Anotaciones al texto de Mc 8, 27-35 / Pbro. Manuel Acosta

Este texto, en el evangelio de Marcos, funciona de bisagra entre la sección de los panes, la de las comidas (Mc 6, 34 – 8, 26), con la del camino de Jesús hacia Jerusalén (8, 27 – 10, 52). La experiencia de caminar (8, 27) sirve de inclusión con 10, 52. Esta imagen es provocativa, dado que no sólo describe un movimiento geográfico de Jesús, sino que expresa el estilo de vida propio de Jesús y del discípulo. El camino de Jesús, en Marcos, está jalonado por tres anuncios de la pasión (8, 31; 9, 31; 10, 32-33). El último es especialmente detallado. A cada anuncio de la pasión le sigue la incomprensión total de los discípulos (8, 32; 9, 32-34; 10, 35-40). Dicha tensión entre Jesús y sus discípulos es esencialmente “entre los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres” (8, 33). Jesús revela que el Mesías debe pasar por la cruz (el pensar de Dios). Los discípulos no lo entienden y piensan mesianismo triunfalista y en privilegios (el pensar de los hombres).
El texto en estudio debe leerse todo seguido, Mc 8, 27-38. Jesús se aleja del territorio judío, se dirige a las aldeas de Cesarea de Filipo (8, 27), buscando quedarse a solas con sus discípulos para hablar con ellos (8, 27-30). A partir de aquí se despliega la sección de camino de Jesús, cuyo argumento principal es la experiencia y exigencia de seguirle.
En el v. 27, Jesús pregunta a sus discípulos sobre lo que piensa la gente acerca de él. Él quiere saber cómo entienden su tarea: por qué siguen con él, qué pueden aportarle. Él y ellos deben reconocerse. El v. 28 presenta la respuesta de los discípulos. Esta es semejante a la de Herodes y su corte: le siguen vinculando a Juan Bautista, Elías o un profeta (Mc 6, 14-16). Ellos tienden a verlo como un enviado escatológico, alguien que se pone al servicio de la renovación penitencial de Israel, en la línea del cumplimiento mesiánico. Esta respuesta de la gente es parcial y bondadosa, porque otros (3, 20-35) habían afirmado que es un emisario de Satán, alguien que quiere destruir la obra de Dios en su pueblo.
Marcos sabe que Jesús no es simplemente un profeta final de conversión y juicio como Elías. Pero la figura de Elías, asociada a la acción de Juan Bautista, y a la esperanza de la gran transformación escatológica, le sigue acompañando hasta el Calvario, donde vuelve a plantearse el tema (Mc 15, 35). Según Marcos, Elías no es Jesús, ni Jesús le ha llamado desde la cruz, pues ha llamado a Dios (Mc 15, 34-35), pero el recuerdo de Elías lo precede (9, 1-13) y en algún sentido lo impulsa y lo acompaña. Por eso, los que dicen que Jesús es Elías (o un profeta como Elías) no le han conocido todavía plenamente, pero van por buen camino, porque se sitúan en la línea de Mc 1, 1-7, donde se decían que Juan Bautista es el comienzo del evangelio. Esos profetas no ofrecen un mensaje del Reino, pero lo preparan y anuncian.
Jesús se da cuenta que las respuestas de la gente son positivas pero insuficientes y proclives a interpretaciones. Es por ello, que el v. 29 presenta el turno de los discípulos. Jesús pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (v.29a). Él sabe que los discípulos caminan con él y pueden tener una visión distinta de su persona y de su tarea. Pedro (el Roca, ho Petros) responde: “Tú eres el Cristo” (v.29b). La respuesta, en principio, es más exacta que la de la gente, pues dice que es el verdadero Cristo, el enviado salvador que debe reconstruir la identidad israelita, en clave de triunfo nacional, liberación social y plenitud
1humana, haciendo de esa forma que se cumplan las profecías. Por un lado, Pedro es el primero, en el evangelio de Marcos, en confesar el mesianismo de Jesús, pero por otro, Marcos sabe que la respuesta es radicalmente ambigua y que se puede manipular.
Jesús tiene otro plan, y por ello pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo digan a nadie (v.30). Él, sorprendentemente, muestra una clara distancia ante esta confesión. Ni la rechaza ni la acepta explícitamente, sino que impone silencio. Esta es la imagen de Jesús a la que han llegado los discípulos, tras vivir con él en Galilea. Para el lector esta imagen de Jesús no es novedosa, ya se ha dicho en Mc 1, 1. La afirmación se puede entender de formas completamente diferentes. Esto significa que la respuesta de Pedro es incompleta, y que sus discípulos deben seguir con Jesús. Sólo viviendo con él, desvelará su comprensión.
El Jesús de Marcos impone silencio a Pedro y sus compañeros, es decir, a la Iglesia representada, en su momento, por Pedro, una Iglesia vinculada al triunfo nacionalista de Israel, más que al camino de Jesús, con su muerte y su pascua. Marcos impone silencio a Pedro y sus compañeros por no haber conocido de verdad a Jesús, por haber confundido su proyecto con uno mesianismo israelita, sin pensar en sentido de su entrega salvadora en la cruz y de su pascua. Jesús no quiere que otros lo manipulen, ni siquiera Pedro y sus compañeros, no quiere que digan en su nombre lo que tiene que hacer. Quiere presentarse él mismo, como Hijo del Hombre, abriendo un camino mesiánico distinto como indicarán los vv. 31-33.
Un detalle. Este Jesús de Marcos impone este silencio porque Pedro y sus compañeros no han entendido su mesianismo. Pero (¡la novedad!), sigue confiando en ellos: los lleva a su lado con la esperanza de que un día cambiarán, de modo que puedan entenderlo y hablar de verdad en su nombre, no en clave de poder. Así es la estrategia de Jesús en Marcos.
La segunda parte del texto (8, 31-33), inicia con la afirmación “y comenzó a enseñarles” (v.31). Esta enseñanza es algo nuevo, son los pensamientos de Dios con su Hijo, el Cristo. Los vv. 32-33 contienen el primer anuncio de la pasión. Pedro, el que había dicho en nombre del grupo que Jesús es el Cristo, ahora reprende a Jesús (v.32). Mientras Jesús, que había impuesto silencio sobre su mesianismo, habla abiertamente sobre la cruz (v.31). Pedro increpa a Jesús y Jesús conmina (exorciza) a Pedro y le dice: “Ponte detrás de mí, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (v.33). Jesús no le pide a Pedro que se aleje, como traducen muchos leccionarios, sino que le recuerda que le siga, pero siempre se ubique detrás de él, ahora que está claro el camino de la cruz (Pedro había sido el primero en seguir detrás a Jesús, al inicio del relato: Mc 1, 1618). Los discípulos no entienden. Quieren seguir al mesías triunfador.
En la tercera parte del texto (8, 34-38), Jesús se esfuerza por hacer entender a sus discípulos. Les enseña con paciencia y coraje el sentido último de la cruz, del servicio y de la entrega (8, 34-38). El camino de Jesús, el de su cruz, tiene que ser el camino de sus discípulos. Jesús no es Cristo, a pesar de haber muerto, sino precisamente por haber muerto. No es Cristo a pesar de haber fracasado de esta forma, sino precisamente por haber fracasado de esta forma, dando vida. Lo que Jesús ha hecho lo pueden y deben hacer los que le siguen, es decir, su Iglesia; a diferencia de Pedro que quiso “crear” una Iglesia distinta, centrada en el triunfo de Cristo.
