Decimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Pbro. Manuel Acosta
Mt 11, 25-30

  1. Anotaciones al texto

El texto se divide en tres partes: La primera una oración de alabanza (vv. 25-26). En ella Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque ha preferido esconder “estas cosas” a los “sabios y entendidos” y las ha revelado a los “sencillos” (Is 29,14). Los caminos de Dios no siguen la lógica humana, y quienes aceptan el misterio del Reino son aquellos que lo reciben con humildad. La sencillez acompañó a Jesús; y, los sencillos fueron los que más le siguieron. Estos, en su tiempo, eran los sin tierra y sin techo, los endeudados, enfermos, paralíticos, entre otros.

La segunda parte, Jesús confiesa claramente de dónde le viene esa capacidad para comprender los designios de Dios e identificarse con ellos (v. 27). La fuente de esta sabiduría no es otra que la relación única y exclusiva que le une al Padre. Esta relación familiar es la que le autoriza para hablar de Dios a los seres humanos, pues sólo él lo conoce de verdad. Por eso, también el Hijo tiene el poder de revelar el Reino y lo anuncia a aquellos mismos a quienes el Padre lo ha querido manifestar. El Reino y la fe de Jesús es un regalo de Dios a cada ser humano. La decisión de aceptar o rechazar esta oferta depende de cada persona.

Y, la tercera resuena como una hermosa y evocadora invitación (vv. 28-30). Pero su carácter simbólico y poético puede dificultar la interpretación. Por eso, merece una explicación más detallada. Jesús convoca a cuantos están dispuestos a acoger la Buena Noticia: “¡Vengan a mí…!”. El que escucha esta llamada del Señor y se acerca a él, orienta su vida en la dirección correcta para entrar en el Reino de Dios. Ése es el verdadero camino de conversión del que hablaron los profetas (Is 44,21-22; 45,20-21; 55,1-3), un camino que, a partir de ahora, sólo puede recorrerse en la relación discipular con Jesús. Esta propuesta se dirige a “todos los que están fatigados y agobiados”, es decir, a los que vivían oprimidos tanto por los incontables preceptos que letrados y fariseos consideraban necesarios, como por el imperio romano.

Jesús acusará a los primeros de hipocresía e insolidaridad, pues “atan cargas pesadas e insoportables y las ponen a las espaldas de los pobres, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas” (Mt 23,4). Su religiosidad daba más importancia al cumplimiento exacto de las normas que al bien de las personas (Mt 12,1-14). Aferrándose a la “letra” de la ley, se olvidaban de su intención liberadora y la convertían en un yugo esclavizante (Hch 15,10; Gal 5,1).

De este modo hacían “cargas pesadas” de los preceptos insignificantes, mientras que descuidaban las “cosas de Dios”: la justicia, la misericordia y la fe (Mt 23,23). Y lo peor es que, con esa actitud legalista, impedían a los demás la entrada en el Reino (Mt 23,13), cuyas puertas no se abren por observar minuciosamente un montón de normas dictadas por los hombres (Mt 15,1-9), sino por hacer lo que Dios quiere (Mt 5,20; 6,9-10; 7,21). Frente a esa situación de opresión y fatiga inútil, Jesús promete el descanso y anima a cargar con su propio yugo. Aunque esta invitación pueda parecer contradictoria, el yugo que Jesús propone no es símbolo de tiranía ni de servidumbre, sino de docilidad y obediencia a la voluntad de Dios. Ello conduce a la cruz.

Ésa es la única condición para entrar en el Reino de los Cielos, y se concreta, como hemos visto, en la búsqueda de la justicia y en la práctica del amor (Mt 9,13; 12,7; 22,34-40). Por eso el yugo del Reino es suave y ligero, porque libera del peso insoportable de las normas impuestas caprichosamente y reclama sólo lo verdaderamente importante. Aunque no sea una propuesta menos exigente que la de los escribas y fariseos (Mt 5,20) es más llevadera, pues no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debe brotar libremente del corazón (Mt 6,33).

A diferencia de los escribas y fariseos, quienes no colaboraban en llevar los fardos pesados que obligaban a soportar a otros, Jesús es el primero en unirse al yugo que invita a cargar a la gente. Él mismo es un modelo de las actitudes que espera encontrar en sus discípulos, y por eso puede decir con toda razón: “Aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón”.

Jesús es el Maestro que puede enseñar lo que significa recibir el Reino (Mt 23,7-8). Su mansedumbre es la prueba de que se ha puesto totalmente al servicio de Dios y se ha sometido sin condiciones a su voluntad soberana de su Padre (Mt 21,5). Es un Mesías-Siervo que no ha abusado de su poder real, sino que se ha solidarizado con los más pobres (Mt 12,18-21; 20,28; 25,31-46). Con su humildad ha renunciado al “orgullo” y a la “violencia”, que impiden la entrada en el Reino (Mt 11,12; 18,2-5; 23,12). Por eso los “sencillos” escuchan su voz y se identifican con sus propuestas, mientras que los “sabios y entendidos”, orgullosos de sí, son incapaces de aceptar su invitación.

  1. Sugerencias para la homilía
  • “Yo te bendigo, Padre Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños” (v. 25). ¿Cuáles son estas cosas que Dios ha escondido a los sabios y se las ha revelado a los pequeños? La respuesta está en Mt 11, 5: “se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. Esto escandaliza a los poderosos. Otra respuesta la da el texto en el v. 29: Jesús manso y humilde de corazón. Los representantes de la religión no entendieron que Dios estaba pasando por el humano Jesús, un hombre calificado como loco, pero muy débil y sencillo.

Los pequeños fueron los que se dieron cuenta y aceptaron. A ellos, Jesús les dice: “vengan”. Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. Los entendidos se molestaban que los pequeños quisieran a Jesús. El Dios Padre de todos, que Jesús anunció, resultó peligroso para la religión de los entendidos (maestros de la ley, fariseos y religión del imperio). Pero, a Dios Padre le parce bien que los pequeños sean sus privilegiados.

  • En pocas ocasiones Jesús se muestra imperativo y se pone como ejemplo a seguir. Esta vez Jesús los hace. Él quiere que cumplamos tres imperativos: “Vengan a mi todos los que están fatigados y sobrecargados”. Estos son, entre otros, los pobres, los desempleados, los emigrantes, los extorsionados, las víctimas del modelo injusto de salud, y los inconformes con este modelo social del capitalismo. A ellos Jesús les dice: “Vengan a mí todos”, yo estoy en ustedes. El segundo imperativo: “Tomen sobre ustedes mi yugo”. Jesús es el primero que cargó con nosotros. Su yugo, es la cruz de cada día. Él no impone su cruz. Él ha enseñado a obedecer al Padre, obedeciendo él primero. Y el último imperativo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde”. La comunidad de Mateo estaba consciente que sólo Jesús es el modelo que seguir. No hay nadie más de quien aprender. Él es el Maestro, el manso y el humilde de corazón. Esta convicción de la comunidad de Mateo, es la que debemos asumir hoy, aunque ello signifique incomodidad y conflicto.

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