
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 8, 1-11
El quinto domingo de cuaresma da paso al evangelio de Juan. Este pasaje tiene sabor lucano puesto que no pierde de vista la experiencia de la misericordia con los vedados por la Ley judía. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11).
El texto posee tres partes: a) La primera: Jesús enseña en el templo (8, 1-3). Él “se sentó y se puso a enseñarles” (v.2). Estos versículos fijan el marco topográfico y cronológico del relato. Jesús se va al monte de los olivos para pasar la noche. Al llegar la madrugada, regresó al templo para enseñar. Su posición sentada es de maestro. Esta figura determina el género de la narración: se trata de una enseñanza.
La enseñanza de Jesús es interrumpida por la irrupción de los “escribas y los fariseos”, que llegan para someter a su juicio un caso. Traen a una mujer sorprendida en evidente adulterio para que sea juzgada. Como indica el vocablo “adúltera”, se trata de una mujer casada. En cambio, el texto no menciona quién la ha sorprendido in fraganti, ni quién es su amante, ni la reacción del marido. La atención del relato se focaliza en esta mujer colocada en el centro.
b) La segunda parte: el juicio público a la mujer y diálogo de Jesús con los acusadores (8, 4-9). La acusación dirigida contra la mujer es que los escribas y fariseos la han sorprendido en flagrante adulterio (v.4). El v.5 recuerda que, en la Ley de Moisés, el decálogo proscribe el adulterio (Ex 20, 14): la pena prescrita en caso de infracción es la muerte (Dt 22, 22; Lv 20, 10) por lapidación (Dt 22, 23-24). Los acusadores piden a Jesús un veredicto: “¿Tú qué dices?” (8, 5).
Fingiendo reconocer en Jesús un maestro, los acusadores persiguen un objetivo preciso (v.6a). Proponen a Jesús un dilema para ponerlo en un grave compromiso: o bien Jesús respeta la Ley y entonces reniega de su misericordia para con los humildes, o bien mantiene su misericordia para con los humildes y entonces viola la Torá. Esta forma de usar la Torá, por parte de los escribas y fariseos, es perversa, pues se propone perder al ser humano, en este caso a la mujer y a Jesús, en lugar de articular una relación misericordiosa con Dios.
La respuesta de Jesús a los escribas y fariseos es en dos tiempos. El primero es un gesto silencioso: “se puso a escribir con el dedo en la tierra” (v. 6b). Con su silencio y su actitud, indica que se ha dado cuenta de las intenciones de sus adversarios y que se niega a participar del juego. El texto no proporciona el sentido del gesto y nada dice sobre qué es lo que Jesús escribe en el suelo. Lo cierto es que en el comportamiento de Jesús hay una actitud distante respecto a abordar la cuestión tal como quieren sus adversarios.
El segundo momento, ante la insistencia de sus interlocutores (v.7a), Jesús se incorpora y les dirige estas palabras célebres: “Aquel de ustedes que esté libre sin pecado, que tire la primera piedra” (v.7b). Esta respuesta está basada en el libro del Dt 13, 10-11; 17, 5-7: en caso de lapidación, el testigo del crimen contra la Torá tiene derecho a tirar la primera piedra. Pero Jesús reinterpreta la prescripción de la Escritura: solo posee este derecho el que está sin pecado.
1La respuesta de Jesús busca restablecer el sentido auténtico de la Ley. El que exige una aplicación rigurosa de la Ley debe igualmente aplicársela a sí mismo. El acusador se convierte en acusado. Ha vuelto a entrar en la categoría de los pecadores, y ya no está en condiciones de utilizar la voluntad de Dios para condenar a su prójimo. Al inclinarse de nuevo y ponerse otra vez a escribir en el suelo (v.8), Jesús subraya que su declaración es inapelable y que no puede ponerse en discusión.
La retirada de los acusadores (v.9) simboliza su derrota. Uno tras otro, empezando por los más ancianos y los más respetados, cada uno de ellos va descubriendo que él también, al igual que la mujer, está en pecado y, por consiguiente, que no se halla en condiciones de juzgar al prójimo. Finalmente, Jesús y la mujer son los únicos que permanecen en escena: Quedan solo los dos, la miseria y la misericordia.
La conclusión del relato (vv. 10-11) narra el encuentro de la mujer con Jesús. Él se incorpora y se dirige por primera vez a ella, para preguntarle, no por su comportamiento, sino por el de sus acusadores. Su desaparición, confirmada por la mujer, significa que se ha retirado la acusación. Jesús se asocia a este veredicto por defecto. Tampoco él condena a la mujer, sino que la invita a aprovechar este momento como una oportunidad para escoger un nuevo camino de vida que ya no comprometa su relación con Dios.
Mientras que los escribas y los fariseos exigían un veredicto de condena y de muerte por el adulterio cometido, Jesús se niega a reducir a esta mujer de la transgresión de la que acaba de hacerse culpable. A Jesús le interesa el futuro de la mujer, menos su pasado. Sin banalizar u olvidar el pecado, por otra parte, constatado, se vuelve hacia el futuro. No solicita ninguna confesión para conceder su perdón. Las palabras finales de Jesús no son, por tanto, laxistas en el sentido en que supondrían permisividad ante el adulterio; por el contrario, constituyen una llamada a vivir a partir de ese momento la fidelidad antes escarnecida.
En resumen, el texto está atravesado en primer lugar por una reflexión sobre la Ley. Esta no puede ser instrumentalizada para tender una trampa a Jesús o para provocar la muerte de una persona, la de la mujer. Su objetivo es más bien permitir la vida, y no destruirla. Nadie puede utilizar la Ley para confundir a su prójimo sin empezar aplicársela a sí mismo. Y, en este caso, todos se descubren transgresores de la Ley.
Pero el ser humano no está condenado a permanecer encerrado en su culpabilidad hasta la muerte, sino que el perdón dispensado soberanamente por Jesús lo libera de este pasado y le abre un nuevo futuro, llamado a convertirse en el espacio de una fidelidad renovada. La misericordia de Dios se caracteriza, pues, por ser mayor que la transgresión.
Mons. Romero dijo: “la dignidad de la persona es lo primero que urge liberar… La ley tiene que ser un servicio a la dignidad humana y no los falsos legalismos con los cuales se pisotea la honradez, muchas veces, de las personas».
