Tercer Domingo de Adviento / Domingo Guadete Anotaciones al texto de Jn 1, 6-8. 19-28

Pbro. Manuel Acosta

El texto forma parte del prólogo del evangelio de Juan. La primera parte (vv. 6-8) presenta el testimonio de Juan el Bautista. La segunda está constituida por el diálogo entre Juan con los sacerdotes y levitas enviados por los judíos jerosolimitanos (vv. 19b-23). Estas primeras dos partes están unidas por el tema del testimonio (marturi,a) de Juan (vv. 6-8. 19a). La tercera es el diálogo entre Juan Bautista con los enviados por los fariseos (vv. 24-27). Y, la cuarta parte es una indicación topográfica de la escena (v. 28).

La primera parte describe la primera presentación detallada del Bautista: “Hubo un hombre enviado por Dios”. Dicha frase indica que Juan forma parte del plan de Dios; su misión es anunciar el sentido de los acontecimientos decisivos con la venida de Jesús, el Logos (Palabra) de Dios. Tanto el anuncio como la llegada del Logos, Juan la realiza mediante el testimonio (marturi,a). Este término perteneciente al lenguaje jurídico procesal señala que de entrada la venida del Logos (Jesús) va a suscitar un conflicto de interpretación.

La primera demostración interpretativa del Bautista comprende dos argumentos. El primero la “luz”. En el texto, la luz, en labios de Juan, designa a Jesús. Él es la presencia liberadora y vivificadora de Dios en el mundo. Y el segundo es que dicha declaración cristológica, se formula bajo la forma de un testimonio que llama a la fe. Eso significa que la relación con la luz, presencia liberadora de Dios, sólo se vuelve acontecimiento en la fe. La luz solo puede ser reconocida en la fe. Dicha fe no es privilegio de una élite. “Todos” son llamados a la fe. La luz es gracia.

El v. 8 establece el criterio. El Bautista es el que da testimonio de la luz y Jesús es la luz, con artículo. Ello excluye otro tipo de luces que puedan existir. Para el testigo, en su comportamiento, solo existe la única luz: Jesús. El Bautista no tiene un papel salvador específico; su única pero importante misión consiste en ser testigo. Esta temática será retomada en los vv. 19-28.

La segunda parte (vv.19-23) narra el testimonio de Juan. El v. 19 da título al conjunto: testimonio. Este comprende dos aspectos. Uno, según el evangelio de Juan, el testimonio del Bautista tiene como único contenido el testimonio dado a Jesús; y, dos, la categoría de testimonio señala que la significación de la persona de Jesús no puede establecerse objetivamente. Solo puede transmitirse en el modo de la confesión y únicamente puede recibirse en la fe.

Los “judíos”, los de Jerusalén, son la instancia que desea escuchar al Bautista. Este término no designa aquí al conjunto del pueblo judío, sino a sus autoridades oficiales. Estas envían una delegación de “sacerdotes y levitas”, representantes del mundo del Templo y de su culto. El que interviene es, por tanto, el poder religioso jerosolimitano, representado por los especialistas de la pureza levítica. La pregunta “¿quién eres tú?”, no tiene que ver con la predicación o con la práctica de Juan, sino con su identidad.

Los vv. 20-21 informan del testimonio negativo del Bautista. La formulación “él confesó, y no negó; confesó”, indica que el testimonio es presentado como una declaración oficial en el marco de un proceso jurídico. Los verbos “reconocer” y “negar” tienen connotación pública de la fe ante las autoridades, de modo que Juan aparece aquí como el “primer cristiano”. Él es discípulo. Las tres negaciones (“yo no soy el Cristo”, “no lo soy”, “no”) establecen una distancia entre el Bautista y las expectativas tradicionales judías.

La primera rechaza establecer un vínculo entre la esperanza mesiánica judía y su persona. Este desmentido tiene sentido tanto en tiempos de Jesús como en el de las comunidades judías, que rechazaban una sobrevaloración mesiánica de Juan en los círculos bautistas. La segunda y tercera negación tienen a la vista otras dos figuras del mesianismo judío. La de Elías redivivus, cuyo regreso debía anunciar la venida última de Dios para el juicio. La referente a el Profeta alude a Moisés (Dt 18, 15). Este debía señalar el final de los tiempos. Con este triple desmentido, Juan el Bautista niega ser el portador de la salvación de Dios.

Los vv. 22-23 formulan el papel positivo del Bautista. Al v. 22 que describe la misión confiada a la delegación enviada para interrogarlo, sucede la respuesta del v. 23, que cita a Is 40, 3. Los sinópticos emplean esta cita como prueba escriturística, aquí está puesta en labios de Juan y expone el contenido de su predicación: el Bautista se auto comprende como la voz que grita en el desierto. Él es un testigo, un heraldo que remite a otro. El desierto es el lugar donde Dios volverá a encontrarse con su pueblo. La misión de Juan se formula en la segunda parte de la cita: “allana el camino del Señor”, expresión que indicaba la preparación necesaria para una procesión religiosa o para la recepción de un potentado. Por “Señor” hay que entender aquí el Jesús joánico, y no Dios; es sobre la persona de Jesús, sobre la que el Bautista atrae la atención al lector actual.

La tercera parte (vv. 24-27). El v.24 es el principio de un nuevo diálogo, iniciado por una nueva delegación compuesta por fariseos. Estos, los fariseos, eran la autoridad que dirigía la sinagoga después del año 70. La segunda pregunta (v. 25) refiere al bautismo de arrepentimiento que él administra, con connotación mesiánica. A diferencia de los sinópticos (Mc 1, 8), Juan no contesta apenas a esta oposición clásica entre “bautismo de agua” y “bautismo de Espíritu Santo y fuego”. Él remite a la presencia misteriosa de una persona. La frase “yo bautizo con agua” muestra que este no tiene significado especial, sino que es el punto de apoyo que permite presentar al verdadero bautista: Jesús.

Dicha identidad es profundizada en los vv. 26b-27. Juan remite a una persona cuyo nombre no desvela. El lector comprende que se trata de Jesús. Este testimonio en clave de incognito explica la concepción joánica de la revelación. El Bautista conoce la verdadera identidad de Jesús, pero gracias a un don divino. En cambio, las autoridades de Jerusalén no pueden conocer a Jesús, pues son rebeldes frente a la actuación de Dios. El testimonio de Juan continúa en el v. 27 bajo forma de dicho. En efecto, él ni siquiera es digno de hacer a Jesús el servicio que presta un esclavo a su amo. La función retórica de este argumento es subrayar que Juan reviste únicamente la función de testigo.

La cuarta parte es la indicación topográfica (v.28). Esta indica que el testimonio de Juan es incontestable y objetivo. El testimonio que Juan hace de Jesús es lo que importa al lector y que dicho testimonio no conoce fronteras, puesto que Jesús es la luz que ilumina a toda persona. El texto está buscando testigo de la luz, más no predicadores de esta.

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