Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Pbro. Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 15, 1-32

En el camino hacia Jerusalén, Lucas cumple una vez más la profecía de Simeón: “Este será causa de que muchos en Israel caigan o levanten; será una bandera discutida” (Lc 2, 34). El texto en estudio identifica perfectamente a esos muchos: por una parte, publicanos y pecadores; por otra, fariseos y escribas.

El relato está compuesto por una introducción (vv. 1-3) y tres parábolas (vv. 4-7; 8-10 y 11-32). Las tres están construidas sobre la contraposición entre lo perdido y lo encontrado, y finalizan en la alegría que provoca su reencuentro. Los tres relatos presentan una clara progresión: primero se pierde una oveja de cien, después una dracma de diez, al final un hijo (¡un hijo!) de dos.

La introducción contrapone dos grupos muy distintos: el primero está integrado por recaudadores de impuestos y pecadores; el segundo, por fariseos y escribas. Esta instrucción ofrece un dato importante: publicanos y pecadores se acercan a Jesús para escucharlo. Mientras los teólogos de la época (los escribas) y los seglares piadosos (los fariseos) son partidarios de una separación radical entre buenos y malos. Estos teólogos y piadosos atacan a Jesús. Él responderá contando tres parábolas. Lo que une a estas tres parábolas no es el tema de la conversión, sino la alegría de haber encontrado algo que se consideraba perdido. Los amigos y vecinos, las amigas y vecinas, son invitados a alegrarse; el hermano mayor también. A través de ellos y ellas se invita a escribas y fariseos (¡lector!) a alegrarse con los publicanos y pecadores interesados en escuchar a Jesús.

El paralelismo literario entre las parábolas de la oveja perdida (vv. 4-7) y la de la dracma perdida (vv. 8-10) es muy claro. La clave está en la búsqueda de lo perdido y en la alegría compartida cuando se encuentra. En ambas se explica la enseñanza (vv. 7 y 10).

Al protagonista masculino de la primera se añade el femenino de la segunda. Los dos pierden algo (una oveja, una dracma) y realizan una gran esfuerzo para encontrarlo. Cuando lo consiguen, convocan a amigos/amigas y vecinos/vecinas para que les den la felicitación. Conclusión: la misma alegría habrá en el cielo o entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.

El éxito de encontrar lo perdido, en el texto, requiere de mucho esfuerzo, amor e interés. Entonces el punto de vista se desplaza de la oveja y la dracma al hombre y a la mujer, que, con su actitud, justifican que Jesús busque a publicanos y pecadores y coma con ellos para que se conviertan. Lo que no está justificado es la murmuración de los escribas y fariseos, que contrasta con la alegría del cielo.

La moraleja es algo distinta en las dos parábolas: la segunda omite la comparación con los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. En realidad, ¿los había? Por consiguiente, la contraposición entre el pecador que se convierte y los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse deben entenderse en sentido irónico, con referencia a los escribas y fariseos que siempre presumían de ser justos. Dicho contraste se trata a continuación.

La tercera parábola desarrolla el mismo tema, pero de una forma más extensa y mucha más rica. En efecto, el comportamiento del padre con el hijo que había abandonado la casa y despilfarrado su herencia es absolutamente inaudito en un patriarca oriental de aquel tiempo, normalmente muy celoso de su honor. Conviene fijarse en los versículos 20-24.

El mundo del texto, de los dos hijos, era el judaísmo (hijo mayor) y los paganos (hijo menor), que trataban de convivir en el seno de la comunidad lucana. Esta convivencia suscitó escándalos y conflictos. Lucas zanja este conflicto, volviendo al comportamiento de Jesús para con los publicanos y pecadores.

El punto de partida: “un hombre tenía dos hijos” (vv. 11). Titular la parábola como “el hijo pródigo”, “el hijo pedido”, es un grave error; olvida al otro hijo. Tampoco es válida “los dos hermanos” porque no hace referencia expresa al padre, que es el personaje principal. ¿Y la madre? Pero la parábola da por supuesto que el padre es Dios.

El hijo menor (vv. 12-19). Para sorpresa de los oyentes, no hay conflicto entre los dos hijos ni con el padre, a pesar de que el hijo menor exige su parte de la herencia. Sin embargo, sin objetar nada, el padre divide el patrimonio y le da la parte que le corresponde. Con nuestra mentalidad igualitaria pensamos que se trata de la mitad de los bienes. Pero al hijo menor solo le corresponde la tercera parte (Dt 21, 17). Con dicho capital se marchó a un país lejano.

Lo fundamental es que despilfarró el dinero, aunque no sabemos cómo. Lucas usa, para ello, un vocablo que es la única vez que aparece en el NT (asõtôs); etimológicamente significa “sin salvación”. Las traducciones actuales, del vocablo, se han hecho en función de la interpretación que hace el hijo mayor en el v.30. En cualquier caso, se arruina, precisamente en un momento de hambruna, que lo obliga a contratarse con uno que lo envía a cuidar cerdos. El contraste de lo más hiriente judío: porquerizo. En todo caso, muy mal.

El hambre le hace recapacitar (“buena consejera”), le sugiera volver a la casa del padre e incluso preparar las palabras que debe dirigirle cuando llegue. La confesión que hace no implica dos pecados distintos: inmoralidad y despilfarrar. Es la misma confesión que usa el faraón, dirigiéndose a Moisés y Aarón (Ex 10, 16). De todos modos, su decisión y sus palabras se prestan a interpretaciones muy distintas.

El padre y el hijo menor (vv. 20-24). El viaje del hijo menor, el texto lo cuenta rápido: “se levantó, vino”. En cambio, necesita cinco verbos para describir lo que hace el padre, empezando desde lejos: lo ve, se compadece, corre, lo abraza, lo besa. El padre actúa sin convencionalismos. Él es espontáneo como admirable. La idea de haber sido ofendido y de exigir un mínimo de satisfacción no se le pasa por la cabeza. Al discursito del hijo menor, tan bien preparado, ni siquiera le responde. Se dirige a los criados y pide lo mejor para este hijo. Lo más importante es la justificación que ofrece al final. El muchacho le ha dicho: “no merezco llamarme hijo tuyo”; él les dice a los criados: “este hijo mío…”. Todo lo que ha hecho el hijo menor no ha destruido el sentimiento de paternidad.

El hijo mayor y el padre (vv. 25-32). A diferencia de los detalles anteriores, el narrador los acumula ahora: el mayor estaba en el campo. Al acercarse, oye la música, nadie lo espera ni le informa de lo que ocurre, debe preguntar a un criado. Cuando se entera, se irrita y no quiere entrar. El padre sale a consolarlo, suplicarle que entre, pero no lo logra. Al contrario, debe escuchar unas palabras que recuerdan las de Joab a David (2Sm 19, 6-8) y las del fariseo (Lc 18, 11). Pero el hijo mayor es mucho más duro. No presume solo de su buena conducta, denuncia la mala conducta de su padre, su injusticia e ingratitud.

La respuesta del padre inicia con una palabra que implica al mismo tiempo cariño y queja: “Hijo” (téknon). La misma que usó María con Jesús cuando lo encontró en el templo a los doce años. Luego se mueve en categorías muy distintas. El hijo ha hablado de trabajo y obediencia. Para él, lo importante es el contacto diario, la cercanía: “tú siempre estás conmigo”; tu hermano estaba lejos, perdido, como muerto.

Para resolver el problema es preciso reconstruir la fraternidad. Que el mayor vea al menor no despectivamente, como “ese hijo tuyo”, sino cariñosamente, como “mi hermano”. Y esto solo se puede expresar mediante la alegría y la fiesta.

La alegría al recuperar lo perdido constituye la antítesis de la murmuración y la crítica que mostraron los escribas y fariseos. Estos, como el hermano mayor, no deben ver a los publicanos y pecadores, hermanos menores, como seres despreciables sino como hermanos.

El padre de la parábola tiene dos hijos radicalmente distintos. Él no dice quién es mejor y quién es peor. Simplemente, son sus hijos. Y ellos deben verse como hermanos. Un mensaje que coincide con el del discurso en la llanura: “Sean compasivos, como su padre es compasivo” (Lc 6, 36). El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado por que se cumplan las leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

La parábola debe ayudar a autoevaluarse. A veces se es como el hijo pequeño que se marcha de casa y solo vuelve cuando le interesa; otras circunstancias familiares difíciles, se es como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comporta adecuadamente y se evita el contacto con él. Sabiendo que el texto busca que el lector sea como el padre de la compasión y de la alegría.

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