
Padre Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Jn 6, 51-58.
El texto posee tres partes: 1) Afirmación de Jesús: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (v.51); 2) disputa de los judíos entre sí (vv. 52); y, 3) respuesta de Jesús (vv. 54-58).
La primera parte, el v.51, es la declaración reveladora de Jesús. Esta afirmación identifica el pan que da el Jesús joánico con su carne. El pan que da la vida se convierte en el pan vivo. La concentración en la persona de Jesús se acentúa claramente. Al identificar el pan que da el Jesús joánico con su carne, se amplía el horizonte teológico, puesto que, si hasta aquí la encarnación ocupaba el primer plano, ahora lo que evoca es su muerte. Según esta perspectiva, el verbo “comer” recibe una impronta pospascual. Por lo tanto, la salvación se recibe mediante la anamnesis de la última comida de Jesús con sus discípulos, en el transcurso de la cual su muerte inminente se interpreta como una muerte fecunda. La utilización de la preposición “para” establece el vínculo entre el don de la vida y la cruz.
La segunda parte, el v. 52, formula, en forma de pregunta, la objeción de los “judíos” a la declaración que acaba de hacer el Jesús joánico (v.51). El objeto de la polémica se deriva del hecho de que los interlocutores de Jesús han establecido una relación de equivalencia entre el motivo de “comer este pan” (v.51b) y el de “comer su carne” (v.51c). Se opera un deslizamiento en el lenguaje metafórico: lo que ocupa el centro de la proposición ya no es Jesús como pan de vida, sino su carne, que se da a comer. El pan se ha convertido en carne. Ahora bien, mientras que para el lector la expresión “comer su carne” es la metáfora de la eucaristía, esta misma expresión, captada en el sentido inmediato, representa un absurdo y, por tanto, una monstruosidad para la fe judía: la del canibalismo religioso.
En su respuesta (vv.53-58), el Jesús joánico no intenta neutralizar el escándalo al que han sucumbido los “judíos” que, por otra parte, desaparecen inmediatamente de la escena. Por el contrario, clarifica, para los creyentes, qué significa “comer su carne”. De esta forma, este motivo pasa a ser lo esencial de los vv. 53-58. El problema que se aborda es característico de la época pospascual. ¿Cómo puede el creyente apropiarse de la “vida” dada por el Crucificado-Exaltado?
La tercera parte, profundiza la declaración del Jesús joánico. El v. 53 en su construcción literaria indica que lo que viene es de importancia capital. Esta declaración enuncia la condición que permite acceder a la “vida”, es decir, a la salvación. La formulación de esta condición muestra el deslizamiento que se ha producido entre el diálogo sobre el pan de vida y el paréntesis eucarístico. El “comer de este pan” del v. 51 se ha transformado en una “comer su carne y beber su sangre” en el v.53.
El binomio “carne-sangre”, que en el AT designa a la persona en su corporeidad, tiene aquí, para el lector, una connotación eucarística. El empleo del título el “Hijo del hombre”, en este contexto eucarístico del lector, se refiere a Aquel que da la vida al mundo tanto por su encarnación y vida (Jn 3, 13. 16) como por su glorificación en la cruz. La participación en la cena “tener vida en sí mismo”. Esta afirmación no debe entenderse en sentido “sacramentalista”: bastaría con comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre para acceder de manera casi automática a la “vida eterna”. Tanto los vv. 56-58, que vinculan la consumición del pan y del vino con la relación con la persona de Jesús, se oponen a una comprensión “mágica” de la eucaristía.
El v. 54 reformula en forma positiva la advertencia del v. 53. Llaman la atención algunos elementos de esta repetición. Primero el paso a la primera persona, que sustituye a la tercera persona ligada a la evocación de la persona del Hijo del hombre; este último, por tanto, no es sino el Jesús joánico, que se expresa aquí en su condición de exaltado. Segundo, el texto se sirve de otro verbo para describir el acto de comer: ya no es “comer” en sentido general, sino comer en el sentido de “masticar”. Hay otro aspecto, en cambio, que merece atención: la otra única utilización del verbo “masticar” se encuentra en 13, 18, en el contexto de la última cena de Jesús. Por último, la “vida” es calificada con el adjetivo “eterna”. Así pues, por la eucaristía el creyente recibe el don de la vida tal como Dios la quiere y la da, la vida en plenitud.
La promesa de la resurrección del creyente en el último día no es un elemento añadido secundariamente; señala que la relación entablada con Jesús, mediante la eucaristía, es infrangible y, por tanto, que esta vida dada no está entregada a la fatalidad destructora de la muerte. El lector recuerda, sin embargo, la formulación paralela leída en el v.40, donde el don de la vida eterna, igualmente recibida por la resurrección en el último día, estaba ligado a la fe. La relectura amplía, pues, el modo de apropiación del acontecimiento de la revelación. El “sacramento” no es una alternativa a la fe, sino una de sus expresiones: en efecto, solo el creyente discierne, en la carne y la sangre, la metáfora del acontecimiento de la cruz en su dimensión salvadora.
El v. 55 fundamenta lo que acaba de reafirmarse. Si esto es así, es poque la carne de Jesús es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. ¿Qué debemos entender por “verdadera”? Uno es que es fiable, lo propio del alimento es procurar la vida; de este modo la comida y bebida que Jesús da mantienen lo que prometen, a saber, el don de la vida; y, otro es en el sentido de auténtico, la carne de Jesús es auténtica comida, su sangre es auténtica bebida; se subraya así el aspecto concreto y material de la eucaristía. Se impone el sentido “verdadero/fiable”, porque el v.55 tiene como objetivo asegurar que la comida y bebida que Jesús ofrece son una verdadera fuente de vida y que, en este sentido, realizan la promesa del v. 35: el que come de este pan nunca más tendrá hambre, el que cree en Jesús nunca más tendrá sed.
El v. 56 da un paso teológico decisivo al afirmar que la eucaristía es el lugar que permite establecer una relación recíproca entre Jesús y el creyente. Por primera vez en el evangelio aparece la fórmula llamada “de inmanencia recíproca”. El verbo “permanecer” describe en el cuarto evangelio la relación, considerada en su duración, entre el Jesús exaltado y el creyente. Y precisamente es esta relación perenne la que es factor de vida para el discípulo.
El v. 57 lleva a su término la argumentación, aclarando la fórmula de inmanencia recíproca mediante la cristología del envío. Esta opción teológica es importante, por cuanto significa que, en este pasaje, el don de la vida no va ligado a una interpretación sustitutoria o expiatoria de la muerte de Jesús.
Se establece una equivalencia entre la relación que une al Padre con Jesús y la que vincula a este último con el discípulo en la perspectiva del don de la vida. La relación entre el Padre y el Hijo se define en los mismos términos que en 5, 21. 26: el Padre es el Viviente, origen de toda vida, y hace de su enviado el portador de esa vida para el mundo. Al igual que Jesús ha recibido la vida del Padre, así también se convierte a su vez en fuente de vida para quien entabla una relación con él. La fórmula de apropiación, “así también el que me come vivirá por mí”, se distingue de las anteriores en que ya no se mencionan las especies (la carne y la sangre), sino la persona de Jesús. Esta variación no es aleatoria. Por el contrario, viene a señalar que en la eucaristía se trata en definitiva de la relación con Jesús.
Por último, el v. 58 es la conclusión tanto del “paréntesis eucarístico” como del discurso sobre el pan de vida en su conjunto. El par “carne-sangre” se abandona en beneficio de la noción de “pan”; reaparece el lenguaje metafórico, que dominaba los vv. 26-51. Esta conclusión retoma motivos dispersos en la conversación de Jesús con la multitud y consiste en tres grandes afirmaciones. En primer lugar, el v.58a, al calificar a Jesús como pan, reafirma el movimiento de la katábasis o, si se prefiere, de la encarnación. En segundo lugar, la diferencia cualitativa entre el maná y el pan de vida se subraya de nuevo, para poner en evidencia el valor escatológico de la historia presente respecto del pasado de Israel. Por último, se recuerda el alcance soteriológico de la adhesión a Jesús: lo que se da es la vida en plenitud, contra la cual la muerte no puede prevalecer.
Mons. Romero dijo: “El Corpus viene a recordar, precisamente, nuestro deber de este punto de fe. Si creemos de verdad que Cristo, en la eucaristía de nuestra Iglesia, es el pan vivo que alimenta al mundo, y que yo soy el instrumento, como cristiano que creo y recibo esa hostia y la debo llevar al mundo, tengo la responsabilidad de ser fermento de la sociedad, de transformar este mundo tan feo…¿Quién lo va a hacer? ¡Ustedes! Si no lo hacen ustedes, los cristianos salvadoreños, no esperen que El Salvador se componga. Solo El Salvador será fermentado en la vida divina, en el reino de Dios, si de verdad los cristianos de El Salvador se proponen a no vivir una fe tan lánguida, una fe tan miedosa, una fe tan tímida, sino que de verdad como decía aquel santo —creo que San Juan Crisóstomo—: cuando comulgas, recibes fuego, debías de salir respirando la alegría, la fortaleza de transformar el mundo”[1].
[1] Cfr. Óscar A. Romero. Homilías, tomo II, 28 de mayo de 1978, San Salvador 2005. 533
