Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Anotaciones al texto de Lc 16, 1-13

Comentario elaborado por el padre Manuel Acosta


El texto está dentro del capítulo dieciséis de Lucas. En este se encuentran dos parábolas. La primera es una parábola que, a muchos, más que iluminar, ha escandalizado: la del administrador injusto (16, 1-13). Sigue un ataque a los fariseos, amantes del dinero (16, 1418). Y finaliza con la segunda parábola del rico y Lázaro (16, 19-31). Las preguntas que están detrás de estos textos son: ¿Qué actitud adoptar ante los bienes que Dios nos da? ¿Cómo usarlos adecuadamente?
La existencia de corruptos, ladrones y sinvergüenzas es algo que a nadie extraña. Se acepta como algo inevitable. Pero que Jesús los alabe y ponga de modelo es algo que no entra en la cabeza humana. Por eso esta parábola escandaliza a mucha gente. Difícil de entender.
El primer problema consiste en saber dónde termina la parábola. Esto depende de quién es el “señor” (ô kírios) que alaba al administrador deshonesto (v.8). ¿Es el hombre rico o Jesús? La traducción litúrgica opta por el primero. De ese modo evita que Jesús alabe a un ladrón y lo presente como modelo a sus discípulos. En consecuencia, el “señor” sería Jesús, y la parábola terminaría en el v. 7. Esta interpretación, también tiene dificultad, porque la aplicación de la parábola a los discípulos comienza en el v. 9, con una introducción: “Pero yo les digo…”. Por consiguiente, el v. 8 no será Jesús quien habla, sino el rico. Se está ante un callejón sin salida, y se comprende las dos posturas.
En cualquier caso, la historieta termina en el v.7, y se sigue sin saber si el administrador tuvo éxito con sus trampas. En realidad, lo que se alaba es la astucia. Al administrador, lo descubren, pero se alaba su listeza. Como buen perdedor, el “señor”, se inclina ante la clase de su administrador. No es la primera vez, ni la última, que el Jesús de Lucas escandaliza a los burgueses y preconiza conductas indignas para hacer resaltar mejor lo que se dice en Biblia “el escándalo de la justicia del reino de Dios”.


El v. 8, de todos modos, desconcierta: al elogio del administrador opone la crítica a los “hijos de la luz”, expresión que la primera carta a los Tesalonicenses identificaba a los miembros del movimiento cristiano (1Tes 5, 5). El texto lucano les reprocha ser menos astutos que los “hijos de este mundo”. ¿En qué ha consistido la astucia del administrador, “hijo de este mundo”? La respuesta la da el v. 9: “Gánense amigos con el dinero de iniquidad, de modo que, cuando les falte, les reciban en las moradas eternas”. ¿Qué significa “dinero de iniquidad”, o, mejor dicho, “dinero inicuo” o “riqueza injusta” (mamônã tes àdikías)? ¿Quiere decir que cualquier tipo de riqueza es injusta, o se refiere a ganancias obtenidas de forma ilícita? Que Lucas hable del juez de la iniquidad en 18, 6, no significa que todos los jueces sean inicuos. Sin embargo, esta distinción entre bienes lícitos e ilícitos no encaja en la mentalidad de Jesús, sobre todo cuando se utiliza para tranquilizar las conciencias. El problema consiste entonces en saber qué quiere decir cuando califica a la riqueza de injusta. En la historia de la exégesis las posturas han variado. Lo más cercano al sentido original es recordar que la idea bíblica que los bienes terrenos no pertenecen al ser humano, sino que le son confiados por Dios para que los administre rectamente. Ello da la clave de interpretación la expresión “Mamon injusto”. Los bienes terrenos (Mamon), que proceden de Dios y le pertenecen, no son injustos en sí mismos; se vuelven injustos cuando el ser humano se los apropia y los acumula egoístamente, actuando como si Dios no fuese el dueño absoluto de los bienes que el hombre solo ha recibido para administrarlos. Por tanto,
el carácter de injusticia no afecta a los bienes terrenos como tales. Con este presupuesto se puede concluir. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por fruto del trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios entrega para que sea usado rectamente. Esos bienes materiales, por grandes y portentosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas”.

En los vv. 10-12, esos bienes aparecen como” lo poco”, “la riqueza injusta”, “lo ajeno”; y, el bien supremo como “lo mucho”, “la riqueza verdadera”, “lo de usted”. Y, por último, para conseguir el bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.
A la parábola, Lucas añade un dicho de “Q” (v. 13, par. Mt 6, 24) referente a la idolatría del
dinero. Jesús parte de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes
radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre
entre Dios y Mamon. Este término apareció en los vv. 9.11 con el sentido de riqueza. Aquí
aparece con un matiz peculiar, personalizado, como si fuera un dios pagano. Dicho sentido
recuerda a 1Re 18, 21: Es imposible dar culto a Yahvé y a Baal al mismo tiempo.
Las palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y testimonio del
primer mandamiento (“No tendrás otros dioses frente a mí”). El AT es en gran parte una
condena a los dioses paganos y de los ídolos, que aparecían como rivales del único Dios
verdadero. Los profetas hicieron ver al pueblo que los rivales de Dios pueden darse en
cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que se le da culto y hace caer en la idolatría. Naturalmente, nadie va al banco a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero en el fondo, se puede estar cayendo en la idolatría de la riqueza.


Según el mensaje bíblico, al dinero se le da culto de tres formas: Primero: mediante la
injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien
absoluto, por encima de Dios, del prójimo y de uno mismo. Segundo: mediante la injusticia
indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero se es indiferente y
despreocupado de sus necesidades, como apareció en Lc 12, 13-21, y volverá presentarse
en 16, 19-31. Y, tercero: mediante el agobio por los bienes de este mundo, que hacen
perder la fe en la Providencia y olvidar la primacía del reinado de Dios.


Mons. Romero dijo: “…los bienes de la tierra son de Dios. El hombre los posee como un
administrador y el dueño pedirá cuenta a cada administrador, a cada copropietario, a
cada terrateniente de mucho o poco, cómo ha administrado los bienes que Dios creó para
el bienestar de toda la humanidad. Hay un juicio de Dios por delante… y frente a Dios
todos los valores de la historia son relativos”.
También dijo: “Esta es la verdadera cosa absoluta del cristiano: Dios y su Cristo. Cristo es la riqueza absoluta del hombre. Por ganar a Cristo, hay que perderlo todo. Todo aquel que le da un sentido de idolatría al dinero ya lo está absolutizando…La única riqueza por la cual vale la pena perderlo todo es aquel que pagó con su vida el precio de mi redención”.

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