
12º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Pbro. Jorge Fuentes
Como es el deseo de los editores de nuestra Revista, en este espacio nos proponemos cada semana comentar brevemente el evangelio del domingo correspondiente, con el fin de ofrecer un modesto subsidio a nuestros hermanos sacerdotes. Pero, aunque el comentario esté centrado en el texto evangélico, en los domingos del tiempo ordinario es muy útil tener en cuenta el mensaje de la primera lectura, la cual normalmente nos ayuda a descubrir la temática principal de la liturgia de la Palabra. En el caso de este domingo, la relación temática entre la primera lectura (Jr 20, 10-13) y el evangelio (Mt 16, 26-33) resulta muy evidente. En efecto, los dos textos bíblicos nos hablan de la persecución que con mucha frecuencia debe sufrir el creyente a causa de su fe. Ese fue el caso de Jeremías y de la casi totalidad de los profetas de Israel. Como los profetas de su pueblo, Jesús también fue perseguido y condenado a muerte por los poderosos de su tiempo. En esta misma línea, los discípulos de Jesús, tendrán que correr la misma suerte que su Maestro: serán perseguidos e, incluso, algunos de ellos sufrirán la muerte violenta como él (cf. Mt 10, 17-24).
En este discurso misionero de Jesús (Mt 10), que comenzamos a leer el domingo pasado, San Mateo nos relata la llamada de los Doce y el envío a su primera misión. El evangelista refiere las instrucciones que Jesús les da para su misión. En el evangelio de este domingo ya no sé trata de instrucciones, sino de advertencias que el Señor hace a sus discípulos sobre las dificultades que encontrarán en el cumplimiento de su misión. Para comprender el tenor de estas palabras de Jesús, conviene tener en cuenta las advertencias que aparecen en los versículos anteriores al pasaje que estamos comentando. Así, por ejemplo, en Mt 10, 16, el Señor utiliza una imagen que resume todos peligros que lleva consigo el anuncio del Evangelio: “Miren que los envío como corderos en medios de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma”.
Frente a los desafíos y a los peligros que implica la misión, Jesús invita a no tener miedo, pues nada ni nadie podrá detener la proclamación de la buena nueva de la salvación. La luz del evangelio no puede ocultarse: “Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas” (Mt 10, 27). Estas palabras de Jesús las vemos cumplidas a lo largo de la historia de la Iglesia. En efecto, a pesar de los pecados de los hombres, de las desviaciones y traiciones de algunos de sus miembros, de las tribulaciones y persecuciones sufridas por los cristianos a través de los siglos, la Iglesia no ha dejado jamás de anunciar y transmitir el Evangelio.
Ante la posibilidad real de la persecución y de la muerte violenta, Jesús exhorta a sus discípulos a no tener miedo a sus perseguidores, los cuales, en cualquier caso, solo pueden encarcelarlos o privarlos de su vida, pero nunca destruir sus almas. Por ello, deben ser valientes y perseverantes a la hora de rendir su testimonio ante los tribunales (cf. Mt 10, 17-20). Los mártires han vivido a cabalidad estas palabras de Jesús.
En esta misma línea, es importante hacer notar además que Jesús nunca ocultó a sus discípulos las dificultades y los peligros que enfrentarían en el cumplimiento de su misión. Pero, al mismo tiempo, los invitó a no tener miedo, sabiendo que Dios cuida siempre de sus testigos y elegidos. La lógica de sus palabras es incontestable: si su Padre cuida con amor de todas sus criaturas, incluso de las más insignificantes, como los pajarillos del cielo, con cuanta mayor razón cuidará con amor de sus elegidos. La vida de sus discípulos está en las manos de su Padre celestial, por lo que no hay razón para permitir que el miedo los paralice. El Señor les asegura que es tal el cuidado que su Padre tiene de cada uno de sus hijos que “hasta sus cabellos están todos contados” (Mt 10, 30).
Como cada domingo, debemos intentar dejarnos iluminar e interpelar por la Palabra de Dios que meditamos. En este sentido, el evangelio de este domingo nos advierte también a nosotros que, si somos fieles a la misión que el Señor nos ha confiado, seremos hostigados y perseguidos; pero Jesús también nos tranquiliza asegurándonos que su Padre cuida siempre de nosotros con un amor solícito e indefectible. Por lo tanto, no hay razones para tener miedo, ni siquiera a la muerte. Interpretando el espíritu de la enseñanza de Jesús en este evangelio, creo que hay otras cosas a las que sí debemos tener miedo. Por ejemplo:
A la falta de parresía, es decir, de coraje profético en el anuncio del Evangelio.
Al silencio cómplice frente a las injusticias cometidas contra los más pequeños y más débiles de nuestros hermanos (cf. Mt 25).
Al miedo que nos impide anunciar todas las exigencias del Evangelio, también aquellas que pueden incomodar a los poderosos de turno.
En este domingo conviene invitar a los fieles a orar por los cristianos perseguidos por causa del Evangelio. No podemos olvidar a nuestros hermanos perseguidos en Nicaragua, entre ellos a Monseñor Rolando Álvarez, valiente testigo de Jesús, encarcelado injustamente por el régimen criminal de Ajab y Jezabel, perdón, quise decir de Ortega y Murillo.

