Quinto Domingo del Tiempo de Pascua

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Jn 13, 31-33a. 34-35


El contexto literario del texto es la despedida de Jesús de sus discípulos (Jn 13-17). El relato desarrolla dos temas. Uno sobre su glorificación (13, 31-33) y otro la entrega (testamento) del mandamiento de amarse unos a otros cómo Él ha amado. La práctica de este mandamiento será la señal distintiva de sus discípulos (13, 34-35). El v.31a presenta la salida de Judas, ello da lugar a la constitución de un nuevo grupo, el de los discípulos escogidos que creen en Jesús, llamados a proseguir su obra más allá de su muerte. La cuestión central que Cristo abordará es la fe pospascual. El que pronuncia el discurso nos es solo el Jesús, si no, ahora, el Glorificado.


Los vv. 31b-32 formulan, en estilo himno, la tesis cristológica que domina el conjunto de los discursos de despedida. Esta tesis consiste en la afirmación de la glorificación recíproca de Dios y de Cristo.
Estos versículos tienen una construcción indivisible. Mientras el v.31b evoca, mediante dos afirmaciones paralelas, la glorificación del Hijo del hombre y de Dios, poniendo esta glorificación recíproca bajo el signo del “ahora” escatológico. El v.32, por su parte, basándose en la afirmación del v.31b, habla de una glorificación recíproca, por venir, cuyo agente es Dios (en futuro activo) y que va a ocurrir pronto. Ambos versículos emplean el verbo “glorificar”. En la tradición judía veterotestamentaria, el verbo aparece vinculado a manifestación de la realidad de Dios en la historia y en medio de los hombres. En esta perspectiva, Juan aporta una precisión; las nociones de “gloria” y de “glorificar” deben ser entendidas en el marco del acontecimiento de la revelación cristológica: cuando el Hijo manifiesta su gloria (1, 14; 2, 11; 8, 54; 11, 4), revela la realidad salvífica de Dios en el corazón del mundo. Por tanto, la revelación cristológica es el punto fundante alrededor del cual se articula la glorificación del Padre y del Hijo.


Pero ¿qué glorificación es la que subraya el texto? El v. 31b presenta la glorificación del Hijo del hombre como efectuada en el “ahora” escatológico. Tanto el verbo “glorificar” como el adverbio “ahora” remiten a la muerte del Hijo concebida como elevación junto al Padre. Cristo expresa el sentido de su muerte por venir: la cruz inminente, en la narrativa del evangelio, es el lugar donde el Hijo cumple plena y definitivamente su misión de Revelador, hasta el punto de que se convierte en el espacio por excelencia de la manifestación salvadora de Dios para con el mundo.
El v. 32 inicia en futuro y con ello la mirada se desplaza. La revelación es un acontecer que está por venir (“pronto”). Este futuro no se limita a anunciar la proximidad de la cruz; desvela una dimensión suplementaria de ella: si la cruz es el lugar de la glorificación; el futuro del Crucificado se sitúa en Dios, donde inicia y acaba su trayectoria como Enviado y donde este último recupera el puesto que era suyo desde toda la eternidad (Jn 17, 5). La glorificación del Hijo por el Padre significa que el Hijo, a partir de ese momento ya junto al Padre, permanece siendo la figura de Dios para el mundo durante la época pospascual.


Así visto, el marco hermenéutico de los discursos de despedido queda trazado: la cruz, ya cierta, no es un déficit, sino la manifestación consumada de la realidad de Dios (v. 31b). La desaparición del Hijo, por tanto, no pone fin a su función como Revelador. Durante la época pospascual, inminente, Cristo sigue siendo el lugar de la manifestación de la gloria de Dios.
El v. 33 formula la implicación antropológica de la tesis cristológica del vv.31b-32. La glorificación de Cristo entraña la necesaria separación de los discípulos. Los destinatarios son llamados “hijitos”, que designa la pertenencia a una nueva familia cuyo origen se encuentra en el gesto de llamada y elección. Al subrayar el vínculo de afecto e intimidad que existe entre sus discípulos y él, el Cristo joánico connota la distancia que ahora los separa del mundo incrédulo. Quien es interpelada, en concreto es la comunidad pospascual.
Los amigos íntimos de Cristo son quienes van a afrontar la prueba de la separación, que se expresa doblemente. Por una parte, el enunciado señala que el tiempo de revelación cristológica toca a su fin. La presencia del Cristo terrenal está limitada en el tiempo. Por otra parte, la muerte que pone fin a la presencia de Cristo en medio de los suyos y que establece de manera irrecusable la historicidad de la revelación, se presenta como una “partida”. Esta partida es para Jesús, glorificación del Padre, y para los discípulos es la oportunidad de glorificar al Jesús pospascual en el “ahora” de la comunidad.
Los vv.34-35 están encadenados con el v.33. El mandamiento del amor mutuo es la primera disposición testamentaria del Cristo joánico para paliar su ausencia terrenal. El que una disposición semejante figure en un discurso de despedida está ya atestiguado en la tradición judía.
El Cristo joánico caracteriza esta disposición testamentaria por medio de la expresión “mandamiento nuevo” (entolé kainé). El evangelio de Juan no conoce más que un mandamiento del amor mutuo; se trata de la única instrucción que Cristo promulga a los suyos. Sorprendentemente, este mandamiento es llamado “nuevo”. Esta novedad no si sitúa en el nivel del contenido: la exhortación del amor mutuo la conocen tanto la tradición veterotestamentaria como el mundo pagano. La novedad depende de la persona que lo enuncia y de la situación que instaura; el mandamiento es nuevo porque se funda en Cristo y porque se inscribe en la realidad nueva instaurada por el Revelador.

¿Cómo entender este amor mutuo? El lavatorio de los pies (Jn 13, 4-15) tiene un paralelismo con estos versículos, muestra que el amor (ágapan) se concreta en un hacer (poiéin); el amor no se concibe como una disposición interior, ni como un sentimiento, sino como el servicio concreto que se presta humildemente al hermano en la fe. El “como” (kathós) tiene valor de ejemplo y de fundamento al mismo tiempo: la actuación terrenal de Jesús es el fundamento de la actuación histórica de los discípulos. Se debe pensar en el conjunto del obrar de Cristo, pero la relación estrecha que vincula los vv. 34-35 con el lavatorio de los pies invita más bien a ver en el gesto simbólico de Jn 13, 4-5 y, en particular, en la cruz a la que remite, la expresión simbólica del amor de Cristo a los suyos. Lo que constituye al discípulo como tal no es, por tanto, ni la adhesión a un credo ni la pertenencia a una institución, sino la obediencia al mandamiento del amor, el realizado por Jesús en la cruz. Esta es la glorificación del Padre.

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