
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 21, 1-19
El texto forma parte del epílogo del cuarto evangelio. Este constituye un añadido posterior que la comunidad hace al relato precedente, cuya conclusión no ha sido modificada[1]. Dicho epílogo por una parte abre la tradición joanica a relacionarse con la tradición petrina, que hasta ahora ha estado ausente en todo el evangelio, y, por otra muestra así su aceptación y reconocimiento del cuarto evangelio. Desde el punto de vista de las fuentes, la narración comparte la tradición sinóptica con Lc 5, 1-11.
El relato se divide en cuatro partes: a) la ambientación (vv.1-3). Esta parte tiene una función de exposición: describe a los personajes que intervienen en el relato y el entorno en el que desarrolla el episodio.
b) La pesca abundante (vv. 4-8). De madrugada, cuando los discípulos vuelven con las manos vacías de su pesca nocturna, Jesús está en la orilla (v.4). Ellos no sabían que era Jesús, puesto que su identidad de Resucitado es la del Jesús terreno. El Resucitado entra en contacto con los discípulos, preguntándoles si tienen algo de comer (v.5). El vocablo “hijo”, con el que Jesús se dirige a ellos, posee un tono comunitario de intimidad: se trata de la relación de Cristo Resucitado con la comunidad. A pesar de esta familiaridad, los discípulos no han reconocido a su maestro, viven en la carencia: no tienen nada que ofrecerle de comer.
Jesús Resucitado acude en su ayuda (v.6). Con sus instrucciones les permite pasar de una pesca infructuosa a una abundante. La captura es tal que los discípulos apenas tienen fuerza para arrastrar la red llena hasta reventar. Se presenta a Cristo Resucitado como el que da alimento sin medida, y con él, la vida. Allí donde hay precariedad, el Resucitado crea una sobreabundancia de bienes y abre así a los suyos un nuevo espacio de vida, bajo el signo de la comida plena.
El relato prosigue con una dimensión eclesial, preparada por las metáforas de la barca y la pesca abundante. El gesto del Resucitado, que provoca primero el reconocimiento del discípulo amado y luego de Pedro, conduce a precisar su identidad respectiva. El discípulo amado (v.7) juega el papel que le correspondía en los capítulos 13 – 17. Si el misterio de la tumba vacía no se había resistido a su sagacidad, lo mismo ocurre con la experiencia junto al mar de Tiberíades. Intérprete privilegiado y creyente ejemplar, él es el primero en reconocer en el personaje de la orilla al Señor.
Al otorgarle este título, desvela su nueva identidad (Jn 20, 18.20.25.28). Esta identidad es la que el discípulo amado transmite a Pedro. El primero de los apóstoles es ahora instruido por él. No obstante, a partir de ese momento ya no es el discípulo amado quien posee el monopolio del celo y el amor, sino Pedro. Tras haber introducido así a los dos personajes clave de la comunidad pospascual, el narrador permite a los otros discípulos regresar a la orilla con su pesca abundante.
c) La comida (vv. 9-14). Esta escena clausura la aparición del Resucitado. Los discípulos al llegar a la orilla descubren brasas, pescado puesto encima y pan. La orden dada a los discípulos, y que va a ejecutar Pedro, vincula la pesca abundante y la comida. Pero, sobre todo, permite profundizar el papel comunitario del apóstol. La imagen de él arrastrando es sumamente simbólica, así como el hecho de que la red no se rompa, a pesar del enorme número de peces.
La actitud de los discípulos que reconocen a su Señor oscila entre el miedo a preguntarle y la certeza sobre su identidad. Esta tensión responde a la identidad pascual de Jesús: él es el mismo y, sin embargo, distinto. El sentido de la comida ofrecida por el Resucitado es evidente: el don del pan de vida. La comida ofrecida por Jesús constituye la expresión duradera de la pascua. A ello abona el comentario del v.14, puesto que concede a la resurrección un carácter cierto y permanente. Jesús sigue resucitando.
d) El Resucitado establece la función y la suerte de Pedro (vv.15-19). Estos versículos tienen gran interés, dado que muestran, desde el punto de vista joánico, el papel y el significado de Pedro en el cristianismo naciente. Prosiguen la línea desarrollada en Jn 20, luego en Jn 21. La puesta en escena es en sí significativa: a partir de ese momento es Pedro, no el Discípulo amado, el interlocutor privilegiado de Jesús, es él quien es elevado al rango de último compañero.
Al final de la comida, Jesús se vuelve a Pedro. La triple pregunta que le dirige, que reclama una triple respuesta, hace eco a su triple negación (Jn 19, 15-18. 25-27). Al solicitar una triple declaración de amor, Cristo permite a Pedro superar su triple negación. Los autores del epílogo colman así un silencio agobiante de los autores del cuarto evangelio: rehabilitan al primero de los discípulos. Una vez rehabilitado, los autores anuncian el martirio de Pedro, que sigue a su Señor en el camino de la cruz.
Las comunidades de Juan estaban siendo perseguidas (vv.18-19). Creer y dar testimonio de Jesús era tarea ya difícil. La presencia de Jesús al amanecer cambia el panorama; sus palabras “echad las redes a la derecha…”. Esta presencia los animó a dar testimonio del amor sin límite, en medio del conflicto. Esta es la razón por la que el discípulo amado se dio cuenta que el Señor estaba allí (v.7). Escuchar su voz era la misión primordial de la comunidad.

[1] Cfr. Jn 20, 30-31 y 21, 25.
