Por José M. Tojeira
En la proclamación de la independencia de nuestros países Centroamericanos, el clero jugó un importante papel. Como en la mayoría de los países de América Latina el clero secular estuvo fundamentalmente a favor de la independencia y fue activo en la promoción de la misma. La vida religiosa se dividió, en parte por la mezcla existente en las congregaciones, de nativos españoles y latinoamericanos. Los Obispos, nombrados bajo el patronato real, estuvieron más reticentes y con frecuencia opuestos a la independencia. El Salvador, como el resto de los países Centroamericanos, tuvo sacerdotes que jugaron un papel extraordinario en el proceso de la independencia. Además de impulsarla y defenderla, algunos le imprimieron un carácter avanzado en medio de una sociedad en muchos aspectos conservadora. La abolición de la esclavitud propuesta y defendida por José Simeón Cañas, sacerdote nacido en Zacatecoluca, en la Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas de Centroamérica, es digna de ser recordada por la radical defensa de la libertad. Siendo la libertad el mayor don que el ser humano posee, nadie puede ser “violentamente despojado del inestimable don de su libertad”, decía el Prócer. E incluso, ante el reclamo de los dueños, que exigían una indemnización por la pérdida que suponía la liberación de los esclavos, el P. Cañas mostraba su generosidad: “aunque me hallo pobre y andrajoso porque no me pagan en la caja ni mis réditos ni las dietas, cedo con gusto cuanto por uno y otro título me deben estas cajas matrices para dar principio al fondo de indemnización”.
Hoy, doscientos años después, la Iglesia debe mirar, aun con sus altos y bajos, virtudes y errores, su historia de fidelidad a quienes, a pesar de la liberación de los esclavos, continuaron esclavizados por la pobreza y la injusticia social. A pesar de las limitaciones y problemas, la Iglesia continuó siendo en América Latina una institución cercana a la gente sencilla y pobre. Y así como el anticlericalismo fue una reacción en Europa contra una Iglesia lejana y conservadora, en América Latina el anticlericalismo, donde lo hubo, se dio más bien en las clases dominantes y enriquecidas por la política o por las guerras. En los últimos decenios del siglo XX, el acompañamiento personal y social, los esfuerzos solidarios y el compromiso con el prójimo en necesidad o en opresión, ha dejado una larga estela de mártires y testigos de la cercanía eclesial con los pobres y su presencia entre ellos. Las semillas de libertad que dejaron los miembros de la Iglesia hoy considerados Próceres, continuaron desarrollándose, quizás lentamente, en medio de las crisis de nuestros países durante 150 años de independencia. Pero a partir del Concilio Vaticano II y posteriormente de las Conferencias episcopales latinoamericanas de Medellín y Puebla, hubo una irrupción del sentido profético en la Iglesia.
La injusticia social generalizada, el contraste con el Evangelio, la fe profundamente enraizada en nuestros pueblos, despertaron con fuerza en el ámbito de reforma que se respiraba en la Iglesia. El cristianismo recuperó posición social y presencia en el mundo de los empobrecidos. La Iglesia latinoamericana se convirtió en punta de lanza de la renovación pastoral, de la solidaridad y compromiso social. La persecución no se hizo esperar. E incluso la incomprensión dentro de algunos sectores de Iglesia creó tensiones e incluso confrontaciones que no siempre se resolvieron adecuadamente. Las crisis internas de nuestros países, especialmente Centroamericanos, sacudió también con fuerza el dinamismo eclesial, dejando un amplio reguero de mártires. Entre ellos, además de las figuras icónicas presididas por el hoy Santo Monseñor Romero, destacaron un amplio número de laicos y laicas que fueron asesinados por no abandonar su trabajo de catequesis, celebración de la Palabra o acompañamiento de sus sacerdotes.
Hoy, ya transcurridos 200 años de nuestra independencia, nos queda no solo un importante legado eclesial y cristiano, sino sobre todo un compromiso de construir un futuro en el que la dignidad humana sea la clave del desarrollo, la justicia social y la amistad y fraternidad que debe acompañar la convivencia ciudadana y democrática de nuestros países. En contextos sociales y políticos en los que casi exclusivamente se contempla el presente, se actúa de forma reactiva frente a los problemas o los acontecimientos, y se busca lo más conveniente para el poder en vez de para el pueblo, la Iglesia debe desarrollar su función profética desde los valores evangélicos que debemos impulsar. El desarrollo de nuestros países pasa por la democracia, la transparencia, el fortalecimiento de las instituciones y la inversión en las personas, especialmente en los pobres y vulnerables. Cuando la institucionalidad se debilita, la política se convierte en espectáculo y el autoritarismo avanza, a la Iglesia le corresponde, siguiendo al Papa Francisco, recordar que, si hay que volver a empezar en aquellos temas o problemas no superados, se debe hacer desde los últimos.
