Domingo XV del Tiempo Ordinario El Buen Samaritano

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 10, 25-37.

El texto, en su división literaria, está ordenado por dos preguntas. Las cuestiones las hace un legista. La primera: “¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” (v.25), que genera un debate entre el legista y Jesús (vv. 25-28); y, la segunda: “¿quién es mi prójimo?” (v. 29), que provoca la enseñanza de Jesús (vv. 29-37).

La primera parte tiene semejanzas con Mc 11, 28-31 y Mt 22, 34-40, aunque en un contexto muy diferente: Las discusiones de la última semana en Jerusalén. Pero lo más notable es que Lucas, durante el camino va engarzando temas claves para la vida del discípulo. La segunda parte es propia de Lucas, que toma en serio la pregunta sobre quién es mi prójimo, no la responde, sino que toma pie de esta, para exponer la narración del hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, se encontró con unos bandoleros quienes lo destrozaron.

La primera parte, un jurista (Mateo dice que era fariseo jurista), poniéndole una trampa a Jesús, hace que cuente uno de sus relatos más sentidos en la obra lucana. El jurista comienza planteando, la pregunta que hará el jefe rico (conocido por Marcos como “el joven rico”): “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (v. 25; cfr.18, 18), probablemente inspirado en el libro de Daniel (12, 2). Es decir, cómo formar parte de la vida futura, lo que equivaldría a lo que se conoce como “salvarse”.

Jesús es más hábil. No responde, pregunta (v.26). Que el jurista se dé la respuesta. ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees?; o, cómo proponen otros, ¿qué rezas? La respuesta del jurista es perfecta (v.27); a partir del texto famoso “Escucha, Israel” (Dt 6, 5) y de otro del Levítico (19, 18), une el amor a Dios, amor al prójimo y a uno mismo.

Su punto de vista es el mismo de los antiguos profetas. Y Jesús, con la misma ironía con que respondió al fariseo que lo invitó a comer (7, 43), le dice: “Has respondido exactamente. Hazlo y vivirás” (v.28). Generalmente se ve en estas palabras una alusión a Lv 18, 5: “Cumplan mis leyes y mis mandamientos, que dan vida al que los cumple”. También es alusión a Gn 42, 18, donde José dice a sus hermanos: “Hagan lo siguiente y vivirán”. En cualquiera de los casos, el jurista conseguirá la vida eterna que desea. Jesús le da la razón al jurista. Pero el legista cree que Jesús lo ha ridiculizado.

Y en la segunda parte del relato, busca justificarse. Para ello hace una pregunta de profundidad: “¿Quién es mi prójimo?” (v.29). La respuesta de Jesús se encuentra en el relato del samaritano (v.30). Comienza, como los cuentos, hablando de “un hombre” (Job 1,1), expresión con la que le gusta a Lucas iniciar bastantes relatos de parábolas (10, 30; 14, 2.16; 15, 11; 16, 1; 19, 12; 20, 9). Pero, en este caso, será protagonista pasivo, porque el relato no se centra en él, contrapone dos modelos de conducta: Primero, la del sacerdote y del levita, que ante el hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de largo (vv.31-32). Y, segundo, del samaritano, que siente compasión, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, la venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia (vv.33-35). Son siete acciones que el samaritano realiza, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de compasión.

Al jurista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente a cuestionar: “¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del que tropezó con los bandoleros?” (v.36). La respuesta del jurista (v.37) es obligada, puesto que reconoce que lo importante no es preguntarse quién es mi prójimo sino comportarse como prójimo. Jesús reafirma, lo importante no es discutir sino actuar: “Vete y haz tú lo mismo” (v.37).

La respuesta de Jesús es imperativa. Le ordena que haga como el samaritano que practicó misericordia con el maltratado (v.37). Las dos preguntas (vv. 29.36) plantean una progresividad. En la primera “el prójimo” es una pregunta, y en la segunda es conversión, entendido como el que se convirtió en misericordioso con el despojado, tirado a la orilla del camino. Jesús, con esta narración, desplaza la pregunta que le ha formulado el legista: la cuestión no es quién es mi prójimo (v.29), sino cómo hacerse prójimo del apaleado (v.36).

En la historia de la recepción, esta narración ha sido llamada el buen samaritano. El adjetivo “bueno” no está en el texto. ¿Proyección ilegítima? Como la palabra “samaritano” evoca a un marginado, miembro de una comunidad despreciada, el título tradicional contiene toda una paradoja: el malo no es el que se piensa. El uso del adjetivo “bueno” tiene sin embargo sus inconvenientes, ya que va vinculado a la persona, mientras que es la acción del samaritano la que cuenta; además, corre el riesgo de reducir la parábola a una lección moral, que no es su preocupación, ni pretensión.

En los estudios bíblicos es consenso que este relato es la fotografía que quedó en la retina de las comunidades lucanas sobre cómo era Jesús y cómo era su experiencia de Dios. Así practicó Jesús la misericordia de Dios Padre. Realizar esta imagen de Dios, es “conditio sine qua non” para ser como Jesús.

Para terminar. La mala idea de la parábola. A muchos les gusta limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejar buen sabor de boca. Pero Lucas, en este caso resulta hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda intención: un sacerdote, un levita y un samaritano. No dice sus nombres.

El sacerdote y el levita, personajes consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo. ¿Por qué actúan así? ¿Por qué son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro. La ley es lapidaria (Lv 21, 2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde del camino. Y la consecuencia es trágica: la ley de Dios impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

Lucas pudo haber buscado un discípulo progre como tercer protagonista sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, comparable con un endemoniado (Jn 8, 48), miembro de un pueblo que no venera al Señor, ni procede según sus mandamientos. Irónicamente este indeseable es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo. Con ello, Lucas, en su contexto, comenzó su campaña a favor de los samaritanos, que continuará en la historia del único leproso curado que volvió a dar gracias a Dios (17, 6).

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