
Pbro. Manuel Acosta
Este texto constituye la conclusión de la sección de Mc 4, 35 – 6, 6. Jesús después de haber reivindicado la dignidad a la hemorroísa y haber revivido a la hija de Jairo, regresa a su patria, para enseñar. Sin embargo, a pesar de todas las acciones de Jesús, los suyos no han creído en él.
El relato se puede dividir así: a) introducción (v.1); b) primera parte (vv. 2-3); c) segunda parte (vv. 4-5); y, d) conclusión narrativa (v.6). La introducción pone en escena el regreso de Jesús a su patria (¿Nazaret?), acompañado de sus discípulos. Los de su patria, sus parientes, fueron los que dijeron que Jesús estaba loco. En este texto, él regresa a ellos. Jesús a pesar de ser apátrida, puesto que ha propuesto otro modelo de familia (Mc 3, 3135), ha vuelto donde ellos para seguir su misión.
La primera parte describe a Jesús enseñando en la sinagoga, en sábado. Esta enseñanza provocó las primeras tres interrogantes en la multitud (v.2). Estas son sobre la procedencia, su sabiduría y sus signos que realiza. Asimismo, son cuestionantes que contienen rechazo, por parte de sus paisanos. En la primera pregunta, los de su patria se mueven en el mismo plano de los escribas de 3, 21-30, quienes decían que Jesús actuaba con el poder del príncipe de los demonios. En la segunda, cuestionan la sabiduría de Jesús, dado que desborda su saber. No aceptan que Jesús enseña con sabiduría y autoridad (1, 22). Y, la tercera pregunta, sus paisanos reconocen que Jesús hace cosas buenas, pero desconfían de él, piensan que puede ser mago y embaucador.
El v. 3 contiene otras dos preguntas y una afirmación. Ambas indican que sus paisanos conocen a la familia de Jesús, la de su patria. El tono despectivo es elocuente. Sin embargo, no saben si Jesús es carpintero, ayudante de albañil o un bricolaje, puesto que el vocablo que emplean es polisémico (tecktón). Los de su patria querían interpretar a Jesús desde su tierra, renunciando a pensar como él y dejarse conducir por su enseñanza y sabiduría. Todas las preguntas llegan al punto álgido con la afirmación: “Y se escandalizaban a causa de él” (v.3). Es decir, se enfadaron con su persona y se avergonzaban de ser sus paisanos y parientes. Ellos no lo entendían, rechazan lo que ignoran y a él le juzgaban peligroso. La seguridad de su vida nacional, la solidez de su modelo de familia y profesión en Israel, les impide aceptar a Jesús, que ha debido romper con las tradiciones judías de su pueblo y familia.
La segunda parte del texto coloca en boca de Jesús una sentencia que describe lo sucedido: “un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio” (v.4).
Los de su patria no quieren cambiar su forma de vida social y sentido de su mesianismo y porque rechazan al pretendido profeta de su pueblo. En ese contexto, Jesús aparece que debe abandonar su pueblo, como Abrahán (Gn 12, 1-3), porque no acepta el esquema socioreligioso que sus paisanos quieren imponerle. Ellos no lo aceptaron y querían encerrarlo otra vez en la estructura vieja de su pueblo. De esa forma, Jesús rompió con una comunidad cerrada de su patria y vino a presentarse, rodeado de sus discípulos, como iniciador de un grupo que incluía a los pobres y a los expulsados de la tierra y de sus familias.
El v. 5 describe que Jesús no pudo hacer sus gestos y sus signos o milagros, pues no era un mago. Él podía curar sólo donde hay confianza en él, apertura a su enseñanza, solo podía cambiar a los demás si es que lo aceptaban. Estos son los que curó.
El texto está así ante el Jesús expulsado (no recibido) en su patria, parentela y casa de Nazaret, ante el Jesús no creído, que se admira de su falta de fe, de las gentes de su pueblo. No puede actuar si no lo creen: necesita la fe de aquellos que lo acogen, que reciben su palabra, dejando que la fuerza de la libertad de Dios transforme su vida. A los humanos solo se les puede cambiar en humanidad, con fe. Jesús no ha conectado en fe con los de su patria, ha sido rechazado por sus paisanos.
Y, por último, la conclusión deja en evidencia el asombro de Jesús ante esta incredulidad y la salida de su patria. Jesús así, rechazado, fracasado, tiene que irse de su pueblo. Ya no volverá a Nazaret, no entrará más en la sinagoga de los judíos. Jesús debe salir del entorno de su antigua patria, parentela y casa para crear la nueva familia del Reino de Dios.
Lo que aparece en el corazón del texto es el rechazo hacia Jesús por parte de sus paisanos, parientes y los de su casa. Jesús ya ha sido rechazado tanto por los fariseos y herodianos (3, 6), como por su misma familia, por lo que él decide convocar a un nuevo parentesco (3, 2021. 31-35). Sus familiares más cercanos han cuestionado su honor, su autoridad (v.4). Sin embargo, Marcos ya había explicado que el honor, autoridad, de Jesús no procede de su familia, sino de ser hijo de Dios y de su iniciación junto a Juan Bautista (Mc 1, 1-15). La tradición del rechazo también subyace en la primera lectura (Ez 2, 2-5). El éxito del profeta no es ser recibido, sino que sepan que hubo un profeta y que habló (Ez 2, 5). Este profeta no se presenta primero como un instrumento de Dios sino como un hombre de carne y hueso, un hijo de hombre, de Adán (Ez 2, 3). Pablo afirma lo mismo, que “mi fuerza se realiza en la debilidad o flaqueza” del profeta, por ello, él presume, sin arrogancia que, “mi gracia te basta” (1Cor 12, 9). Dios se abrevia y se esconde en la debilidad humana del profeta. Por ello es importante la fe en Jesús verdadero hombre. Esto hace que la revelación de Dios incomode a la incredulidad humana, en lugar de dejarse engrandecer por esta.
