Padre Manuel Acosta

Anotaciones al texto de Lc 24, 13-35

El texto es el relato lucano sobre la experiencia de dos caminantes con Jesús resucitado, camino a Emaús. Seis partes se perciben en el relato: 1) los caminantes (vv. 13-14). Lucas comienza con una referencia temporal: “Aquel mismo día”. Se refiere al día en el que las mujeres madrugaron para ir al sepulcro. En ese día tendrá también lugar la aparición a los Once y al resto de los discípulos y la ascensión al cielo. Lucas sitúa todos los episodios en un solo día.

Los caminantes son “dos de ellos” (cf. 24, 10). Sin embargo, más tarde se dirá que uno de ellos se llamaba Cleofás, lo que lo excluye del grupo de los Once; formaría parte de “todos los otros” (24, 9). Y el segundo permanece en el anonimato. Más importante es por qué deciden marchar a Emaús. Es la desilusión la que los impulsa a abandonar Jerusalén. La localización de Emaús es incierta. Pero más crucial es el tema de la conversación. Los dos caminantes abandonan Jerusalén desanimados, pero no consiguen dejar de pensar y hablar en todo lo ocurrido en los últimos días.

2) El encuentro (vv. 15-16). Los caminantes no solo conversaban, también “discutían”. Es fácil imaginar de qué discutirían: la temeridad de Jesús el enfrentarse a las autoridades durante una fiesta tan solemne; su negativa a huir; por qué lo habían abandonado todos ellos; por qué no se habían cumplido las esperanzas de liberación. Un desconocido que se acerca y camina al lado no es generalmente bien recibido. Le echan un vistazo y ni siquiera lo saludan. “Tenían los ojos incapacitados para reconocerlo”. Este desconocido, Jesús, es quien toma la iniciativa.

3) El diálogo (vv. 17-24). Hubo un momento en el que Jesús quiso saber qué pensaba de él la gente. Luego, qué pensaban de él los discípulos. Por desgracia, Pedro no dejó hablar a nadie. Se adelantó a decir que él era “el Mesías de Dios” (9, 18-20) y nos quedamos sin saber qué pensaban los demás. Ahora, al final del evangelio, Lucas ofrece el punto de vista de dos que no formaban parte de los Once.

Ante todo, lo llaman “Jesús Nazareno”, denominación que, en Lucas, solo la ha usado un hombre poseído por un espíritu inmundo (4, 34). Ellos están convencidos de que era “un profeta poderoso en obras y palabras”. Denominación que el Antiguo Testamento aplica a Moisés, Elías y Eliseo. Lucas ha establecido un claro paralelismo de Jesús con Eliseo en la resurrección del hijo de la viuda de Naín (7, 11-16) y en la abundancia de los panes (9, 10-17). En cambio, lo contrasta con Elías en 9, 52-56. Con Moisés no establece Lucas un paralelismo tan claro. Sin embargo, cuando los caminantes consideran a Jesús un profeta poderoso en obras y palabras piensan en Moisés, que libró al pueblo de la esclavitud de Egipto, lo que ellos esperaban que hiciera Jesús con respecto a los romanos.

La presentación de Jesús como profeta libertador corre peligro de ser interpretada como si fuera profeta a los ojos de los hombres. Ellos dejan claro que lo consideran profeta “a los ojos de Dios”. ¿Qué misión llevará a cabo? En este momento no lo dicen. Pasan a hablar de lo que le ocurrió: condena a muerte de los sumos sacerdotes y jefes (los mismos protagonistas que en 23, 13) y crucifixión. Es una pena que Jesús no les pregunte por qué lo condenaron. Quizá Lucas habría puesto en sus labios las tres acusaciones falsas que adujeron ante Pilato: agitar a la nación, oponerse al tributo al César y declararse Mesías rey (23, 2).

Los caminantes dejan de hablar de Jesús para hablar de ellos mismos: “Nosotros esperábamos…”, aunque es cierto que su esperanza está muy relacionada con Jesús: la liberación de Israel. Este tema salió en el comienzo del evangelio (1, 71; 2, 38). Estas ilusiones impulsaron probablemente a muchos, como estos caminantes, a seguir a Jesús. Poco a poco tendrían que corregir sus puntos de vista, como cuando les dice que hay que amar a los enemigos y tratar bien a los que los odian (6, 27). Pero todos siguieron alentando la esperanza política, como demuestra la pregunta que hacen a Jesús antes de subir al cielo: ¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?” (Hch 1, 6).

Han pasado tres días y nada ha ocurrido. El primer día es el de la muerte, el segundo, el sábado; el tercero, en el que se encuentran. Mejor dicho, han ocurrido dos cosas que demuestran que todo sigue igual: unas mujeres han ido al sepulcro y han vuelto hablando de una visión; otras también han ido, y tampoco lo han visto. Podían haber añadido: “En vista de eso, decidimos venirnos a Emaús. En Jerusalén no hacemos nada y se corre peligro”. Pero Jesús no los deja continuar.

4) La catequesis (vv. 25-27). Más que catequesis tenemos la sugerencia para una posible catequesis. Lo más desarrollado es el exordio, que, en contra de toda teoría oratoria, comienza con un insulto: Necios y torpes. Ben Sirá, autor del Eclesiástico, le habría aconsejado no perder tiempo con esos caminantes (Eclo 22, 9-10). Pero Jesús ya está acostumbrado a la torpeza de sus discípulos. Así que no se desanima y les hace una pregunta: “¿No tenía que padecer el Mesías para entrar en su gloria?”. Lógicamente no espera respuesta, porque ellos no van a saber contestar. Después del último anuncio de la pasión constató Lucas: “Ellos no entendieron nada, el asunto les resultaba oscuro y no comprendían lo que decía” (18, 34).

La afirmación de que los profetas dijeron que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria es difícil de probar. Lo que harán los primeros seguidores de Jesús es reinterpretar textos que no hablan estrictamente del Mesías y aplicarlos a Jesús. Uno de los más importantes para “probar” la pasión y la gloria sería Is 53. Pero este es el punto de vista de la ciencia bíblica moderna.

En el relato de Lucas, Jesús decide explicar a los caminantes lo que dice toda la Escritura respecto a él, empezando por Moisés (Pentateuco) y siguiendo por todos los profetas. ¿Demasiada materia? En realidad, los textos no son tan abundantes como podría parecer. ¿Cuáles usaría Jesús? La pregunta es atrevida y algunos autores renuncian a responder. Formulémosla de otro modo: ¿qué textos habría usado Lucas? La respuesta se debe buscar en sus dos obras: evangelio y Hechos. Asunto que no haremos aquí. Imaginemos que Jesús se limita al tema: “El Mesías tenía que padecer todo eso para entrar en su gloria”. Los textos claves habrían sido Is 53 y Sal 22 para la necesidad de padecer; Sal 16 para la resurrección; y Sal 110; 118 para la glorificación.

5) La cena (vv. 28-32). Hasta ahora, Lucas nos ha enfrentado a un misterio: cómo no reconocen a Jesús en el camino. Ahora nos enfrenta al misterio opuesto: cómo lo reconocen al partir el pan. Pero no se pase por alto el comienzo de la escena, con el detalle casi humorístico de Jesús fingiendo tener prisa y los caminantes insistiéndole en quedarse. Viene a la memoria lo ocurrido al levita Micá, cuando pretende volver de Belén a su casa, y el suegro le insiste en que lo deje para mañana, que ya se ha hecho tarde para viajar. Ese retraso resultará mortal para la esposa (Jue 19). Aquí habrá retraso, pero no muerte. Todo lo contrario.

Ya que no se dice que llegaron a una posada, parece que llegan a su casa (lo que favorecería la opinión de que los caminantes son matrimonio), y desean alojar a Jesús como lo hizo Marta (10, 32-42). Lucas suprime detalles que considera innecesarios: no cuenta la preparación de la cena, estamos ya reclinados a la mesa. Y Jesús no se comporta como invitado, sino como dueño de la casa. Toma la iniciativa, toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. Lo mismo que en la última cena, pero sin la explicación: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes” (22, 19).

Al faltar estas palabras de la última cena, lo que hace Jesús es lo que hace cualquier padre de familia piadoso. Pero Jesús no es el padre de familia. ¿Es este gesto de autoridad lo que sorprende a los caminantes y les abre los ojos para reconocerlo? Es un misterio que esa simple acción provoque lo que no han conseguido las explicaciones durante el camino. Y un nuevo misterio que Jesús desaparezca de repente, algo que a los caminantes no extraña lo más mínimo. En este momento, lo que les llama la atención es el entusiasmo que despertaba en ellos la explicación de la Escritura. Más tarde, cuando se reúnan con todos, no mencionarán este hecho, dirán que “lo reconocieron al partir el pan”.

Para el lector actual, Escritura y fracción del pan hacen referencia inequívoca a la celebración eucarística. En ella se abren nuestros ojos para descubrir a Jesús resucitado y sacar fuerzas, no para volver a Jerusalén, sino para cumplir con entusiasmo nuestra misión.

6) Vuelta a Jerusalén (vv. 33-35). Los caminantes adujeron lo avanzado de la hora para disuadir a Jesús de continuar su camino. Ahora no les impide emprender el viaje de vuelta a Jerusalén al instante, sin pararse a cenar. Aun suponiendo la distancia más corta desde Emaús, unos once kilómetros, de noche, incluso con la luna llena, supone un esfuerzo. Lucas no lo dice. Una vez más, deja al lector que lo imagine.

Llegarían deseando contar su experiencia, pero los otros se adelantan. Cuando las mujeres dijeron que Jesús había resucitado, no las creyeron. Ahora tienen un testigo de confianza, un varón: Pedro, que dice que se le ha aparecido Jesús. Esto no puede basarse en su ida al huerto, contada en 24, 12, porque entonces “solo vio las sábanas” y se volvió “extrañado” por lo ocurrido; pero existía la tradición de que la primera aparición fue a Pedro (1Cor 15, 4), y a ella quizá alude Lucas, sin saber su contenido exacto.

Cuando los caminantes cuentan su experiencia y dialogan con los demás sobre ella, ocurre lo más inesperado…

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