Pbro. Jorge Fuentes

Después de instruir a la multitud sobre el misterio del Reino de Dios, sirviéndose de las parábolas de la semilla que crece por sí sola y la del granito de mostaza, en el pasaje evangélico de este domingo (Mc 4, 35-41) Jesús invita a sus discípulos a ir a la otra orilla del lago de Galilea. Esta invitación del Señor probablemente indique no solo un simple cambio de escenario geográfico, sino también la apertura de la misión a los paganos. Durante la travesía del lago, se desata una gran tempestad. Jesús, entre tanto, duerme sobre un cojín. Los discípulos, llenos de miedo, le reclaman su aparente indiferencia ante la tempestad que se abate contra la barca. Jesús se despierta, calma la tempestad y les exhorta a creer.
En este texto evangélico encontramos algunas preguntas que pueden ayudarnos a orientar nuestra reflexión. En primer lugar, aparece la pregunta de los discípulos a Jesús: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? Esta pregunta, en forma de reclamo, refleja la desesperación y el miedo de los discípulos ante la tempestad que los azotaba. La reacción de los discípulos es también muchas la nuestra cuando la tempestad nos golpea con toda su fuerza: la muerte de un ser querido, un fracaso económico, una ruptura matrimonial, el diagnóstico de una enfermedad incurable, etc. En esos momentos, tenemos la impresión de que nos hundimos ante el aparente silencio de Dios. Pero, el evangelio que meditamos este domingo nos dice que no es así, que el Señor no permanece indiferente ante nuestro sufrimiento, que él siempre está a nuestro lado para socorrernos oportunamente. Basta que lo “despertemos” con el grito de nuestra plegaria confiada.
La segunda pregunta que encontramos es la que el Señor formula a sus discípulos, también en forma de reclamo: “¿Por qué tenían tanto miedo? Jesús sabe muy bien que el miedo es una reacción natural frente al peligro, pero quizá le parece que sus discípulos tienen demasiado miedo. Y esto último le parece incomprensible, puesto que, a estas alturas, sus discípulos probablemente habían visto ya otros milagros con los que Jesús mostraba su poder divino. Entonces, ¿por qué en esta ocasión tienen tanto miedo? Este reclamo de Jesús a sus discípulos se dirige también hoy a nosotros: ¿Por qué cuándo nos llega la prueba dudamos del poder de Dios y flaqueamos en la fe, a pesar de haber experimentado la fuerza de Dios en otros momentos de nuestra vida?
La tercera pregunta que aparece en el evangelio de este domingo es otro reclamo de Jesús a sus discípulos: “¿Aún no tienen fe? Esta pregunta está claramente vinculada con la anterior. En efecto, si bien es cierto, el miedo es una reacción natural del hombre frente al peligro, Jesús intuye que, en el caso de sus discípulos, el miedo también puede ser un signo de una fe todavía demasiado inconsistente. Dicho sea de paso, san Marcos muchas veces deja en evidencia la incomprensión o la falta de fe de los discípulos, quizá porque el no pertenecía al grupo de los Doce. Por otra parte, cada uno de nosotros está invitado a dejarse cuestionar por el reclamo de Jesús a sus discípulos y a pedirle con humildad que nos aumente la fe.
Finalmente, ante el milagro obrado por Jesús, y con el que manifiesta su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza, san Marcos nos dice que sus discípulos estaban espantados y comentaban entre ellos: “¿Quién es este, a quien hasta el viento y la mar le obedecen? A este propósito, es importante recordar que algunos estudiosos hablan del secreto mesiánico deJesús en el evangelio de Marcos; en otras palabras, han hecho notar que en este evangelio da la impresión de que Jesús quiere mantener oculta su identidad. Por ejemplo, cuando realiza algún milagro, casi siempre pide de manera autoritativa que el beneficiario no dé a conocer quien lo ha curado o liberado de algún espíritu impuro. Por el contrario, en el evangelio de Juan, los milagros sirven para revelar la identidad de Jesús. Hecha esta precisión, hay que reconocer que, aunque desde el principio de su evangelio, Marcos presenta a Jesucristo como el Hijo de Dios, en la trama narrativa pareciera que Jesús intentara ocultar su identidad mesiánica. Sin embargo, ante la autoridad manifestada por Jesús a través de su enseñanza o de sus milagros, surge inevitablemente la pregunta acerca de su identidad, como podemos constatar al final de este pasaje evangélico y en otros lugares del evangelio de Marcos. N este sentido, podríamos decir que Jesús prefiere que la misma gente y sus propios discípulos vayan descubriendo progresivamente su identidad mesiánica. Por eso, se habla de una cristología “desde abajo” para referirse a la cristología de Marcos, es decir que, en este evangelio, Jesús aparece en primer lugar como el Hijo del hombre, que progresivamente se va revelando, a través de sus palabras y sus signos, como el Hijo de Dios.

