Domingo / Solemnidad de Corpus Christi

Pbro. Jorge Fuentes


Este domingo celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta fiesta litúrgica, que tuvo sus inicios en la diócesis de Lieja (Bélgica), fue extendida a toda la Iglesia por el Papa Urbano IV en el año 1264. En esta fiesta, la Iglesia rinde culto público y solemne de adoración a Jesucristo, realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. La procesión que se realiza este día después de la Misa es la más importante de todo el año litúrgico. En este espacio nos limitamos generalmente a comentar el evangelio dominical, pero en esta ocasión, dada la unidad temática de todos los textos bíblicos que nos presenta la liturgia, haremos un breve comentario de cada uno de ellos, exceptuando el salmo responsorial. En este comentario trataremos de esclarecer el significado bíblico del cuerpo y de la sangre en un contexto sacrificial en vistas a comprender de esta solemnidad. En este sentido, es importante recordar que el término “cuerpo” en la Sagrada Escritura no tiene el mismo significado que le atribuimos hoy en día. En el mundo de la Biblia, en efecto, este vocablo no designa solamente el cuerpo físico, sino a la persona entera. Por tanto, cuando nosotros leemos en el relato de la institución de la Eucaristía que Jesús entrega su cuerpo por nosotros y por la multitud, esto significa que él se dona totalmente por la salvación del mundo. Por lo que concierne a la sangre, los textos bíblicos de esta fiesta nos ayudan a descubrir su significado. Así, en la primera lectura se nos relata que el pueblo hebreo se hallaba reunido delante de Moisés. El texto sagrado nos habla de la historia de un Dios que hace alianza con su pueblo. Esta alianza está simbolizada por la sangre derramada sobre el altar. Y como sabemos, en el AT la sangre simboliza la vida. Por tanto, la alianza del Sinaí es un pacto de vida que une a Dios y a su pueblo. La segunda lectura se dirige a cristianos que permanecían fascinados por los cultos sacrificiales judíos. Ellos lamentaban no poder encontrar este mismo esplendor en las celebraciones cristianas. Por esta razón, el autor sagrado intenta hacerles comprender que los sacrificios de la antigua no eran más que un punto de partida. El verdadero don de la sangre que nos hace participar de la vida misma de Dios es el que Jesucristo ha realizado sobre la cruz. Es esta sangre derramada en la cruz el verdadero y definitivo sacrificio que nos salva del poder del mal. El evangelio, por su parte, nos habla de la última cena de Jesús con sus discípulos en la tarde del Jueves Santo. Según el relato evangélico, Jesús une su propia Pascua con la Pascua del pueblo de la primera Alianza. En efecto, en la institución de la Eucaristía, nuestro Señor retoma el rito pascual de la antigua Alianza, sin embargo, el verdadero Cordero Pascual inmolado y comido es ahora el mismo Jesús. Él se entrega por toda la humanidad para liberarla del poder del pecado y de la muerte. A este propósito es importante subrayar que la Eucaristía es el sacrificio no solo de toda la Iglesia, como se recuerda en la introducción al ofertorio, sino el sacrificio ofrecido por la “multitud”, es decir, por todo el género humano. Sin duda, la Eucaristía es el tesoro más precioso que el Señor ha confiado a su Iglesia. En ella se actualiza el único sacrificio de Cristo. En esta fiesta, tenemos la gran ocasión demanifestar públicamente nuestra fe en la presencia real de nuestro Señor Jesucristo bajo las especies consagradas del pan y del vino. Esta manifestación pública de nuestra fe en la Eucaristía es hoy cada vez más urgente, puesto que vivimos ya en un mundo secularizado en donde se pretende relegar la fe al interior de los templos y a la esfera de la vida estrictamente privada. Basta pensar en nuestros hermanos nicaragüenses, a los que un régimen dictatorial les impide expresar su fe públicamente. Pero esto no solo ocurre en las dictaduras, sino también en la Europa civilizada. En Bélgica, por ejemplo, durante la pandemia se prohibieron en un momento todas las celebraciones religiosas, con el argumento de que se trataba de actividades de carácter privado y, por tanto, no esenciales para el bien común. No perdamos entonces nosotros la oportunidad de llevar al Señor sacramentado por las calles de nuestros pueblos y ciudades.
En esta bella Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, tan querida por el pueblo santo de Dios, demos gracias al Señor por el inefable don de la Eucaristía que nos ha dejado como memorial de su sacrificio redentor. En esta fiesta litúrgica convendría hacer nuestra una de las oraciones de la Misa que el sacerdote pronuncia en secreto: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu cuerpo y de tu sangre de todas mis culpas y de toda. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti». Amen

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