Domingo de la Palabra de Dios.

Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 4, 12-23
El texto tiene tres partes: 1) Jesús puso su residencia en Cafarnaún: la Luz brilla en las tinieblas (vv. 12-16); 2) anunciando la cercanía del reinado de Dios (v. 17); 3) llamando al pueblo (Pedro, Andrés, Santiago y Juan, vv. 18-22); y, 4) sumario de la vida de Jesús (v. 23).
Los vv. 12-16 describen que, tras el encarcelamiento de Juan Bautista, Jesús decidió, firmemente, establecerse en Cafarnaún. El v. 12: Jesús oyó que Juan había sido arrestado. No se explica cómo lo oyó, qué tiempo, ni a causa de qué y por quién había sido arrestado. Sin embargo, es la respuesta negativa de las autoridades al bautismo de Juan y su llamada al arrepentimiento. La razón del encarcelamiento de Juan es por hablar de dicho bautismo y arrepentimiento. Este arresto no es ajeno a la voluntad de Dios y anticipa el ministerio de Jesús.
A causa del arresto de Juan, Jesús se retiró a Galilea. El texto conoce que Herodes Antipas había dado muerte a Juan el Bautista (14, 1-12). Jesús se retira a una situación peligrosa provocada por tal arresto, en la que ahora tendrá que realizar los planes de Dios. Su retirada entraña oportunidad y riesgo dada las situaciones históricas de la Galilea. Una región geográficamente distante de la hostil Jerusalén y marginal respecto a ella. Simboliza la periferia (que se convierte en) el nuevo centro, no localizado, de la presencia divina (según el pensamiento dominante). La cita escriturística confirma dicho traslado.
El v. 13. Jesús dejó Nazaret, pasando a residir en Cafarnaún, junto al mar, un pequeño pueblo agrícola y pesquero, en la ribera noroeste del mar de Galilea. No elige para residir en Tiberíades o Séforis, las dos grandes ciudades romana del momento, en territorio Galileo. Como judío en un territorio controlado por los romanos, Jesús se instala entre los pequeños, marginales, débiles y gobernados. De este modo da continuidad a la preferencia del evangelio por las personas y localidades pequeñas e insignificantes en apariencia, pero centrales en los planes de Dios. Cafarnaún está en el territorio de Zabulón y Neftalí (Jos 19, 32-39). En concreto estaba en Neftalí.
El v. 14. El traslado de Jesús a Cafarnaún ocurrió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías. Una vez más, Jesús realiza la voluntad de Dios manifestada con anterioridad. El término profeta introduce la voz de Dios, a la que Jesús obedece. La cita de Isaías evoca la salvación, traída por Dios, de la agresión imperial.
Los vv. 15-16. La cita de Is 9, 1-2 no sigue exactamente ni el texto masorético ni el de los LXX. El pasaje concierne a la crisis siro-efraimita de 735-733 a. C (Is 7-8), en que el reino del Norte (Efraín/Israel) y Siria amenazan a Judá. La palabra de esperanza dirigida a Judá por Isaías es que Dios se valdrá de otra potencia imperial, Asiria, para destruir a los del norte (Is 7, 1-9), y que Dios estará presente al lado del pueblo, presencia simbolizada con el nacimiento de un niño llamado Emmanuel (Is 7, 14).
Mateo transfiere el texto de Isaías de una situación de agresión imperial a otra. Zabulón y Neftalí, tierra dada por Dios al pueblo (Dt 34, 1-4), sigue bajo el poder imperial. Su control, ejercido no ya por Asiria, sino por Roma (67 d. C). Galilea de los Gentiles, un sinónimo para Zabulón y Neftalí, designa un estado de ocupación, una tierra bajo el poder de los gentiles, es decir, de Roma. La designación no subraya, como han sostenido algunos, que Galilea estaba habitada por no judíos, ni que era susceptible de helenización (cosa ciertas las dos), ni que en ella había desaparecido la piedad, ni que Jesús buscaba solo gentiles (cosas no ciertas las dos; cfr. 4, 18-25). Alude, en su contexto, simplemente al control romano.
El dominio imperial es descrito en la expresión Galilea de los Gentiles como un lugar de tinieblas y muerte en el que brilla una luz. Las tinieblas son las distintas realidades contrarias al plan de Dios. Son las acciones políticas, sociales y religiosas que socaban los planes divinos. Son el rechazo a la llamada de Dios al cambio personal y social; de la llamada de Juan al arrepentimiento por la que él es arrestado. Las tinieblas son muerte, como indica el paralelismo de 4, 16. Sentarse en tinieblas o muerte es vivir en medio de acciones y estructuras contrarias a la voluntad de Dios (Is 9, 9). Pero las tinieblas no son el final, aunque lo parezcan.
La luz, una imagen de vida y poder salvífico de Dios, amanece y rescata al pueblo de las tinieblas, ya signifiquen opresión política o miseria personal. Jesús manifiesta la salvación divina transformando la miseria personal, anunciando el reinado de Dios, formando una comunidad alternativa y anticipando el establecimiento pleno de ese reinado. La luz no son la tinieblas y sombras de muerte de los imperios (Roma). Esta luz es la presencia de quien manifiesta el reinado de Dios, Jesús, cuyo ministerio público está a punto de comenzar: Como luz del mundo (5, 14), la comunidad de sus discípulos continuará esta misión.
2) Anunciando la cercanía del reinado de Dios (v. 17). El imperativo arrepiéntase indica que Dios puede presentarse como juez o como salvador. El empleo por Jesús de las mismas palabras que utilizó Juan (3, 2) une las dos figuras y confirma la fiabilidad del testimonio preparatorio ofrecido por el Bautista. Mateo ha hablado del encargo de Dios a Jesús de salvar de los pecados (1, 21) y manifestar la presencia divina (1, 23); ha mostrado a Jesús fiel a la voluntad de Dios (4, 1-11) y lo ha denominado “luz” (4, 16), metáfora de esa presencia salvífica. El anuncio de Jesús del reinado de Dios conecta con tal encargo. El reinado de los cielos es la presencia de Dios. Su reinado ha llegado cerca (êngiken). El verbo indica a la vez proximidad y llegada, dimensiones actuales y futuras del reinado de Dios. Su empleo, en tiempo perfecto, sugiere que ese reinado se manifiesta ya en el ministerio de Jesús, aunque no se deje sentir de manera plena. La mención de Jesús en 4, 17 evoca explícitamente su nombramiento y autorización de 1, 21-23.
3) Llamando al pueblo (Pedro, Andrés, Santiago y Juan, vv. 18-22). La demostración inmediata, aunque parcial, del efecto del reinado viene en un relato de vocación. La escena recuerda la llamada de Elías a Eliseo en 1Re 19, 19-21. Eliseo y los pescadores son llamados mientras se dedican a sus ocupaciones cotidianas. La llamada es una petición de Dios, y los que la escuchan abandonan su modo de vida actual.
El v. 18. La falta de sujeto, al verbo “vio”, obliga a los lectores a volver a 4, 17 para identificar como tal a Jesús. La ubicación junto al mar de Galilea continúa el énfasis en lugares fuera del poder y aclara el significado de la acción. Jesús vio a dos hermanos (Simón y Andrés). El hecho de que sean pescadores supone que se hallan sometidos al monopolio económico del imperio romano. La pesca era una fuente de ingresos de Roma. Como hermanos, seguramente, pagaban el impuesto de pesca al imperio. Los pescadores tenían una posición baja. En este caso, los personajes mencionados están en un nivel inferior. Precisamente entre gente tan vulnerable se manifiesta primero el reinado de Dios.
El v. 19. Mostrando autoridad en su calidad de facultado por Dios, Jesús toma la iniciativa: “Síganme, y les haré pescadore de hombre”. Para hacerse seguidor no sirve presentarse voluntario. Tampoco se llega a ello por nacimiento, riqueza, sexo o preparación. La llamada de Jesús invade y reta al mundo dominado por las tinieblas (imperio). Sus palabras hacen disponible el reinado de Dios y crean para los seguidores una comunidad alternativa y un modo de vida con un centro, unos valores y una organización diferente.
La localización junto al mar es un umbral que indica pasar de las tinieblas al reinado y presencia de Dios. Pedro y Andrés reciben la misión de llevar un nuevo estilo de vida: les haré pescadores de hombres. Los profetas utilizan tal imagen para denunciar la idolatría de la élite y prometer castigo divino a los imperios. El estilo de vida de Pedro y Andrés, como parte de una nueva comunidad, resistirá a los abusos imperiales y privilegios opresivos. El término hombres hace referencia aquí a los que no son discípulos. La misión será aclarada en 5 – 7 y 10.
El v. 20 confirma que Pedro y Andrés dejaron sus redes, inmediatamente, y los siguieron. Abandonan un modo de vida para abrazar otro. Su respuesta instantánea y sacrificial, puesto que es rápida y dejan sus redes, tienen sentido porque los lectores saben que las palabras de Jesús expresan el encargo recibido de Dios. El verbo seguir denota la autoridad de la llamada que Jesús les dirige y la adhesión con que los llamados se confían a él pagando un considerable precio social y económico. Esta es la base de una nueva comunidad de hermanos (4, 18). El término alude tanto al vínculo por consanguinidad entre Pedro y Andrés como la condición de miembros de la comunidad de seguidores de Jesús. Una comunidad alternativa que él empieza a construir ahora en medio de un mundo imperial.
Los vv. 21-22 repiten la escena de 4, 18-20. No es raro encontrar material importante repetido en el evangelio. Hay aquí dos elementos nuevos. El verbo llamó (4, 21) sustituye a la llamada directa de Jesús a los pescadores (4, 19: “síganme”). En los usos anteriores, este verbo expresa la acción electiva divina en el origen y destino de Jesús, y designa la finalidad y misión de Jesús como agente de la presencia salvadora de Dios. Su empleo en 4, 21 en relación con la actividad de Jesús indica que él está realizando el encargo que Dios le ha encomendado.
El segundo elemento se refiere al padre de Santiago y Juan, tres veces (hijo de Zebedeo; con su padre, Zebedeo; y a su padre). Reteniendo el término hermanos y mencionando la acción de dejar al padre, la escena alude a la cuestión de la relación de los nuevos discípulos con su familia. Estas nuevos discípulos abandonan a su padre, un acto contrario a los valores familiares establecidos. En sus líneas esenciales, esta escena reaparecerá como una característica básica del seguimiento de Jesús. El compromiso con Jesús tiene prioridad sobre los demás, pero ello no supone la ruptura de todos los lazos. Una incondicional adhesión a Jesús no es el óbice para continuar participando en las estructuras sociales.
4) Sumario de la vida de Jesús (v. 23). Después de un encuadres muy estrecho (junto al mar, cuatro discípulos, una llamada), la visión se hace panorámica en cuanto a la geografía (Jesús iba por toda Galilea), las actividades (enseñando en sus sinagogas, predicando…curando) y la gente afectada (multitudes). La primera es enseñar en las sinagogas. Estas eran lugares en que los judíos desarrollaban una actividad comunitaria y religiosa. Pero el posesivo “sus” distancian de ellos a Jesús y apunta a la posterior oposición (10, 17; 12, 9-14) y condena de la hipocresía (6, 2.5). Lo que él enseña no está reservado a un público culto. Jesús se centra en cuestiones éticas, ofrece su interpretación de los mandamientos de la Ley (5, 17-19) y exige obediencia a su enseñanza (28, 20).
Jesús predica la buena noticia del reinado de los cielos. Él es el agente autorizado del reino. Lo da a conocer en cuanto presencia salvadora de Dios. La buena noticia de Jesús con el reinado de Dios (no el imperio romano), que trae la salvación respecto a todos los que resisten a los planes y las demandas divinas. Para estos últimos es una mala noticia.
Jesús cura toda dolencia y enfermedad en el pueblo. Las curaciones de Jesús entran en un variado espectro de medios para restaurar la salud y no son usuales. Él conoce las causas de las causa de las enfermedades. En su tiempo eran estas: el pecado de las personas, el accionar injusto de las estructuras sociales, las tensiones sociales, explotación económica y exceso control político causan enfermedades. Las curaciones de Jesús, en este entorno, logran cuatro cosas: Devuelven a un estado físico normal, ofreciendo a la persona curada la posibilidad de llevar una vida mejor; algunos, los reintegra en la sociedad. El evangelio no suele mencionar este efecto; pero, cabe imaginar su realidad; y, por último, las curaciones ponen en evidencia lo “enfermo” que a la sazón estaba el mundo imperial.
El reinado de Dios se manifiesta en el ministerio de Jesús. El mundo actual del texto está enfermo. La actividad de Jesús aporta curación y apunta a la futura acción de Dios de instaurar su reinado sobre lo existente. El evangelio ve las causas de la enfermedad – opresión, prácticas económicas injustas, inequidad en el acceso a la salud, estructuras o sociedades desiguales – en ese contexto escatológico. El ministerio de Jesús ofrece una mirada y praxis alternativa al enfermo y a la enfermedad.
Mons. Romero dijo: “Cristo ha aparecido en Zabulón y Neftalí con las mismas señales de una liberación: sacudiendo los yugos opresores, trayendo alegría a los corazones, sembrando esperanza…el afán de la Iglesia es predicar esta presencia de Dios en la historia, la alegría de su presencia. Que nadie mate esa alegría”[1]. “La Iglesia no puede menos que ser la voz de Cristo, de decir: convertíos porque el reino de Dios está cerca y el que lo quiera aprovechar no lo logrará si no es convirtiéndose, arrepintiéndose de su pecado, acercándose a Dios”[2].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, 22 de enero de 1978, tomo II, San Salvador 2005, 226.
[2] Ibid. 229.
