
Pbro. Manuel Acosta
Anotaciones al texto de Mt 20, 1-16
El texto presenta la parábola “el reino de los cielos se parece a un propietario que contrató obreros para su viña”. Esta se divide en tres partes: 1) presentación de la parábola, personajes y contratación (vv. 1-7); 2) pago del jornal y reacciones (vv. 8-15); y, 3) sentencia de final (v. 16).
1) presentación de la parábola, personajes y contratación (vv. 1-7). El v. 1 presenta la parábola sobre el reino de los cielos; y, el personaje que lo encarna es un propietario que tiene una viña. Tal como se le presenta pertenece a la élite, hace lo que recomiendan las disquisiciones sobre el buen gobierno de una unidad familiar, poniendo los medios para mantenerlas. La viñas requerían una inversión considerable hasta que entraban en producción. Pero eran de rendimiento alto y más rentables que los cereales de supervivencia. Este hombre es probablemente muy rico, como el joven de 19, 16-30. Un miembro de la élite urbana que gobierna su finca de labor o una de ellas.
La acción del amo de salir a primera hora de la mañana a contratar trabajadores para su viña parece un tanto inusitada. Es tarea que corresponde más bien al administrador (20, 8). ¿Por qué lo hace el propietario? La parábola se refiere a sistemas de opresión, a fin de ponerlos de manifiesto sobre todo para quienes son víctimas de ellos. Jesús presenta al amo y al administrador tomando sus decisiones cotidianas, de las que resulta sufrimiento para los trabajadores. Esta denuncia sirve de preparación para el conflicto posterior.
En el ágora, o plaza pública, era habitual la presencia de trabajadores que aguardaban ser contratados para el trabajo. Constituían una reserva fácilmente disponibles de mano de obra barata para los propietarios rurales y los habitantes de las ciudades. Se trataba por lo general de campesinos independientes cuyas tierras habían ido a parar a manos de grandes propietarios a causa de impagos, o que, ante la imposibilidad de mantener a sus familias, habían optado por ofrecer sus servicios a otros en la agricultura o en trabajos urbanos, usualmente como jornaleros y por retribuciones mínimas. Si durante el tiempo de labranza y de recolección, sobre todo en la vendimia y en la recogida de heno, había trabajo abundante, no ocurría lo mismo en las temporadas intermedias. Para estos prescindibles o marginados involuntarios, la existencia era una continua situación precaria, marcada por los ingresos mínimos, el paro, la desnutrición, el hambre, las enfermedades, el desahucio de la vivienda y la mendicidad. Su vida era más insegura que la de los esclavos, no teniendo un amo que hubiese asumido un compromiso a largo plazo con ellos.
El v. 2 expone el salario acordado, al día, entre el propietario y los jornaleros: un denario. Pagando un denario a la retribución normal de la mano de obra barata. Basta, quizá, para una vida de subsistencia si el jornalero no encuentra trabajo de manera regular a lo largo del año. No se especifica la labor para la que son mandados a la viña, aunque probablemente se trata de plantar o vendimiar.
En los versículos 3 y 4, el amo contrató más jornaleros. Esa necesidad de más brazos refuerza la idea de que no estamos ante un pequeño propietario. “Salió luego a las nueve y vio a otros que estaban en la plaza sin hacer nada”. El hecho de que a esa hora hubiera jornaleros por contratar sugiere sobreabundancia de mano de obra y también paro. El amo los envía también a la viña, con la promesa: “Les daré lo que sea justo”. Esta es una frase clave. Implica la llegada a un punto de encuentro entre expectativas y obligaciones. Pero en contraste con el v. 1, el propietario no negocia una retribución concreta. Los trabajadores y el público de Mateo pueden calcular lo que según ellos sería justo dar a los jornaleros de esta segunda tanda en relación con el denario ajustado con los de la primera y comparar el resultado con la acción del amo en los vv. 10-15.
2) Pago del jornal y reacciones (vv. 8-15). El v. 8 empieza la segunda parte de la parábola. Ahora se trata del pago. “Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: Llama a los trabajadores y dales su jornal”. Dado que del pago material está encargado el administrador, la presencia del propietario parece extraña (v.1). Pero tiene función de subrayar la confrontación entre amo y trabajadores. Pagar a los jornaleros al final del día es lo establecido (Dt 24, 14-15; Tob 4, 14). El amo ordena que se efectúe el pago empezando por los últimos hasta los primeros. Los trabajadores de la primera tanda verán todo el proceso.
El v. 9. El pago de los contratados a las nueve y a las doce se incluye en el de los trabajadores de última hora para crear dos grupos. “Vinieron, pues, los contratados a las cinco y recibieron un denario cada uno”. Se les paga por una jornada de trabajo (v.1), aunque han trabajado mucho menos tiempo. Hasta ahora el amo ha mostrado un comportamiento lógico, predecible. Pero esta acción sorprendente e inusitada necesitará explicación. ¡Así que esto es lo que él considera justo! (v. 4).
El v. 10 presenta el pago de los primeros contratados. “Cuando vinieron los primeros, pensaron que recibirían más”. Estos trabajadores olvidan su acuerdo (v.1), en la idea de que a más tiempo de trabajo corresponde mayor remuneración. Quedan defraudados. “Pero cada uno de ellos recibió también un denario”. Si el amo hubiera pagado más al primer grupo, estará ante una cuestión de generosidad. ¿Dónde está lo justo de este modo de proceder?
Los vv. 11-12. La parábola se centra en cómo cada uno de los dos grupos de jornaleros mira al otro. Los últimos en ser pagados no están satisfechos. Sienten como un desprecio y una afrenta que no se tenga en cuenta su mayor tiempo de trabajo. “Y al tomarlo, murmuraban contra el amo, diciendo: Estos últimos han trabajado solo una hora, y los igualas con nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor”. Su murmurar recuerda el de los israelitas contra Dios después de la liberación de la esclavitud (mismo verbo; Ex 17, 3; Num 11, 1; 14, 27. 29). Están indignados porque el propietario no ha mostrado lo que ellos consideran un proceder normal. Los ha sorprendido actuando de manera muy diferente.
En vez de mantener entre los trabajadores las distinciones basadas en el rendimiento, en vez de destacar la superioridad de unos en perjuicio del resto, ha efectuado una igualación solidaria. No ha utilizado los salarios para marcar diferencias, sino que se ha servido de ellos para expresar igualdad y solidaridad. Resulta sorprendente el proceder de este acaudalado propietario, sobre todo en comparación con la conducta del joven rico (19, 21), tan ciego para las grandes acciones igualitarias que podría haber realizado.
Los vv. 13-15 presentan la respuesta del amo. A los trabajadores que protestan por esa igualación les da el amo una doble réplica consistente cada vez en una declaración, una pregunta y una orden/pregunta, para ayudarlos a ellos y al público a comprender esta diferente realidad (vv. 13-14a. 14b-15). “Y contestó a uno de ellos: Amigo (siempre como inicio de reproche), no te hago ningún agravio/no te engaño o defraudo”. Su acción igualitaria contrarresta los impulsos competitivos, que llevan a los oprimidos a seguir a la élite en su estrategia del “divide y vencerás” y a utilizar la violencia de unos contra otros. El propietario no los ha engañado, al menos en esta ocasión. “¿No te ajustaste conmigo por un denario?” Les ha pagado el jornal convenido. “Toma lo que te corresponde y vete”.
Sigue otra explicación. “He decidido dar a este último lo mismo que a ti. “¿Acaso no puede hacer con lo mío lo que quiera? ¿O es tu ojo malo porque yo soy bueno?” Afirma así su privilegio, como dueño, para disponer de su riqueza del modo que le parezca, sin atender a quejas, preguntas ni comentarios. Es un privilegio y una estrategia elitista. No tiene en cuenta ciertos criterios que deben guiar el empleo de la riqueza, como el del máximo beneficio para otros (19, 1).
Pero hay un detalle mucho menos ostensible, aunque importante. Al pagar a todos lo mismo en un trato igualitario, el propietario no solo cree hacer lo que es “justo”, sino lo que corresponde a un hombre bueno. Y esto, dado el eco de 19, 17, refleja el proceder de Dios (¡aunque, ciertamente, él no es Dios!) Su pregunta final (no orden como en 20, 14a), ¿O es malo tu ojo…?, aguija a los trabajadores y al público a reconocer el trato igualitario como algo bueno, propio de Dios. El ojo malo no tiene que ver con la generosidad, sino con la envidia, mal que es opuesto a los planes de Dios. La pregunta queda abierta a la respuesta de los trabajadores y del público y solicita asentimiento. La parábola insta a las audiencias de discípulos a que adopten un estilo de vida igualitario y alternativo y a que vean las estructuras e interacciones desde esa perspectiva, fundamental para el reinado divino.
3) Sentencia de final (v. 16). Este reinado divino impugna las estructuras patriarcales y jerárquicas (“los últimos serán primeros, y los primeros últimos”) con su poder transformador para establecer una manera de vivir alternativa.
La suprema ironía y sorpresa de la parábola consiste en que el amo es quien más tiene que perder y que ganar (16, 24-26; 19, 16-30) de “ver” con claridad y aplicar por norma el principio de trato igualitario que él ha enunciado y manifestado en este caso. No importa que, para subrayar ese principio, los rasgos del protagonista hayan sido exagerados como en una caricatura.
Por último, la sentencia final sintetiza que la vida de los que han aceptado el reino de los cielos, como este dueño, se rige por el cuidado de los últimos, con la finalidad de que desaparezcan las fronteras entre los primeros y estos. El dueño de la viña, para la comunidad de Mateo es el Padre de Jesús. Él tiene la palabra primera y última sobre la comunidad. A los trabajadores (en su momento judíos y paganos) toca ir, bajo el principio de igualación solidaria, a laborar en ella. Él dará a cada uno lo que él quiera, en gratuidad (v.14), dado que para el Padre de Jesús (el dueño) no hay primeros ni últimos sino hijos e hijas.
“Mis planes no son los planes de ustedes, los caminos de ustedes no son mis caminos” (Is 55, 8-9). Mons. Romero dijo: “Dios no se identifica con el pensamiento de los hombres”[1]. “Lo que la parábola quiere elogiar es la iniciativa de Dios y la generosidad de Dios en pagar lo mismo a los de la última hora que a los que llegaron primero”[2]. “Para Dios, pues, no hay clases sociales; para Dios no hay categorías humanas. La única categoría es creer en Cristo y vivir conforme a esa fe”[3].
[1] Cfr. Mons. Óscar A. Romero. Homilías, tomo III, 24 de septiembre de 1978, 272-273.
[2] Ibid. 73-74.
[3] Ibid. 276.
