que libera de todo y de todos, incluidas las élites políticas que privan al pueblo de la vida justa que Dios quiere para él. Esto significa particularmente liberación del poder de Roma, que será llevada a cabo en el inminente regreso de Jesús (24, 27-31). Segundo, tomar el yugo de Jesús es vivir entretanto en lucha contra ese poder y ya en el reinado de Dios en anticipación de su establecimiento pleno.
Tal reinado crea un modo de vida distinto, alternativo, que se caracteriza por la justicia, no la opresión, y por la liberación, no el sometimiento. Es una vida no natural en el mundo imperial dominado por unos pocos. Jesús la enseña: Aprendan de mí (Eclo 51, 23-26). El verbo aprender es afín al nombre discípulo. Tomar el yugo propuesto significa aprender de las acciones y palabras de Jesús el liberador, revelador (11, 27) y maestro (10, 24) una vida de prácticas, estructuras, prioridades, relaciones y perspectivas alternativas. Es también favorecer su obra liberadora a través de predicación y obras (10, 7-8).
La frase explicativa “porque soy suave y humilde de corazón” dice algo acerca del reinado de Dios y acerca de Jesús el maestro. La palabra griega que subyace a “suave” (praùs) es traducida en 5, 5 como manso (s): los justos desprovistos de poder y humillados que no toman venganza (ni ejemplo) de los malvados recurriendo a la violencia, sino que viven con fidelidad y esperanza, confiando en que Dios los salvará y transformará las estructuras injustas. Humilde es esencialmente un sinónimo: el justo que carece de recursos pero que ha de ser testigo de cómo Dios derriba al rico y al poderoso (Sal 10, 17-18). Jesús es uno de los humildes (21, 5), lo contrario de los malvados y de la élite opresora; es el que manifiesta el vivificante reinado de Dios en tales situaciones. El corazón es el centro de la identidad y adhesión de una persona.
Mediante el aprendizaje de un modo de vida que forma parte de los planes salvíficos de Dios, encontrarán descanso para sus vidas. Esto es una cita de Jr 6, 16, donde se dice que “el descanso se halla en los antiguos caminos…buenos, pero abandonados, que contrastan con la codicia del provecho injusto y las vergonzosas acciones actuales”. Descanso supone aquí el reconocimiento del reinado soberano de Dios y participación anticipada en la realización plena de los planes divinos.
Jesús es el Maestro que puede enseñar lo que significa recibir el Reino (Mt 23,7-8). Su mansedumbre es la prueba de que se ha puesto totalmente al servicio de Dios y se ha sometido sin condiciones a su voluntad soberana de su Padre (Mt 21,5). Es un Mesías-Siervo que no ha abusado de su poder real, sino que se ha solidarizado con los más pobres (Mt 12,18-21; 20,28; 25,31-46). Con su humildad ha renunciado al “orgullo” y a la “violencia”, que impiden la entrada en el Reino (Mt 11,12; 18,2-5; 23,12). Por eso los “sencillos” escuchan su voz y se identifican con sus propuestas, mientras que los “sabios y entendidos”, orgullosos de sí, son incapaces de aceptar su invitación.
Por último, Jesús ofrece una explicación final para buscar descanso: “Porque mi yugo es benigno/bueno y mi carga ligera” (v.30). La frecuente interpretación de “fácil” para el yugo ni es lingüísticamente exacta ni tiene en cuenta el tipo de vida al que Jesús llama a sus discípulos (10, 17-25). Adecuadamente Jesús describe su “yugo”, el establecimiento del reinado de Dios, como “benigno” o “bueno”. Este adjetivo (chrêstos) aparece unas treinta veces en la Septuaginta, por lo general para describir a Dios como bueno o benigno. El yugo de Jesús, el reinado de Dios es, por tanto, benigno y bueno en cuanto que despliega la clemencia, justicia y compasión divinas, y en cuanto que libera a los que están cansados y agobiados najo el yugo cruel de la explotación romana. La instauración del reinado de Dios es vivificante y justa (19, 28). Pero esa carga es ligera por la esperanza del regreso de Jesús (24, 27), cuya presencia y enseñanza la hacen soportable en el ínterin.
