
Pbro. Manuel Acosta
El texto es el prólogo del evangelio de Marcos, y se divide en tres partes: 1) presentación del evangelio (v. 1); 2) Presentación de Juan (vv. 2-3); 3) ministerio de Juan (vv. 4-6); y, 4) presentación de Jesús (vv. 7-8).
El v. 1, “comienzo de la buena nueva de Jesús, el Mesías”, es el título programático del evangelio de Marcos. Es muy discutido, si este fue obra del autor o añadidura o encabezamiento de un escriba posterior cuando ya el término “evangelio” pasó a designar un escrito. La tradición manuscrita posterior agrega “Hijo de Dios”. El epígrafe del evangelio es, por tanto: “Comienzo de la buena nueva de Jesús, el Mesías, hijo de Dios”.
El vocablo “comienzo” (arché) tiene resonancia polisémica: Gn, 1,1 (LXX), “en el comienzo formó Dios…”, el comienzo de la era mesiánica que inicia con Jesús, y refiere tanto al prólogo como a la obra completa. En el conjunto, el vocablo está unido a los vv. 2 y 14-15: “comienzo, del libro, que explica el mensaje (evangelio) de Jesús, el Mesías, a saber, que el Reino de Dios está cerca”. Se concluye, el vocablo indica que algo distinto está originándose, y esto es Jesús, el Reino de Dios, el evangelio y la obra escrita de Marcos.
El concepto “evangelio”, buena nueva (euangelio), en el ambiente grecorromano, en especial en el culto, se utilizaba siempre en plural; y, designaba buenas noticias del cumpleaños del emperador, las noticias de su ascenso al trono y sus victorias militares. En Marcos, el vocablo alude al contenido de la obra, la proclamación de la buena noticia del plan de salvación de Dios por medio de Jesús. Y, por último, indica el sujeto que anuncia: Jesús. Ello en consonancia con los LXX, en que el vocablo es el sujeto y el contenido de la buena noticia. También, en Marcos, el uso del vocablo evangelio es heredero del pensamiento original de Pablo, para designar Jesús y su buena noticia (Gal 1, 8-9; Rm 1, 1. 16-17).
“Jesús” es el nombre real del sujeto y significa salvación o liberación obrada por Dios. Refiere directamente al acontecimiento de la liberación del pueblo esclavo en Egipto, relatada en el libro del Éxodo. Mientras el nombre “Cristo” (mesías) designaba al ungido-enviado que realizaría la obra liberadora de Dios. Marcos pretende así juntar el nombre histórico y el confesado: Jesucristo.
El título “hijo de Dios” tiene trasfondo veterotestamentario, es la decisión libre de Dios designar a Israel su hijo, y que, en este caso, Marcos lo emplea para designar la identidad, originalidad y la experiencia fundante de Jesús. Es la experiencia de Dios por parte de Jesús: Dios lo ha declarado su hijo y Él es su Padre. El título aparece otras veces más en la obra, quien lo va aclarando poco a poco: 1, 1; 3, 11; 5, 7 hasta llegar a 15, 39.
La obra de Marcos está centrada en la persona de Jesús, cuya dignidad de Mesías va a ser vislumbrada al final de la primera parte del evangelio (8, 29). A partir de este momento inicia la revelación del destino sufriente del Mesías (8, 31). Tal desvelamiento culmina paradójicamente con la confesión de Hijo de Dios realizada por el centurión a los pies del Crucificado (15, 39).
La expresión “evangelio de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios” puede entenderse como genitivo subjetivo (la buena noticia que trae Jesús) o genitivo objetivo (la buena noticia que tiene como objeto a Jesús). Parece que aquí hay que entenderlo en este segundo sentido. Es decir, la obra de Marcos narra el inicio del Evangelio que proclama su Iglesia, que comenzó con la vida y el mensaje de Jesús y que tiene como objeto central la persona misma de Jesús proclamado como Mesías e Hijo de Dios.
De este modo, Marcos establece una notable identificación del evangelio con Jesucristo mismo (8, 35; 10, 29). A lo largo de todo su relato Marcos quiere llevar al lector a la comprensión de cómo Jesús es Mesías e Hijo de Dios. La primera parte del evangelio termina cuando Pedro confiesa a Jesús como Mesías (8, 29). La confesión del centurión de Jesús como Hijo de Dios (15, 39) marca la culminación de la revelación del evangelio de Jesús, Cristo, hijo de Dios. Ambas confesiones aparecen en dos momentos claves: antes del anuncio de su pasión y en la muerte de Jesús-Crucificado. Marcos pretende presentar el verdadero sentido del mesianismo y de la filiación divina de Jesús contra malinterpretaciones y confusiones. Él es el mesías sufriente, el hijo de Dios, invitando a sus discípulos a seguirle desde esta identidad.
La segunda parte cita a los profetas (vv. 2-3). La cita atribuida a Isaías, combina, según técnica judía, un texto de Mal 3, 1 con otro de Is 40, 3. Si se consulta el AT, se descubre que para Malaquías el mensajero que debe preparar los caminos de Dios es Elías (Mal 3, 23), cuyo regreso era una esperanza viva en el judaísmo. Al citar Is 40, 3, Marcos sigue la traducción griega de los LXX, que se aleja un poco del texto hebreo. Mientras el AT habla de preparar el camino de YHVH/Dios, Marcos habla de preparar el camino del Señor Jesús. Dicho “camino”, en este evangelio, pretende indicar que los acontecimientos liberadores del éxodo (Ex 23, 20), se repiten con la acción del Mesías-Jesucristo, hijo de Dios
Juan Bautista (vv. 4-8) aparece en el desierto y con un aspecto similar a Elías (ver Mc 1, 6 con 2Re 1, 8). El vocablo desierto se refiere a las estepas semideshabitadas y designaba al pueblo de Israel en el desierto, quien tenía que caminar hacia la liberación y alianza definitiva con Dios antes de entrar a la “tierra prometida”, en el caso de Marcos, pasar por el desierto, donde vivían los pobres, para entrar en el Reino de Dios (Mc 1, 15).
La predicación de Juan tiene dos aspectos fundamentales: llama a la conversión (vv. 4-6) y anuncia a “uno” que viene detrás pero que es más fuerte que él y que bautizará con Espíritu Santo y no simplemente con agua (vv. 7-8). La expresión “más fuerte que yo” alude primero a Dios y posteriormente a su mesías, sin identificarlo porque según Juan aún no había aparecido. Pero para la comunidad de Marcos y sus lectores, el más fuerte es indudablemente Jesús. Su fuerza radica en la debilidad de hijo y en su obediencia al Padre.
Así, el autor del evangelio da paso a Juan y este da paso a Jesús. De esta manera Marcos sostiene que lo propio del discípulo de Jesús es dar paso al Jesucristo, porque Dios siempre está pasando.

