Marcos 4, 35-41
Pbro. Jorge Fuentes

En el Evangelio del domingo pasado, Jesús invitaba a sus discípulos a pasar a la otra orilla del lago de Galilea. En el evangelio de este domingo (Mc5, 21-43) san Marcos nos relata el regreso de Jesús, desde la región de Gerasa (en la actual Jordania) al territorio de Israel. En cuanto a su mensaje doctrinal, este texto evangélico confirma lo que dice la Palabra de Dios en la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría (Sb 1, 13-15; 2, 23-24): “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes”. Por eso, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a este mundo a curar a los enfermos y a resucitar a los muertos, a liberar al hombre del sufrimiento físico y moral En efecto, san Marcos nos relata un doble milagro realizado por Jesús: la curación de una mujer que padecía flujos de sangre y la resurrección de la hija de Jairo. En los dos casos, el evangelista destaca la importancia de la fe, un tema que aparecía también en el evangelio del domingo pasado. Precisamente, una de las preguntas que Jesús hacía a sus discípulos era la siguiente: ¿“Todavía no tienen fe”?.
En el evangelio de este domingo, el tema de la fe ocupa asimismo un lugar preponderante en la enseñanza y en la praxis de Jesús. Así, en los dos milagros obrados por Jesús, la fe juega un rol decisivo. Como podemos deducir del relato evangélico, en los dos casos se trata de situaciones límite: en el primer caso, se trata de una mujer que había sufrido flujos de sangre desde hacía doce años y que había gastado todo su dinero en médicos y, sin embargo, en lugar de mejorar empeoraba. Y, luego, en el caso de Jairo, sus mismos sirvientes le vienen a decir que ya no vale la pena molestar al Maestro porque su hija acaba de morir. Por tanto, en ambos casos, ya no hay ninguna salida, al menos desde el punto de vista puramente humano. Pero, aquí se encuentra justamente el corazón del mensaje de este pasaje evangélico: que la fe puede lograr aquello que humanamente nos parece imposible alcanzar.
Hay que admirar, por otra parte, la audacia de la fe y la confianza en Jesús de la mujer hemorroisa y de Jairo. En el caso de la mujer, ella tuvo que superar todos los obstáculos que se le presentaban para llegar hasta Jesús. De hecho, según el relato evangélico, en aquella ocasión Jesús estaba rodeado de una gran multitud. Luego, esta mujer también tuvo que superar las prohibiciones legales, pues, según lo prescrito en la Ley de Moisés, una mujer que padecía flujos de sangre era considerada impura (Lv 15, 19-27). Además, por el hecho de tener contacto con aquella multitud, esta mujer podía contaminar a toda la gente. A pesar de todo, ella piensa que con solo tocar el manto de Jesús ella va a quedar curada de su enfermedad. Y, gracias a su fe, como se lo dice el mismo Jesús, el milagro ocurre. Jairo, por su parte, al acudir a Jesús, ponía en juego su reputación como jefe de la sinagoga. Sin embargo, con una fe incipiente pero firme, él cree que Jesús puede salvar a su hija y, gracias también a su fe, el milagro se realiza. En contraste con los discípulos, a los que Jesús les reprochaba por su falta de fe en el evangelio de domingo pasado, en el evangelio de este domingo el evangelista Marcos nos presenta a la mujer hemorroisa y a Jairo como modelos de confianza plena en Jesús.
Este pasaje evangélico ilumina, sin duda, nuestra propia vida cristiana. En efecto, también nosotros, como la mujer hemorroisa o como Jairo, nos vemos confrontados muchas veces a situaciones límite, es decir, a situaciones en las que humanamente no encontramos ninguna salida posible. Pero es ahí donde precisamente donde la fe juega un rol decisivo. Porque, cuando reconocemos nuestros propios límites, Dios puede desplegar toda su fuerza. En este sentido, el evangelio nos comunica una buena noticia: para Dios no hay nada imposible, por tanto, basta que pongamos en él nuestra confianza para alcanzar aquellas cosas que humanamente nos parecen imposibles. La mujer hemorroisa y Jairo son hoy para nosotros modelos de confianza plena en Jesús. Los milagros que ellos obtuvieron reflejan, por una parte, la fuerza salvífica de Jesús, el cual vino a este mundo a redimir al hombre del pecado y de sus consecuencias, es decir, del sufrimiento físico y moral. Pero también, la curación de la mujer hemorroisa y la resurrección de la hija de Jairo manifiestan el poder de la fe. Imitemos esta fe en cada instante de nuestra vida, especialmente cuando nos veamos confrontados a situaciones en las que humanamente ya no encontramos ninguna salida. Para Dios no hay nada imposible.

