Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Jn 10, 27-30

Después que Jesús ha proclamado el primero de los discursos de (Jn 10, 1-18, y el relato ha descrito las reacciones de los oyentes (10, 19-21), Juan sitúa a sus lectores de nuevo en Jerusalén, en invierno, en el pórtico de Salomón (10, 23). Unos judíos rodearon a Jesús para exigirle que abiertamente dijera si él era el Mesías (10, 24). Jesús evade la respuesta dilemática y contesta con un segundo discurso, que va mucha más allá de lo que le preguntan. Jesús aborda de nuevo el tema del pastor con sus ovejas (10, 25-30). Les afirma, que ellos (los judíos) no creen en su testimonio, ni en sus obras porque no son ovejas de él (Jn 10, 25-26).

El texto litúrgico, Jn 10, 27-30, se enmarca en este segundo discurso, que también provoca reacciones: unos querían apedrearlo y otros decían que era blasfemo, puesto que siendo hombre se hace pasar igual a Dios (10, 31-33). El texto desarrolla un tercer discurso (10, 34-38), que igualmente causa reacciones violentas en los judíos, quienes pretendían capturarle (10, 39).

El v. 27 afirma que las ovejas que pertenecen a Jesús son aquellas que lo escuchan, son conocidas por él y lo siguen. Estos tres verbos subrayan la dimensión del don divino, que precede a toda iniciativa humana. La elección, que hace Jesús por sus ovejas, se concreta en la relación íntima que existe entre el pastor y las ovejas, y que tienen su origen en el ofrecimiento del pastor. Tal elección es ofrecida a todos, que unos aceptan y otros rechazan.

El v. 28 precisa lo que está en juego en esta elección: los “elegidos” reciben en herencia la vida en plenitud; el verbo “dar” en presente indica que se trata de un don que tienen lugar aquí y ahora, pero que permanece válido para siempre, sobre todo a la hora de la muerte natural. Esta seguridad acerca del futuro está apoyada por la promesa que nadie se los arrebatará de las manos de Jesús. La naturaleza del peligro potencial al que se exponen los creyentes no se precisa. El texto guarda silencio sobre este punto, ya que el acento recae en el carácter inuqebrantable de la promesa dada.

El v. 29 está enmarcado por la figura del “Padre” de Jesús, al principio y al final del versículo. El centro de la frase ya no lo ocupa la relación entre Jesús y los suyos, sino la de Jesús con Dios. Construido en paralelo al v. 28, el v. 29 afirma que Dios y Jesús realizan la misma obra. Lo que se dice de Jesús se afirma de Dios: “Nadie puede arrebatar (nada) de la mano del Padre”. Esta repetición tiene valor de fundamento. Al declarar que Dios es más grande que todo, pero vinculando esta afirmación al don que Dios le ha hecho (“las ovejas”), el Jesús joánico certifica que Dios es el garante de la promesa formulada al final del v. 28. De Dios es de quien Jesús obtiene la autoridad que da valor a su acción.

El v. 30 saca la conclusión de lo que se acaba de decir. La unidad de Jesús y su Padre debe entenderse en referencia al v.19. Jesús realiza la obra de Dios por cuanto es su “mano” en el seno del mundo, por cuanto es uno con él. El neutro “uno”, por otra parte, no permite pensar en una unidad de persona que sería incompatible con el monoteísmo judío del Antiguo Testamento, sino que infiere una unidad de acción. La unidad postulada no es metafísica, sino que se concreta en la función de representación. Dicho con otras palabras, esta declaración debe ser situada dentro del marco de la cristología del envío. Punto culminante de esta escena, proporciona la respuesta adecuada a la pregunta que las autoridades plantearon a Jesús a propósito de su identidad mesiánica (v. 24). Jesús es mucho más que el Mesías tal como tradicionalmente se entendía: es el rostro mismo de Dios para el mundo.

La respuesta de Jesús a la pegunta si él era el Mesías retoma argumentos del discurso anterior: sus obras dan testimonio de él; los judíos no han creído en él; ellos no forman parte de su rebaño; y, Jesús termina con la afirmación rotunda de su unión con el Padre: “el Padre y yo somos una misma cosa” (10, 30). Esta afirmación da lugar a una reacción violenta, pues sus adversarios comprenden lo que significa: Jesús, siendo hombre, se hace a sí mismo Dios (10, 33).

Para el judaísmo de la época del texto, se trata de una blasfemia, un atentado contra el dogma central del monoteísmo hebreo. Mientras que, para las ovejas de Jesús, la comunidad de Juan, la expresión, “el Padre y yo somos una misma cosa”, habla del itinerario de la fe del discípulo (oveja) de Jesús, quien es capaz de ver en el ser humano Jesús (el Pastor) al Logos, la Palabra de Dios hecha vida, que estaba junto a Dios. Las obras, que Jesús realiza, dan testimonio de su profunda unión con el Padre.

Esta intimidad de Jesús con el Padre se hace visible en la intimidad que existe entre el Buen Pastor y las ovejas. Una imagen que habla de la calidad y del contenido de las relaciones humanas que debe haber con Jesús y la comunidad y de esta entre sí. Habla del qué, del por qué y del para qué de una relación; habla de todo lo que alguien puede y debe hacer por otro para ofrecerle bienestar y calidad de vida. Esta imagen es perfecta para hablar tanto de la relación entre Jesús y nosotros, como de la realidad actual. Quien quiera saber en definitiva quién es él, cuál es su realidad más profunda, debe contemplar y reproducir las acciones de Jesús el Buen Pastor. Así lo entendió y lo reflexionó la comunidad de Juan.

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